Raptos y desapariciones a la orden del día

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Por Javier Elba

 

Si en los tiempos que corren el género de terror con zombies incluidos se ha extendido igual que la pólvora, puede decirse lo mismo del thriller de secuestros.

En la última década, más de cien títulos han reflejado la angustia y aflicción que una serie de personajes padece al ser víctima directa o pasiva de un rapto.

Las más recientes como Prisoners (Denis Villeneuve, 2013) o Captain Phillips (Paul Greengrass, 2013) relevan a Man On Fire (Tony Scott, 2004) y Matando Cabos (Alejandro Lozano, 2004).

PRISONERS

Prisioneros (2013), de Denis Villeneuve

Aunque citemos estos ejemplos, la lista es prolija y para todos los gustos: el gore más extremo está reflejado en las sagas Saw, Hostel o The Human Centipede, el manga puede encontrarse en Oldboy (Old Boy), la intriga de Taken, Changeling o Gone Baby Gone y el suspense psicológico se visualiza en cintas del estilo de Buried (Enterrado).

Parece ser que cierto sector de cinéfilos ha encontrado en estas ramas del séptimo arte un filón que otras, de momento, no han conseguido.

Casi todas estas películas arrancan de la misma manera: una familia o personaje en concreto tiene una vida aparentemente normal cuando, de la noche a la mañana, esta da un giro inesperado. Los acontecimientos que van produciéndose hacen, precisamente, que tanto el intérprete como la audiencia terminen siendo presas de una mezcolanza de sentimientos y emociones que no hace sino ir de mal en peor.

Mientras tanto, los próximos a la víctima – parientes, amigos y vecinos – mueven cielo y tierra para dar con ella lo más rápido posible llegando a cometer fechorías que no hubieran imaginado ni en la peor de sus pesadillas. ¿A quién no le hubiese gustado tener a Liam Neeson como padre justiciero para ser rescatado? ¿O, más recientemente, a Hugh Jackman?

El desenlace suele ser esperado o, al contrario, de lo más insospechado. Todo puede resolverse en un santiamén de la forma más común o dejarle a uno anonadado por no dar crédito a lo que está contemplando.

T-22

Venganza (2008), de Pierre Morel

Es lo bueno o malo de la incertidumbre: el espectador sigue el metraje elucubrando posibles finales pero el colofón puede echarlo todo a perder y quedarse en una propuesta prosaica e insatisfactoria.

Sea como fuere, este tipo de ofertas del celuloide requiere un seguimiento constante porque cada detalle, pista o señuelo es importante para ir completando el hilo argumental. Es ese juego que el guionista proporciona el que nos hace querer seguir las migas que ha ido esparciendo por el camino.

La policía, que siempre llega a última hora metiendo ruido, en estas películas juega un papel inoperante a la hora de resolver los casos porque los villanos suelen ser los listos del reparto. Asimismo y a grandes rasgos, los protagonistas masculinos acaban tomándose la justicia por su mano ante el laxo comportamiento de la ley y la insistencia de sus parejas, que tienen asignado el papel de plañideras ya que no hacen más que llorar por el paso del tiempo y la falta de indicios del secuestrado.

Hay personajes que no tienen la suerte de contar con alguien que se preocupe por ellos. Ese rol está reservado a seres solitarios abocados a resolver sus propios problemas.

Para el próximo año, nuevos largometrajes seguirán la estela marcada: Sumerged, Queen Of The Night y Open Windows, el nuevo trabajo de Nacho Vigalondo.

¿Sorprenderán o decepcionarán? Ya se verá.

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