Ariel Dorfman: “El mundo entero es como un simulacro de Disneylandia”

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“El mundo entero es como un simulacro de Disneylandia” Ariel Dorfman a los 70 años ha publicado la segunda parte de sus memorias Entre sueños Y traidores. Un striptease del exilio publicado por Seix Barral. En la Revista Ñ aparece una entrevista al autor, por Guido Carelli Lynch, donde se le pregunta por el libro, por la relación con autores como Julio Cortázar y, obviamente, por ese best-seller sociológico generacional que fue Para leer al pato Donald. ¿Por qué considera que éste es un libro controversial y transgresor? Salí de Chile en 1973, después del golpe, creyendo muchas cosas, tanto acerca del mundo como acerca de mi persona y durante los casi veinte años que estuve afuera (con retornos intermitentes y frustrados) sufrí transformaciones radicales, tanto políticas como personales y lingüísticas. Aunque a la larga no me arrepiento de lo que viví ni de las decisiones que tomamos con la mujer de mi vida, Angélica, para lograr sobrevivir a esos trances tan duros, me doy cuenta de que gran parte de esa historia es la de alguien que se contaminó, quizás inevitablemente, durante el destierro, que de tanto combatir el mal perdió un poco la brújula. Mostrar ese proceso, paso a paso, para que los lectores lo comprendan junto conmigo, es lo que anima estas memorias. Se trata, sin embargo, de una narración que viene a ser, creo yo, descarnada, a la que no estamos acostumbrados en América Latina, donde seguimos enamorados de la biografía heroica, fruto tal vez de un resabio del honor que heredamos de España y, quizá más remotamente, de los moros. Puede chocar que cuente incidentes incómodos que no me honran. De ahí el subtítulo de “striptease”, alguien que se va sacando la ropa y, en mi caso, después de que cae toda la ropa, bueno, seguí con la piel y las tripas, despellejándome, destripándome, hasta que queda, así lo espero, algo de verdad. Pero transgresor, también, porque se atreve a una crítica cruda de la transición chilena y relata experiencias de exilio que suelen callarse. ¿Por qué le interesa tanto el género diario? No es su primer libro testimonial. Parte del libro, por cierto, reproduce por primera vez –aunque con una reescritura posterior para darle una forma más compacta– el diario de nuestro retorno a Chile en 1990, donde examino cómo Angélica y yo nos desencantamos del país al que intentábamos ferozmente volver, contra viento y marea, durante tantos años de destierro. Esto permite al lector sobrellevar junto a nosotros el día a día del retorno, sus glorias y tristezas, y le da al libro mismo, espero, algo de suspenso, casi de “thriller”, género que me gusta mucho (de ahí La Muerte y la Doncella ). El género, además, tiene algo de voyeurístico, asomándonos a una intimidad que el autor quizás no previó que alguien iba a leer, aunque se me ocurre que cada persona que escribe un diario también desea que alguien compartirá esas palabras algún día. ¿Qué cambió en el proceso de reescritura de estas memorias, del inglés al español? Lo escribí en inglés porque ese idioma me permite distanciarme de los traumas que viví, tratarme a mí mismo como otro, ( Je est un autre es el título de un famoso libro francés sobre la autobiografía). Me permite exponerme como el castellano quizá no me lo hubiera permitido. Cuando lo reescribí, justamente, en castellano, temblaba a veces preguntándome cómo me había atrevido a revelar tantos secretos, tanta “deshonra” (por retomar una palabra de una respuesta anterior). Pero como ya estaba escrito en inglés, ya estaba expresado el pensamiento, resultó más manejable y llevadero enfrentar la legitimidad de lo que estaba ahí, desparramado en el papel o en la pantalla, y admitir que era necesario contar esa historia, con todas sus profanaciones. Durante tanto tiempo pensé que ser tan bilingüe como lo soy era una maldición. Ahora bendigo mi ser doble, mi bifurcada raíz. (…) Usted dijo que nadie le había podido explicar razonablemente el peronismo. ¿Cómo se lo explicaría a un tercero? Si lo pudiera explicar a un segundo, a un tercero, a un cuarto, hubiera escrito un libro que sería un best-séller. También recuerda en sus memorias sus encuentros con Cortázar. ¿Cómo recuerda su compromiso político? El vivía en París y usted era un exiliado. Tuve la inmensa suerte de tener como amigos y hermanos mayores a los dos escritores vivos que más me han influenciado: Harold Pinter y Julio Cortázar. Con este último (como con el primero) desarrollamos Angélica y yo una gran amistad. Parte de esa amistad (como lo indica la vasta correspondencia que tuve yo con él, de la que se acaba de publicar una pequeña muestra) consistió en conversaciones políticas. Cortázar siempre fue un hombre progresista, que se indignaba ante la mentira y el sufrimiento, y dispuesto a trabajar por otro tipo de mundo, pero a la vez era algo ingenuo, porque nunca había participado como militante (¡gracias a los dioses de la literatura y las musas!) en un movimiento de masas. Sus instintos, sin embargo, eran muy certeros y era bastante astuto –la represión en el Cono Sur y, después, la revolución sandinista– lo forzaron a dedicar muchas horas al trabajo cotidiano de solidaridad. Pero nunca se quejó, siempre estaba dispuesto a ayudar. Era un ser angelical. Y me duele usar el pasado imperfecto para él. Sigue vivo, merodeando por ahí, por aquí cerca, es –sí, ES– un ser angelical.

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