Frankenstein, el musical imposible

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Por Horacio Otheguy Riveira

Frankenstein, el musical.No es poco mérito montarse a la chepa del monstruo que admiró Charles Darwin, ponerle canciones y lograr el asombro de un público necesariamente ingenuo, entregado, con ganas de emocionarse entre buenos acordes. A ratos se consigue, pero sobre todo, la lucha encomiable obtiene sus mayores logros en el homenaje a una historia fascinante, saturada de moralina y de ansias corromperla: la eterna lucha del ser humano por abatir los límites culturales de la existencia y lograr la vida a través de la muerte.

En 1816 una enjuta intelectual británica volcada en ensayos, obras teatrales y ficciones, tuvo la inmensa fortuna de coexistir con maravillosos románticos como Lord Byron: transgresores, sensuales sufrientes en una sociedad extremadamente estática.

En una noche de tormenta, algunos de ellos se comprometieron a escribir una historia de terror. La única que aún sigue despertando pasiones, versiones cinematográficas y múltiples posibilidades es Frankenstein, el devenir de un joven que tras la muerte de su idolatrada madre se empeña en buscar el poder de la energía eléctrica que vigorice la materia muerta y sea capaz de crear vida.

Se empeña en ello, estudia profusamente, busca aliados despreciados por la “intelligentsia” de la época en un 17… obsesivamente cerrado a las innovaciones; nunca se da por vencido: desentierra muertos, coquetea con la locura, se aleja de su pasión sentimental y sexual por Elizabeth, su hermana-amiga, una chica adoptada por la familia, y lucha con denodado esfuerzo por lograr sus objetivos.

Una lucha magnífica, en el colmo del lirismo romántico, lanzado a la creación de un ser vivo con materia muerta: brazos de uno, cabeza de otro, piernas de aquel… La mayoría criminales o gente sin historia cuyos cadáveres nadie reclamaba. Y la criatura vive por sí misma y es un hombre deforme que despierta pánico y que es incapaz de dominar sus emociones: que necesita amor, pero la cólera le vence ante una sociedad abrumadoramente mediocre.

La criatura y su creador, el doctor Víctor Frankenstein, padre e hijo, embarcados en un círculo de fuego sin piedad hasta la muerte final, ha dado pie a excelentes películas de diferente signo (la mejor, la protagonizada y dirigida por Kenneth Branagh con DeNiro como el monstruo, emocionante viaje al corazón del romántico planteamiento), y una parodia de Mel Brooks, El jovencito Frankenstein, que a su vez se convirtió en el único musical que ha dado la vuelta al mundo a partir de Broadway: un ejercicio de comedia-dramática en el que el sentido del humor se basa sobre todo en el tono de cabaret sexy, y el drama se extasía con la poesía que desgrana la soledad del monstruo.

El jovencito Frankenstein no se representó en España, de manera que esta versión es un estreno absoluto con muchos aciertos en un contexto de elenco demasiado pobre actoralmente, pero muy bueno en el aspecto musical: estupendas voces permiten valorar la historia de amor con las mejores canciones, No quiero decirte adiós, y el leitmotiv de la pareja enamorada, No concibo un mundo sin ti.

Luego, entre vaivenes y algunas confusiones, se desarrolla la historia casi operística, con una estructura similar a la de Jekyll y Hyde que estrenó el cantante Raphael con gran éxito en este mismo teatro varios años atrás. En común: la lucha denodada del hombre con sus monstruos interiores bajo la atenta y candorosa sensualidad femenina.

Pero Frankenstein tiene mucho más. En su época fue un alarde de imaginación con final moralista según los cánones cristianos: al intentar crear vida de la muerte sólo se puede obtener un monstruo desesperado. Sin embargo, cuando Charles Darwin le dijo a Mary Shelley: “Lo que plantea tu novela no es nada imposible”, intuía un éxito actual que ha costado mucho esfuerzo a los científicos.

En efecto, tras Frankenstein de Mary Shelley palpita la maravilla de los trasplantes de hoy, cuya experimentación comenzó en los años 30. Hoy viven numerosas personas con diversos órganos pertenecientes a muertos. De allí que cantar en torno a la muerte, la locura romántica del hombre que aspira a recrear a los seres inertes y el amor por encima de sueños y prejuicios… tiene ese sentido mágico de lo imposible hoy hecho realidad.

Frankenstein, un musical muy dramático como lo fueron en su día Camelot, Evita, Los miserables o el ya mencionado Jekyll y Hyde, abunda en detalles curiosos, tropieza con múltiples dificultades y finalmente consagra el esfuerzo de una compañía de más de 40 intérpretes dispuestos a resucitar a Mary Shelley (1797-1851), e invitarnos a leer su breve y eternamente atractiva novela.

 

Frankenstein, el musical.

 

Frankenstein, El musical

Basado en la novela Frankenstein, de Mary Shelley.

Música original y dirección musical: Santiago Martín Arnedo.

Libreto: Miriam Carrascosa Vega

Producción: La Butaca Vacía.

Intérpretes: José Antonio Riazzo Andreu, Samuel González Rubio, Lola Ortiz de la Torre, Cristina Carrascosa Vega, entre otros.

Lugar: Teatro Nuevo Apolo, Madrid.

Fechas: Del 17 de julio al 18 de agosto de 2013.

Horario: Miércoles y jueves, 20.30h; viernes y sábados: 21.30h; domingos, 19.30h. 

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