Caminante no hay camino, se hace camino al andar. ¿Generación perdida? Un alegato a favor de aquella generación que se abre paso a pesar de los obstáculos, una generación que busca desde el anonimato construir su propio futuro desde ámbitos tan complicados como el periodismo, el cine o el teatro

 

Anna Maria Iglesia

@AnnaMIglesia

¿generación perdida? Palabras, imágenes, relatos …una generación que encuentra en aquellos mundos sutiles una alternativa todavía por construir

 

Tras las impersonales cifras y globalizantes definiciones se dibuja una realidad más compleja, una realidad imposible de esquematizar, pues pocos son los que encuentran su reflejo en aquellos números o las siempre recurrentes etiquetas. La excluyente definición de “generación más preparada” – ¿acaso los jóvenes que abandonaron sus estudios para dedicarse a la construcción promovida por el propio estado merecen el ostracismo al que les condena dicha definición?- se desgasta, aquella generación que hasta hace poco fue objeto de alabanza, ahora se desdibuja para convertirse en una generación perdida, en un grupo de jóvenes aparentemente perdidos en la ausencia de todo futuro.

 

Librera Pequod de Barcelona

Librera Pequod de Barcelona

Las carreras antes con futuro han dejado de asegurar prósperos porvenires, las letras, el arte y, más en general, las humanidades siguen siendo tachadas como caminos sin salida, estudios vocacionales que hoy, como antes, no conducen al éxito. Y, mientras se condena los intereses de tanto jóvenes que llenan las aulas de letras, de periodismo, de arte o de las escuelas de cine, se ensalza modelos tan extra-ordinarios como irreales: los éxitos futbolísticos del pasado año conllevaron la exaltación de figuras cuyo presente –ser jugador de futbol-nada comparte con la cotidianidad que viven todos aquellos que, recién salidos de las universidades, ven las puertas cerradas. Proclamados como modelos –de qué y por qué- aquellos deportistas, no sólo constituyen una élite, sino que no representan a todos aquellos que desde la precariedad y desde el más absoluto de los anonimatos construyen un futuro demasiadas veces negados. Así como desde el campo de futbol nunca se edificó el porvenir de la sociedad, desde la siempre maltratada cultura se vislumbran tímidos testimonios que alzan su voz y su inventiva para hacerse oír, demostrando que más allá de los escalofriantes datos de paro, de las trágicas historias de familias y de jóvenes condenados a la peor de las tragedias, existe una posibilidad. No se trata de parafrasear las irreales frases del monarca, no es cuestión de repetir a modo de eslogan banal el “junto podemos”, se trata, en cambio, de observar más allá de los titulares, de los focos, de los mediáticos rostro para dar nombre a quienes desde la cultura, las humanidades y el arte reivindican que por mucho que las puertas se cierren, todavía es posible volverlas a abrir. Estos jóvenes anónimos son los auténticos protagonistas de un relato pocas veces narrado. “Aquí estoy. En casa de un irlandés desconocido en Dublín”, escribía el pasado mes de julio Verónica Zumalacárregui, una “Joven Emigrante Sobradamente Preparada”, una periodista de 24 años decidida a buscar en tierras irlandesas aquello que “nuestro austero país” no le podía ofrecer. Verónica no es una periodista perdida, es alguien que buscó encontrarse más allá de las fronteras y, precisamente, fue desde la fría Irlanda donde consiguió que sus textos regresaran hasta aquí para ser leídos a través del Huffington Post. Tras meses allí, Verónica confiesa que la situación no es mucho mejor –“sigue siendo precaria”- pero, y a pesar de esto, “estoy satisfecha de haberme dejado los cuernos por lo que me hace feliz”. A lo largo del 2012, Verónica Zumalacárregui dio sus primeros pasos como freelance, los dio en Irlanda, donde ha vuelto en este año que empieza; desde allí,  sigue trazando su trayecto personal, ¿Perdida? No, un ejemplo de coraje y de triunfo por buscarse y encontrarse, por superar los obstáculos y así aconsejar, dirigiéndose a sus lectores: “que no os rindáis, que luchéis con todas vuestras fuerzas hasta conseguir vuestra meta”.

Ella partió, cruzó la frontera –como tantos otros de aquí y de fuera- en busca de su meta; Verónica se desplazó hasta Irlanda, mientras que la directora Celia Rico dejó su Constantina natal para estudiar Comunicación Audiovisual en Sevilla, ciudad que, a su vez,  abandonó una vez licenciada para desplazarse a Barcelona, donde reside desde entonces. El posgrado sobre guión cinematográfico, el master sobre cine y el absorbente trabajo en diferentes productoras caracterizaron los años barceloneses de Celia, unos años en los cuales nunca perdió de vista un objetivo, el mismo que se había marcado cuando salió de Constantina: rodar un corto. No fue fácil el trayecto, los esfuerzos personales y económicos fueron muchos, pero la recompensa llegó de mano de Luisa no está en casa. El guión durante años escrito en el poco tiempo que el estudio y el trabajo le concedía cobró finalmente vida, ella se convirtió en directora, puso imágenes a las palabras que tanto esfuerzo le costaron escribir. Así nació Luisa no está en casa, un obra de extraordinaria sensibilidad que no pasó desapercibida, siendo invitada a participar en el último Festival de Venecia. Celia Rico no pasó por la alfombra roja, no hablaron de ella las revistas más mediáticas, pero estuvo allí representando a esa juventud que construye, pese a las dificultades, el futuro profesional, cultural y humano que parece negársele.

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“Para mi que empiezo y que pertenezco a una generación que aspira a ser la voz del cine del futuro”, afirmaba hace algunos meses Celia Rico en una entrevista para Núvol, “que un corto haya sido elegido por programadores tan prestigiosos me hace pensar que todavía hay muchas cosas por decir i todavía se pueden hacer muchas cosas”; el grito de esperanza de Celia es el grito de esperanza de Verónica, a través del cine o a través de la escritura periodística, las dos no renuncian a la posibilidad de seguir haciendo cosas. “Él siguió haciendo cine”: con esta frase concluía La mala educación, con esta frase se abría la posibilidad de seguir contando historias, la posibilidad de seguir relatando, escribiendo y creando con lenguajes diferentes, pero todos ellos merecedores de ser leídos y escuchados. Tan sólo una par de años antes, Lluís Galter también viajó hasta Venecia, como Celia también acudió a la sección de Orizzonti; bajo su brazo llevaba su primer largometraje, Caracremada, con el cual visitó distintos festivales. Su largometraje no tuvo la resonancia mediática que otras películas; los grandes Holdings mediáticos que convierten los telediarios en medios de propaganda para sus productos apenas lo nombraron y, sin embargo, Caracremada se abrió camino. Lluis Galter y Celia Rico demostraron no sólo que todavía hay muchas historias por contar, sino que el éxito, lejos de encontrarse únicamente en la eco mediático, es hacer posible que la historia, el artículo o la película sea contada y leída, pues, parafraseando a  María Zambrano, para quien “un libro, mientras no se lee, es solamente ser en potencia”, una película que no se ve, es solamente una imagen todavía inánime.

Programa GORGONA_Page_1Así como para Verónica Zumalacárregui, como para Celia Rico o Lluis Galter,  tampoco fue fácil el camino para Albert Arribas: sin embargo, las puertas cerradas del Institut del Teatre de Barcelona no le detuvieron, el teatro era una pasión a la que no podía, no quería, renunciar. Buscando siempre las últimas entradas y así ocupar aquellos asientos que nadie ocuparía, fueron muchas las tardes que pasó en el teatro; muchos, los días y noches encerrado a un estudio de París para escribir sus primeras obras e  innumerables, las horas de lectura y de traducción en el intento de rescatar autores desconocidos en el panorama teatral nacional. Con su labor de traductor, llevó a los escenario de la Sala Beckett autores como Frédéric Sonntag o, más recientemente, Antonio Tarantino; junto a las traducciones, Albert empezó a abrirse camino como ayudante de dirección –Vosté ja ho entendrà – pero también como autor teatral: las primeras lecturas dramatizadas de sus obras – El cant de la Gorgona o Marga a la Platja– fueron la recompensa a una trayectoria que todavía no ha terminado de trazarse. En estos días, y tras meses de trabajo, El cant de la Gorgona se representa en Barcelona en La Seca Espai Brossa; Arribas consigue finalmente no sólo llevar a escena uno de sus textos, sino dirigir la obra y a sus dos actores protagonistas Albert Prat y Sergi Torrecilla. El camino no ha sido fácil, todavía hay mucho por recorrer, pero el estreno de El cant de la Gorgona es una buena razón para seguir caminando entre textos teatrales y escenarios.

Todos ellos son sólo algunos de tantos jóvenes que lejos de los focos, lejos de afirmarse como modelos o referentes, hacen posible que, a pesar de los tiempos y a pesar de las contrariedades, se sigan contando historias, se sigan narrando sucesos, se siga construyendo un futuro que, como el presente, se sostendrá sólo y únicamente a través del trabajo, del esfuerzo y de las renuncias de personas anónimas. Frente al cierre de la librería Catalonia, la irrepetible Tipos Infames en Madrid o la siempre acogedora Pequod en Barcelona sirven como contrapunto, son el resultado del entusiasmo y de la confianza de unos jóvenes que todavían encuentran sentido en el esfuerzo que día tras día requiere abrir las puertas de una pequeña librería. Junto a ellos, pequeñas pero prósperas editorales como Blackie Books, El Reino de Cordelia  o la imprescindible Gallo Nero nos recuerdan  que, a pesar del pesimismo que inevitablemente amenaza, el abismo todavía es lejano, todos ellos son los responsables de aquellos  pequeños grandes logros que, con tenaces pinceladas, se oponen a la negrura que trata de imponerse sin atisbo de compasión.

No interpreten mi silencio, pedía hace algunos meses Pedro Almodóvar, no interpreten tampoco el anonimato, el silencioso trabajo que, como en la fábula de Esopo, sirve para resistir al invierno que asola sin piedad los días de hoy. Tras las encuestas, los titulares, tras los grandes nombres, así como tras la historia en mayúsculas, existen, trabajan, crean y resisten los rostros todavía anónimos que, con su labor, dan sentido a una palabra tan desgastada como, en estos días carentes de sentido, como futuro. Aquí solo aparecen algunos, unos pocos de muchos porque en el mundo sutil que subyace son muchos los que siguen creyendo en las humanidades, en las letras, en el arte y en la creación, independientemente del lenguaje y de los medios utilizados. Como en el emocionante documental Los mundos sutiles de Eduardo Chapero Jackson, siempre habrá una joven que se emocione en la aridez de un descampado al leer los famosos versos de Antonio Machado: Caminante no hay camino, se hace camino al andar.

 

 

 

 

 

 

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