El Arte Nuevo de Santiago López Navia

Categoría: Críticas,Poesía |

 

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Busca una silla cómoda y sitúate

delante de tu puerta bien cerrada.

 

Arte nuevo de no ir a ninguna parte

Santiago López Navia

 

Por Luis Antonio González Pérez

 

Ha llegado hoy a mis manos el último poemario de Santiago Alfonso López Navia, Arte nuevo (Entre tantas asperezas). Digo a mis manos, porque aunque los medios y las tecnologías nos permiten trabajar más ágilmente con los compañeros y sus obras, me he visto en la obligación de hacerlo papel para degustar el tacto a la vez que resonaba el eco de sus versos en mi escritorio. Galardonado con el Premio XXXI Certamen Poético Villa de Sonseca, el propio autor comenta en alguna entrevista que el volumen nace de una profunda crisis de doble resultado: una más honda, la vertida en esta obra; y otra, en otra composición, de tono más jocoso.

 

Seguro que el lector ya habrá recordado al leer la portada que el título llama a algunas de las composiciones más gloriosas del Siglo de Oro de la Lengua Española. Por un lado Lope de Vega crea Arte nuevo de la Comedia, y un ya maduro Cervantes escribe Arte nuevo de hacer novela. Dos esenciales de ese periodo de cambios y genialidad creativa. Si bien en el caso del volumen que presenta López Navia existe, como en gran parte de su obra, siempre hay referentes clásicos, este volumen no es un manifiesto artístico o de estilo, como lo son los mentados. En este caso parece que lo que nos ofrece el poeta es una guía de viaje, del más propio y personal, el de la vida misma.

 

Decía Fernando Pessoa, autor que nuestro poeta usa como entrada al libro, que “ser poeta no es un ambición mía, es mi manera de estar solo”, cita que no deja de sorprenderme, ya en la relectura, por lo conciso de la definición de un vate para cualquier tiempo. Se nos antoja imaginar a Santiago López Navia, como en su poema Arte nuevo de no ir a ninguna parte, frente a una puerta cerrada haciendo la compleja asimilación de todo cuanto queda al otro lado.

 

El resto es digerir.

                                     O reventar.   

 

Arte nuevo de la amargura.

 

 

SANTIAGO LOPEZ NAVIA(2)López Navia abre el libro con un poema, Arte nuevo del desarraigo, que invita a marchar, a avanzar a toda costa, al sacrificio del viaje “Es tiempo de abrir vías en la roca / sin estribos ni mazo / y de escalar sin cuerda y sin arneses / los riscos afilados.”. Quizás un reconocido triunfo al hombre del nuevo siglo, que cada vez más, no es de ninguna parte, o sufre en todas las geografías un lastre de destierro de su propio paraíso interior inhabitable. “regar con las cuchillas de la escarcha  / la flor del desarraigo.” culmina magistralmente el poema.

 

El poemario, compuesto en gran medida en versos endecasílabos, incluso con algún soneto entre sus páginas, viaja entre la composición reflexiva y serena de quien observa el mundo y lo versa, y quien, en un sinfín de ocasiones, rompe el silencio que lo ha regido durante un tiempo, para afilar cuchillas y garras ante la decepción y la desesperanza. El primero de esos sentimientos tiene un poema que lo define con acierto “Siempre arriesgaste mucho en cada mano, / descubriendo tus cartas mientras otros / supieron combinar sus comodines.” A pesar de pedir mesura, equilibrio y recelo para evitar la decepción frente a quienes se aprovechan de los órdagos ajenos, el poeta parece invitar al envite o al farol, como una forma de vivir sin límites, con arrojo, hacia la aventura, sin miedo a los errores, como se podrá ver en otro de los poemas, Arte nuevo del error, donde López Navia nos dice “Renuncia a completar el inventario. / No cabe teorizar ni anticiparse. / No trae mucha doctrina la experiencia / ni hay manual de errores sin errores.”

 

El poeta parece permanecer sentado en esa silla cómoda frente a la puerta hablando a un tú poético que bebe de la experiencia y la reflexión de lo vivido, pues como bien diría Joseph Jaubert “Los poetas tienen cien veces mejor sentido que los filósofos. Buscando la belleza encuentran más verdad que ellos”, y se nos antoja le contestará Juan Ramón Jiménez “el poeta no es un filósofo, sino un clarividente”. No es en ningún caso, ni lo pretende formalmente, un poemario de urgencia. No parece haber sido disparado a bocajarro, ni tampoco haber surgido de una lucha interior convertida en batalla frustrada o francotirador ajado. Lo vemos en el poema Arte nuevo de la lucidez donde el poeta prefiere la lucidez, cierta independencia, conciencia de lo propio, antes que dejarse mecer por cantos de sirena y aplausos o insidias. Esto nos demuestra un discurso interior equilibrado hacia si mismo, en vez de andar lanzando dagas al aire y a otros, sin medida. Le importa comprender y comprenderse, y tras eso, extender su aprendizaje al tú poético, pero con medida. Invita siempre, pregunta, cuestiona, ofrece el pensamiento y la experiencia, pero nunca fuerza la idea ni el conocimiento. Como buen humanista, parece supurar entre sus versos cierta mayéutica, o alguna iniciación, como en el buen conocimiento del universo a través de las pequeñas cosas. En palabras de Rabindranath Tagore “La poesía es el eco de la melodía del universo en el corazón de los humanos”.

 

Los últimos poemas, en cambio, tornan a un paso menos combativo. Mientras en las primeras páginas López Navia parece empujarnos serenamente a atrevernos, a vivir, a sentir, a no mirar atrás, limpiarse las heridas o aprender de los errores; en el final de la obra, se torna a un observador paciente, un poeta nocturno, casi un anacoreta moderno, que ve en el no hacer nada, en la espera de tiempos y días mejores, una necesidad, con espíritu casi budista, del Arte nuevo de la revelación.

 

A veces lo más sabio es conformarse

y la mejor noticia es no estar muerto.

 

Paul Valéry, a quien el autor cita en las primeras páginas del libro, nos dice “La esperanza nos sostiene, pero como sobre una cuerda tirante”. Es esta reflexión la que me llega a la memoria tras leer algunos de los poemas de Santiago López Navia. Parece tomar la conciencia aristotélica de que el equilibrio ha de estar entre la reflexión y la acción, por lo que sus versos ejercen una corriente pendular entre los que empujan o envisten; y los que por el contrario, se sientan a observar al otro lado de la puerta o tras la ventana. Un pacto entre la mente y el cuerpo, entre la decepción reflexiva y la esperanza activa. De aprender de los errores, sin rencor, ni venganza; y actuar esperando días mejores, asumiendo el desarraigo, pues se está en constante movimiento, en una huida hacia adelante.

  

Firma el poemario, con un poema final que lo envuelve todo. Cierra a modo de conclusión o mantra, con una sonoridad que parece batidas de mar o aire sobre el cereal o los robledales de castilla. Una composición, que a gusto de quien escribe, es uno de los poemas más perfectos, en plenitud formal y deslumbre conceptual, de todo el libro.

 

[…] Vendrán días mejores. Mientras tanto

cumple morder el tiempo a dentelladas

y hacer mella en su carne escurridiza

que deja en nuestra piel sus cicatrices.

 

Sirvan estas notas, muy personales y nada académicas, como una invitación a la lectura de este volumen que, aunque de paginación breve, se sostiene con peso y plenitud propia. La clarividencia de los inmortales, tan necesarios también ahora, nace en cada palabra, pero más aun, con cada silencio que precede o con el que se abandona cada verso.

 

 

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