La lección argentina: el derecho a la memoria.

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Por Anna Maria Iglesia

@AnnaMIglesia 

 Juan José Saer, In memoriam

Hace pocos días, la jueza argentina, María Severini de Cubría dictaba una orden de detención preventiva para cuatro agentes acusados de infligir gravísimas torturas durante la dictadura franquista. Dícese que el gobierno español se encuentra en la encrucijada de deber decidir por una posible extradición, sin embargo, más allá de esta decisión, la encrucijada es mucho mayor: se trata de rescatar la historia enterrada, reconocer a sus víctimas y condenar, sin temor ni miramientos, a sus verdugos.

 

En una ocasión Ricardo Piglia definió la literatura como “un espacio fracturado, donde circulan distintas voces, que son sociales”, definición que desborda los límites literarios, la literatura en sí misma forma parte, como un discurso más, de ese espacio fracturado en el que, más que una historia con mayúsculas, se encuentra el continuo simulacro de lo acontecido. Simulacro, repetición, reinscripción y reinterpretación, todos parecen ser sinónimos de aquellos acontecimientos que el individuo, y no solamente el escritor, relata, acontecimientos que, como dijo Piglia, “no son nunca directos, cuando llegan ya han sido interpretados, por relatos de otros, por versiones inciertas, por voces que llegan del pasado y también, muy a menudo, por libros”. Inmersos en el simulacro de los acontecimientos, ¿cómo relatar aquella historia que un día fue? Frente a esta pregunta, Juan José Saer libró su último duelo literario; como también Piglia con Respiración Artificial (Anagrama)  Saer se enfrentó con La grande (Seix Barral) a la historia argentina más reciente, una historia que lejos estaba del punto final, mas reclamaba y reclama, como todo pasado obligado a su propio entierro, la reconstrucción del sentido. La palabra es la inofensiva, pero a la vez incisiva, arma con la que cuenta Saer antes del duelo; a través de la palabra Saer busca reconstruir ese sentido, rescatar esa historia que nunca tuvo que encontrar su punto y final.

 

saer

De regreso hacia casa, mientras contempla el paisaje desde la ventanilla del autobús, Tomatis no puede dejar de preguntarse si “seguirá estando en su lugar la ciudad”; a pesar de que lo considere absurdo, todavía lejos de los lugares que le son más familiares, Tomatis no deja de preguntarse si éstos “siguen existiendo, o por lo menos siguen existiendo de la misma manera”. Él mismo define su idealismo de ingenuo, cualquier filósofo refutaría sus interrogaciones y, sin embargo, “no puede abstenerse, de tanto en tanto, de hacerse la pregunta”. Tomatis, personaje creado por Saer, se pregunta acerca de los lugares perdidos, aquellos que ha dejados atrás geográfica y temporalmente; la ciudad, de la que se alejó por la mañana temprano, “¿seguirá estando allí, inmóvil, igual, impertérrita frente al tiempo y a los acontecimientos sucedidos durante su ausencia?” La pregunta de Tomatis es la pregunta de Gutiérrez que, tras años auto-exiliado en Europa, regresa a Santa Fe, a los mismos lugares que, más de veinte años atrás, solía frecuentar. Gutiérrez recupera los lugares abandonados, pero nunca olvidados, para reapropiarse de ellos, para construir allí su casa, para hacer de ellos su espacio en el que poder reordenar su propia historia así como la historia de aquel su país, Argentina, al que vio desfallecer y luego renacer desde la distancia. Con su retorno a Santa Fe, Gutierréz reactualiza el pasado que había dejado allí en esos lugares y que ahora parece regresar mientras vuelve a frecuentar las mismas calles, los mismos enclaves que le fueron tan familiares en su día y que ahora se le aparecen extrañamente nuevos, aun conservando un halo de familiaridad que el tiempo parece no haber borrado. En Santa Fe, los ecos del pasado regresan con el rostro de Leonor Calcagno; el reencuentro con Leonor es, asimismo, el encuentro con un presente desconocido, con el presente de Violeta y del doctor Riera, el mismo presente de Nula, de Gabriela y de Soldi, todos ellos son parte de aquella historia que Gutiérrez dejó interrumpida el día que decidió partir. Aún interrumpiéndose en la memoria de Gutiérrez,  la historia siguió avanzando a través de estos jóvenes personajes, unidos directa e indirectamente entre ellos y unidos, a su vez, a aquel pasado. Reaparece así la historia de Tomatis, la de Gutiérrez y la de Leonor, todos ellos fueron testigos y víctimas de un tiempo pasado, pero todavía demasiado presente; reaparece el pasado más reciente de Argentina del que nadie ha podido sustraerse: Riera, Nula, Leonor…todos ellos, cuya juventud les ha impedido ser protagonistas, estás atados a un pasado común del que forman parte indudablemente parte Tomatis como Gutiérrez.

La Grande es la novela que Juan José Saer dejó sin acabar, la última frase fue “con la lluvia, llegó el otoño, y con el otoño, el tiempo del vino”. Según su editor, no tuvo el tiempo de revisarla ni de releer esa frase con la que vaticina la llegada del otoño y que terminó siendo la última de la novela. Puede que, en verdad, es escueta frase no fuese escrita como final, sino que fuese el inicio de un capítulo que Saer nunca llegó a escribir; sin notas ni apuntes, todo se reduce a vagas elucubraciones acerca del sentido y del destino de aquellas últimas palabras. Y, sin embargo, más allá de todo, de las intenciones  posiblemente incumplidas, aquella última frase está lejos de cerrar el relato, la llegada del otoño y, por tanto, del tiempo del vino es metáfora de la continuidad temporal. No hay continuidad temporal sin memoria; Saer lo sabía, como también lo sabían todos aquellos que se manifestaron contra la ley de Punto final y de Impunidad debida en las distintas ciudades argentinas. No hay continuidad temporal sin memoria, pero tampoco sin reparación histórica, sin el preciso y auténtico, falta de toda manipulación, relato de los hechos pasados, sin el debido reconocimiento de sus víctimas y con la imprescindible condena de los verdugos.  

 

ley-memoria-historicaArgentina fue consciente de ellos, sus ciudadanos lo reclamaron y, desde las instituciones políticas y, especialmente, judiciales respondieron a ello. Suprimida la ley de Punto final, la historia siguió su curso, se desenterró finalmente el pasado. Aquí, sin embargo, en un país que presume de democracia, nuestra historia más reciente y más negra sigue enterrada, no hay olvido por parte de sus víctimas, pero si por parte de sus verdugos. Enterrar la historia es despreciar a quienes la padecieron, es obligar al olvido a la vez que imponer el falso, irreal y manipulado relato de unos hechos que, desgraciadamente, no fueron como algunos pretenden relatar. Hace pocos días, la jueza argentina, María Severini de Cubría dictaba una orden de detención preventiva para cuatro agentes acusados de infligir gravísimas torturas durante la dictadura franquista. Dícese que el gobierno español se encuentra en la encrucijada de deber decidir por una posible extradición, sin embargo, más allá de esta decisión, la encrucijada es mucho mayor, pues no se trata sólo de la posible condena de cuatro torturadores, se trata de condenar las  torturas, represión, asesinatos y desapariciones y todos sus represiones. Se trata de mirar hacia nuestro más oscuro pasado y honrar finalmente a las víctimas, devolverles aquellos derechos y aquella justicia que nunca debieron perder. Argentina lo hizo, ¿para cuándo nosotros?

 

 

 

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