EL GATO DE LA VECINA DE MIGUEL ABOLLADO

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Mi-VecinaPor INMACULADA DURÁN. He llegado a la conclusión de que mi interés por conocer personalmente a los personajes de libros y programas es directamente proporcional a mi buena opinión sobre los mismos libros y programas. Por ejemplo, en general, no me gustan los realitys televisivos porque sus protagonistas suelen aburrirme. Otra cosa es que la factura de la producción me parezca buena y el producto final correcto, pero como espectadora estos factores no conseguirán, por si solos, engancharme. Y al contrario, si el personaje me fascina, aunque el programa sea malísimo, entonces, sí podrán contar conmigo entre su audiencia. A mí, tiene que llegarme el personaje, y esto ocurre cuando me sorprendo pensando que con éste o con aquel me tomaría yo un café o me iría de cañas.

Me ocurre con Alaska y Mario. Sé que muchos ya están, después de tres temporadas, un poco hartos; que otros dicen que ha perdido frescura –solo hay que ver las impostadas intervenciones de los amigos de la pareja- y que el reality ha dejado de contar con el efecto sorpresa de los primeros episodios. Pero, a pesar de todo, me sigue gustando y me dará cierta lástima cuando termine porque dejaré de saber de sus vidas (al menos promocionales) y pienso que me divertiría quedar de vez en cuando con Juanpe o la Favor.

Con las novelas me ocurre lo mismo. Puedo identificar cuando están mejor o peor escritas –siempre según mi modesto entendimiento, que me temo no coincide con la valoración académica y rigurosa-; o cuando la “trabajosa” estructura es tan buena que consigue engancharme a pesar del argumento; o admirar a escritores cuya genialidad está fuera de toda duda y provoca sin remedio que acabes rindiéndote a la evidencia, escriba lo que escriba. Pero, de nuevo, como en los programas de televisión, vuelvo siempre a este criterio subjetivo que implica que el personaje tiene vida propia. Ese mismo criterio subjetivo y personal que me provoca un sentimiento parecido a la pena cada vez que termino una novela en la que los protagonistas han pasado a formar parte de mi vida o, mejor, yo de la suya. Entonces, llegar a la última página y no saber nada más de ellos, me parece una despedida cruel y drástica que requiere hasta de duelo, como diría algún psicólogo. Porque la despedida se produce justo en el momento en el que ellos han resuelto sus dramas y conflictos y pueden mostrar más naturalmente sus personalidades o seguir con sus estilos de vida, esos que a mí me atraen –muchas veces por motivos poco edificantes- y que me gustaría que saltaran a la vida real, a mi vida.

Y esto es lo que me ha pasado con “Mi vecina quiere presentarme a su gato”, la última novela de Miguel Abollado, que además de un título curioso, cuenta también una historia curiosa. Lo mejor son sus personajes, peculiares, a veces excesivos, pero muy entrañables, con mucho sentido del humor y, sobre todo, interesantes. Alberto, el protagonista, es el mejor. Poco amigo de la gente, consigue, en cambio, ganarse fácilmente el afecto de los demás, a base de transmitir el gusto por las cosas más sencillas. También es peculiar y atrayente la vida de sus padres –más de una tardecita me la pasaría con ellos cerca de “la bolsa verde”, en compañía de Tony, Susanita y Anna-. Sus enredos, aventuras y la sensación que transmiten de seguir viviendo en una eterna adolescencia, me han seducido. Así que ahora, me toca lo que otras veces: pasar mi duelo tras la despedida, porque por mucho que me empeñe en tomar un café o unas cañas con ellos, mucho me temo que han desaparecido de mi vida para siempre (salvo que Miguel decida escribir una segunda parte, claro).

 

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