Casi tan salvaje

 

Por Marta Fernández-Caparrós

 

Cubierta Casi tan salvaje

 

Casi tan salvaje, Isabel González.

Editorial Páginas de Espuma, 2012, 152 pp.

Casi tan salvaje como la pintura negra de Goya o el cine de Todd Solondz. Así son los cuentos con los que Isabel González (1972) debuta en la escritura: grotescos, exagerados, asombrosos e hirientes. Salvajes, como el acertado título de la obra pone en preaviso al lector. Y su salvajismo se acentúa porque no encontramos en ellos guerras, hambrunas, dictadores, políticos corruptos, armas de destrucción masiva o tsunamis. Salvaje es una madre que, pese a su pésima voz, se empeña en cantar y registra doscientos casetes y esconde su mediocre legado en una caja de cartón del desván de su casa; salvaje es una mujer enferma de cáncer que se apunta a un grotesco curso de maquillaje para ocultar los estragos de la enfermedad, salvaje es un padre deambulando por un poblado de chabolas en el empeño de comprar a un donante de órganos para su hijo o una esposa que por complacer a su marido ha dejado de distinguir entre la verdad y la mentira. Eso sí, no hay atisbo de conmiseración, ni de ternura al contar estos pequeños dramas: si salvaje es el mundo narrado, también es la manera de contarlo. Y ese es el eje que vertebra la propuesta de González: el equilibrio y el juego continuo, tanto en la forma como en el contenido, entre lo corriente y lo bizarro, lo anodino y lo salvaje.

Corriente y anodino es el mundo narrado. Por el libro desfila, como decíamos, un buen puñado de tipos enfrentados a problemas que en algunos casos ponen en juego la enfermedad, el incesto y la muerte, pero que en otras ocasiones son simples anécdotas del día a día. Sin embargo, bajo el prisma de González, esta galería de gente común intentando sobrevivir resulta tan familiar como el vecino del quinto piso, y al mismo tiempo, auténticos marcianos de otro planeta. Para ello González se sirve de una técnica de distanciamiento que consiste en que, o bien ella como narradora, o bien sus criaturas en primera persona, van contando sus sinsabores con humor ácido y muy muy negro, o simplemente con la frialdad con la que lo haría el presentador de un noticiero televisado. “Compré todo lo necesario para amarte. Una pelota hinchable y siete alcayatas”, confiesa la protagonista de Cuna. Igualmente sorprendente es la manera en la que la narradora relata el drama de unos padres en la lucha por salvar a su hijo en Trasplante: “Tenían que buscar donantes. Pegarían octavillas a la salida de los colegios: “Cruzad las calles sin mirar”. En los columpios: “Más divertido sin manos”. En las pastelerías: “El veneno de los ratones sabe a fresa”. Se le ocurrían infinidad de ideas con que obtener repuestos: un corazón, dos riñones, un hígado”. González incluso se atreve con los temas políticamente correctos y les da un giro mordaz, como en el relato Una dirección: “La octava vez que mi marido me hizo daño, lo denuncié. Mi autoestima era tan baja que llamé a la asociación protectora de animales”.

Corriente es también el estilo con el que se narra ese mundo. González huye de la floritura, del estilo premeditadamente literario, prescinde de toda descripción que pueda resultar superflua y sus relatos se resuelven en tres, cuatro páginas. Pero ese estilo sencillo en apariencia, es sumamente complejo en su desnudez. Un pueblo, un barrio de la periferia, un hospital, nombrados de esta manera genérica, son algunos de los escenarios de estos cuentos, los paisajes minimalistas en los que los protagonistas esperan que les reformen el salón, que llegue un amante, que el jefe les llame a su despecho, si bien pareciera que estuviesen esperando a Godot. Tampoco hay rasgos físicos y morales para describir a unos personajes que se sitúan en un eterno presente, pero sin ninguna referencia temporal. Pocos detalles, y cuando los hay, suministrados a través adjetivos punzantes para describir un entorno grotesco y hostil y unas acciones sorprendentes. González corta sus historias con un cuchillo bien afilado en frases escuetas y potentes, y se diría que su estilo resulta poético por su concisión y por la cuidada elección de cada palabra en su preciso lugar.

Decía Julio Cortázar que en la novela el escritor debe ganar asalto tras asalto, mientras que en el relato corto la victoria debe ser conquistada por K.O. Isabel González se ha tomado muy en serio la máxima y efectivamente sus relatos narrados a quemarropa y en un abrir y cerrar de ojos dejan sin aliento. Su arriesgada propuesta, en la mayoría de los casos  consigue atrapar en su tela de araña, pero en otras ocasiones cunde el desánimo. Como lectora acepto el juego que González propone, y desde el segundo relato abandono la idea de querer “entenderlo” todo, o  de captar la intención de la autora. Pero a veces, la imposibilidad de seguir el hilo, la obligación de tener que releer un párrafo tres veces y aun así haber perdido de vista los asideros a los que todo lector se agarra en el curso de la lectura (quién está hablando, dónde se encuentra, en qué tiempo), me sacan fuera de la narración. No es un libro de fácil lectura, y aunque Isabel González dice que sus relatos son buenos para leer en los trayectos, resulta inimaginable encontrar la concentración que exige su escritura en un autobús o en un vagón de metro. Sin embargo es un libro aconsejable para aquellos que no quieran matar el tiempo entre viaje y viaje, sino esforzarse por viajar a otro lugar, por ver la realidad cotidiana de una manera insólita. En mitad del libro, este microrrelato  titulado “Lo normal” pone de manifiesto la pirueta a la que nos invita Isabel González: “Porque lo normal es perder un guante, fue encontrar tres en mi bolso y volvérseme el mundo una incógnita, un planeta sin leyes, un abismo sin baranda hasta que hallé a la mujer de tres manos y se los regalé”. Absténganse los lectores amantes de las mujeres con dos manos.

 

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