LA VIOLENTA PALIDEZ DEL TEDIO

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Por JUAN CARLOS VICENTE. Al principio, le gustaba poner su mano sobre el vientre lleno. Acariciaba una vida dentro de otra y creía firmemente traspasar la barrera de capas de piel y músculo con su tacto. Decirse Te quiero significaba asegurar ciertas parcelas de su existencia, dormir tranquilos, construirse a partir de pequeños detalles insignificantes que culminaban en el lenguaje abreviado de las parejas. El equilibrio, el imprescindible ingrediente de la felicidad doméstica.

 

Al principio, su mente era el lugar más violento de la Tierra. Un mundo compuesto de organismos sedientos, de pulsiones que se desplazaban de una imagen a otra acompañadas por un zumbido eléctrico, dotadas de una intranquilidad asediante, como una aleta en mar abierto.  Luchaba contra ello, una guerra privada que germinaba en la locura y florecía en una depresión oscura. Se decía: Olvídalo, No muestres rencor, Contrólate. Algunas de esas conversaciones se alargaban durante semanas, frases que se repetían en el interior de su cabeza una y otra vez, desde primera hora de la mañana, una liturgia infinita de palabras que aparecían con un orden preciso conformando un lenguaje intransferible.

 

La televisión emitió unos minutos de anuncios pero ellos no se movieron del sofá. Era la decadencia del capitalismo, el organigrama estructurado del consumidor medio el que entraba subliminalmente (o no) en sus cabezas rellenando los huecos, los espacios vacíos, las fases aletargadas previas al sueño con el que reparaban el fracaso de la vida y la rutina.

(¿Eso era la vida?)

Y luego estaba el aburrimiento, una sociedad entera creada por y para combatirlo: parques de atracciones, canales de pago, emisoras nocturnas de radio, redes sociales en las que contactar con un grado aceptable de fingimiento, espacios abiertos cercados por puertas automáticas transparentes (Puede salir cuando quiera, pero observe con detenimiento, eso de ahí afuera ya lo conoce, la competitividad, el trabajo, el mundo que anteriores generaciones han creado para usted, ¿para qué volver a la ola de calor?), lugares históricos a los que acceder a través de transporte público, pantanos, playas, piscinas municipales, alcohol, drogas.

El decorado del informativo era aséptico, igual que los presentadores. Era imposible no imaginar el teleprompter impoluto, el texto circular surgiendo en tipografía legible a una distancia no inferior a los dos metros. Se rindieron a la gobernabilidad de la información y continuaron viendo las noticias, la celebración de la muerte acompasada con imágenes HD y sonido estéreo, la pulcritud con la que se trataban los diferentes temas, la opinión subyugada bajo las corbatas y los vestidos de chaqueta y falda de tubo.

La cantante del grupo Limbotheque  había desaparecido.

Ella se levantó y fue a la cocina. Abrió la nevera y dejó que el frío penetrase en su cuerpo. Notó que la cicatriz de la cesárea se tensaba, la piel tirante, la costura como una cuerda sumergida bajo la epidermis. Cogió una botella de agua y volvió al salón. Él la miró, pero no pronunció ninguna palabra.

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