La ley de la vagancia creativa

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Por Iago Fernández

@IagoFernndz

La cotidianidad está llena de ocupaciones ociosas, desde contemplar los avances de un edificio en construcción hasta ensañarse con uno de los videojuegos del facebook. La norma general es que ninguna nos parece significativa en tanto que no aporta ningún beneficio material u objetivable a nuestras vidas. Ya se sabe cual es la ley que rige los días de hoy: tanto produces, tanto vales y, en última instancia, tanto eres.

Por lo que a mí respecta, continúo ejerciendo resistencia contra la obsesión capitalista del trabajo y me tomo muy en serio mis periodos de ociosidad siguiendo las enseñanzas del gran poeta Paul Valery, que todas las mañanas echaba dos horas pensando en su escritorio sin otra compañía que la de un papel y un tintero para dejar constancia de sus ocurrencias. No obstante, debo distinguir aquí entre dos tipos muy distintos de ociosidad. Una, por así decirlo, es la ociosidad verdadera y otra, la de las antenas parabólicas. La primera no supone ningún tipo de beneficio, ni material ni espiritual, y es a la que solemos estar hechos en una sociedad como ésta. Consiste apenas en una forma discreta de diversión, pública o privada, con la que hacemos tiempo hasta que pasamos a otra cosa y cuyo balance parece indiferente, como el de observar cómo avanza una obra, jugar con cualquier tipo de videoconsola o dedicarse al trainspotting.

 

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 En cuanto al segundo tipo de ociosidad, sólo es ocioso en apariencia y, muy al contrario, supone un perpetuo ejercicio perceptivo, así como las antenas parabólicas no cesan de captar ondas electromagnéticas en todo momento a menos que las vuele una tormenta. Es el tipo de ociosidad que practican los artistas, los lectores curtidos en “la paz de los desiertos” y, sobre todo, el que practicaba Paul Valery. Más que un efecto del no hacer nada, esta ociosidad consistiría en una disposición particular del ánimo, muy semejante a la tranquilidad que logra un francotirador cuando templa el pulso y acierta de lleno en el ventrículo de la presa. Se distingue, sobre todo, de la ociosidad verdadera porque sí produce un claro beneficio espiritual, aunque a día de hoy estén consideradas una y la misma cosa debido a la omnipresencia del materialismo. Es decir, ¿acaso no es ya una ocupación ociosa leer “A la busca del tiempo perdido”, “Guerra y paz” o cualquier otra novela que supere las mil ochocientas páginas y no sea un best-seller ambientado en un medioevo fantasmagórico debido a que la cuantía de tiempo que ocupan no está contrapesada con un beneficio inmediato y objetivable, a expensas del posible beneficio espiritual que nos aporte, algo que nunca podremos mesurar y, por tanto, comercializar aunque sí rentabilizar en cualquier aventura subjetiva? Hoy cualquiera diría que Paul Valery o Quevedo, cuando decía aquello de “Retirado en la paz de estos desiertos / con pocos pero doctos libros juntos / vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos”, estaban completamente locos.

 

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Esa ociosidad, sin embargo, es lo que ha posibilitado cada uno de los hallazgos poéticos de ambos poetas o cualquier otro gran literato de la Historia cuya rica visión de la realidad tuvo que trabajar duramente no haciendo nada, pero a la vez aguantando en activo, igual que una antena parabólica. ¡Ojo!, esta clase de ociosidad que yo menciono nada tiene que ver con el llamado trabajo intelectual, donde hay que solucionar un problema o dilucidar una incógnita en particular, sea esta irresoluble o no. Tolstoi, en su opus magna “Guerra y paz”, definía muy bien esta ocupación en relación a la figura del personaje Pierre Bezukhov como una forma de pensar que consistía en “hacer girar perpetuamente un tornillo”. La ociosidad de las antenas parabólicas implica permanecer a la espera, divagando sobre cualquier cosa, como quien acecha inmerso en unas matas, o rasgando un acorde tras otro a ver qué sale, igual que hay que leer a Tolstoi o a Proust o a Valery o a Quevedo, escuchar a Dylan o a Adrian Borland o a Flaming Lips o a Scott Walker dejándose llevar por la corriente de la página / speaker y afinar el órgano pertinente para que nos abrase un fogonazo cuya naturaleza nunca sabría cómo describir a ciencia cierta, pero quizá tenga que ver con la irrupción de una realidad insospechada en el campo de la conciencia o con la transmutación de una realidad preconcebida, sea como sea, provoca la sensación de que algo se ha roto ya para siempre y no puedes volver a ser el de antes ni entablar una relación idéntica contigo mismo y el mundo que te rodea, tal y como el maestro Hegel concebía la noción de la experiencia que luego exportaría Lukács al género de la novela en un librito ejemplar titulado “teoría de la novela”. Pero, dicho de manera mucho más sencilla, creo que lo único, lo único que importa y a día de hoy estamos perdiendo a pasos agigantados es la capacidad proustiana de fliparlo mojando una magdalena en una tacita de té.

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