HIJOS DEL TRUENO

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hijosdeltruenoPor JUAN LUIS MARÍN. Por mucho que digan, la cosa se está poniendo chunga.

Chunga de cojones.

Pero llega un momento en que, ante semejante bombardeo de desgracias ajenas, son muchos, salvo los que ya están sumergidos bajo toneladas de mierda, quienes actúan como si nada. Unos, intentando llevar una vida normal. Otros, los más afortunados, continuando con la que llevan desde el día que nacieron. Porque se creen intocables.

Nunca antes había sido, en mi día a día, tan consciente de las diferencias…

Cada mañana salgo de casa y voy a currar andando. Parto del humilde barrio de Prosperidad, donde convivo con inmigrantes de infinidad de países, donde aún quedan locutorios para hablar por teléfono y conectarse a Internet, donde los chinos no solo tienen tiendas de comestibles sino también bares, peluquerías y tiendas de ropa. Donde cada semana cierra un negocio.

Un panorama que cambia radicalmente cuando atravieso el Parque del Berlín, bajo Príncipe de Vergara y enfilo Alberto Alcocer hasta llegar a la esquina con Padre Damián. Allí están ELLOS, paseando a sus perros, con los que entran en bares y cafeterías sin que nadie les tosa. A la hora de comer se sientan en las terrazas de lujosos restaurantes donde son capaces de celebrar un cumpleaños infantil con 14 niños que fácilmente saldrán a 40€ por barba. Cada uno comiendo una hamburguesa. Pero de la buena. Y que por la tarde continúan en esas de terrazas, de sobremesa, puro y gin tonic.

Cuando regreso a cada, vuelvo a pasar por el parque. Y allí están ELLOS. Leyendo un libro o dando una vuelta, despreocupados, mientras sus asistentas del hogar, todas inmigrantes, pasean a sus hijos, padres y abuelos.

Entonces llego a casa, no sin antes cruzarme, ya en la Prospe, claro, con chamarileros empujando carritos del Alcampo llenos de cachivaches, mendigos rebuscando en los contenedores de basura… y un nuevo comercio que acaba de irse a freír espárragos.

Y esto es solo la punta del iceberg. Lo que hay debajo es lo que desvela Fernando Riquelme en su novela HIJOS DEL TRUENO. Y también lo que puede ocurrir si continuamos así. No es ciencia ficción, sino ficción política. También social. Y una bofetada para que reaccionemos. Porque un día vamos a llevarnos un susto. Y cuando alguien con dos cojones reaccione a ese estímulo, cansado de tanta injusticia, tanta diferencia de clases, tanto pitorreo y tanta polla, se va a liar parda.

Decía George Jackson, preso norteamericano que murió asesinado en la cárcel, “la paciencia tiene sus límites. Llévala muy lejos y se convertirá en cobardía”.

Ha llegado el tiempo de los valientes.

Que en HIJOS DEL TRUENO no tienen cojones…

Sino ovarios.

Toda una lección para los que siguen pensando que ellas son sexo débil.

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