Don Dinero, de la sociedad al arte

Categoría: + Comunicación |

Por Anna María Iglesia

@AnnaMIglesia

Mil vueltas da la moneda lanzada y que, inverosímilmente, nunca vuelve a posarse; mil vueltas da esa moneda inexistente, las mismas que dio quien les escribe antes de decidirse a teclear algunas palabras sobre esta pantalla. Las monedas inexistentes no dejan de girar, pero las reales siempre terminan cayendo para mostrar y, la vez, para ocultar, una de sus caras. Decía el maestro Borges que “afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico”, por ello, en un desesperado intento de desautomatizar lo demasiado automatizado, sería adecuado, más bien indispensable, decir que este artículo, indudablemente no fantástico, mostrará tan sólo una de las caras de la moneda, pues es bien sabido que es del todo inverosímil ver contemporáneamente las dos caras del preciado oro.

quevedo Lo realmente fantástico es leer los versos de Quevedo, volver a leer cada una de las estrofas y descubrir en ellas el reflejo de un mundo, el nuestro, que poco ha cambiado respecto de aquel sobre el cual versificaba el poeta castellano. “ Nunca vi damas ingratas”, escribe Quevedo, “ a su gusto y afición, / que a las caras de un doblón, / hacen sus caras baratas”, versos que pudieran dedicarse a las “damas” convertidas en protagonistas de la crónica política italiana más decadente. El Don Dinero de Quevedo se ha transformado en Cavaliere en Europa, mientras en África,  escondido tras un  rostro mercenario, “sus escudos de armas nobles/ son siempre tan principales, /que sin sus escudos reales / no hay escudos de armas dobles”. No erraba el poeta quien, como  ese Kafka a quien la historia ha dado la razón, cantaba, sin ser escuchado, que Don dinero es “persona de gran valor, / tan cristiano como moro; / pues que da y quita el decoro/  y quebranta cualquier fuero”. Sorprenderse es de ingenuos, Don Dinero convertido en un elemento automatizado, ya no rompe el horizonte de expectativas, sino que lo conforma desde el interior, convertido en la convención a la cual Borges hubiera dirigido su invectiva, “¿a quien no maravilla / ver en su gloria sin tasa / que es lo menos de su casa / doña Blanca de Castilla?”.

Don Dinero es un concepto automatizado; aparentemente no perteneciente al mundo del arte, y a pesar de su nombre,  Don Dinero sobrevive en la independencia económica, en los márgenes de ese París de los poetas malditos o lo largo de las vacías autopistas norteamericanas de la Beat generation. Hemingway describió las penurias del joven aspirante a escritor, mientras el consagrado Scott Fitzgerarld saboreaba los días previos al hundimiento en una noche que poco tuvo de tierna. Kerouac se esconde tras el protagonista de On the road para volver a vivir la aventura de los excesos, mientras que Rimbaud relataba su estancia en el infierno; todos ellos representan al artista desinteresado, aquel que no sucumbe al oro, a ese mismo oro al que Quevedo dedica sus versos. Cada uno de ellos es el artista que vive, sobrevive, del arte que no se convierte en mercancía, es el artista que rechaza convertirse en productor y convertir su obre en un bien de consumo, el mismo artista que Lucien de Rupempré conoce a su llegada a París y que, sin embargo, pronto abandona seducido por las luces del mundo de la cultura oficial, de la cultura poseedora no solamente de un valor simbólico, sino también social y, evidentemente, económico. Lucien es seducido por las luces de la París de los periodistas y de los estrenos teatrales, por las luces de las premières que, sin embargo, siempre esconden unas sombras, aquellas que le hacen regresar, abandonar la capital, con los bolsillos vacíos. Pero, como dijo un día Juan Marsé, no hay que confundir el mundo literario con la literatura y, por tanto, tampoco se debe confundir el imaginario literario que la tradición, en ocasiones con brillantez y, en muchas otras, por pura inercia, ha  conservado. Mucho de verosímil, pero poco de real tienen las páginas recordadas, mucho de imagen, reflejo distorsionado de una realidad, la del mundo cultural, que posee más sombras que luces y cuya relación con el dinero sobrepasa de largo el eslogan, repetido hasta el sinsentido, del art pour l’art.

Julio Camba

Julio Camba

 Si el arte nunca ha sido independiente del poderoso caballero Don Dinero, éste nunca ha se ha desligado del arte, en una relación que no se plantea solamente en base a un análisis de mercado, en las listas de los libros más vendidos y del número de lectores; Don Dinero no es solo la estructura marxista sobre la que se establece la super-estructura, no es solamente el elemento jerarquizante y determinante de la estructura social, Don Dinero es tan bien el poderoso caballero de los versos de Quevedo, el eje vertebrado de la vida del avaro Harpagón, el motivo que lleva a Raskolnikov a cometer el crimen y al protagonista de los Siete Locos a descender, sin posibilidad de rescate, a los infiernos del Buenos Aires arltiano. Don Dinero es la moneda convertida en personaje, es la estructura económica de Marx dentro de ese mundo posible de la literatura, un mundo que, aun pareciéndose al real, siempre es otro: la literatura, la ficción en general, crea los mundos posibles donde todo se convierte en otra cosa, donde el dinero se convierte en Don y la antigua peseta se convierte en una viajera por Europa. Carlos Iglesias hizo de la equivalencia entre el franco y la peseta la metáfora del viaje hacia Suiza de dos españoles en busca de trabajo, Julio Camba hizo de las aventuras de una peseta la metáfora del viaje por Europa de un joven periodista español: “el autor de este libro”, escribe Camba, “ ha ido en pos de la peseta por algunos países, observando sus andanzas y sus aventuras”. De la misma manera en que Vila-Matas acude, en lugar de Pasavento, a las entrevistas y  que Flaubert se presenta como Madame Bovary, Camba viaja en “pos de la peseta” (Aventuras de una peseta, Editorial Alhena), de esa moneda que tras la crack del ’14 no pudo sino que recorrer las tierras más allá de los Pirineos: “¡la pobre peseta, para quien, unos cuantos años atrás, eran gigantescas todas las otras monedas!”. La peseta, aquella que en los viajes de Camba perdió los céntimos para no volver a recuperarlos nunca más, ella también desapareció.

eros 1El euro sustituyó la peseta, a las aventuras de Camba “en pos” de la peseta, le siguió el €RO$  de Fernández Porta (Anagrama), ahora ya no es el tiempo de recorrer las tierras trans-pirenáicas, ahora es el tiempo de la  superproducción de los afectos: de los irónicos y, a la vez, cínicos retratos periodísticos de Camba al riguroso análisis socio-cultural de Porta. Los dos autores parten de la moneda, de la peseta y del euro, Don Dinero es el punto de partida para el retrato y, a la vez, autorretrato de Camba y para el ars amandi de Fernández Porta, en cuyo ensayo no sólo se hace patente como el dinero es un tema artístico, sino que “es sobre el tema del dinero entendido como obstáculo como empezamos a razonar el amor”. Don Dinero era el caballero que permitía a Quevedo condenar el servilismo hacia la preciada moneda de la misma manera que Don Quijote era el caballero andante que permitía a Cervantes parodiar la tradición caballeresca; el viaje de la peseta a Alemania permitió a Camba mostrar el inconsciente despilfarro español así como la estancia de la misma en Lusitania le hizo percatarse el elevado precio de las carrapinhadas lusas. El euro se esconde en el nuevo eros ovidiano de Porta: “la estetización creciente y la monetarización rampante, esos dos elementos combinados, van a construir el marco en que se trata este tema”. El amor, tema literario, es leído desde una nueva óptica, desde la mediación monetaria, desde la estructura capitalista sobre la cual se articula, pues en la época del capitalismo emocional “el objeto producido pierde su soporte material y la producción de significados se convierte, a su vez, en producción estética”. En €RO$, Porta señala que la crítica de la ideología ha enseñado cuán farsantes son los anuncios y que la tradición poética previene contra el recurrente fraude de amor y del amante ful, ¿puede decirse que la tradición literaria ha mostrado cuánto el dinero ha sido siempre un tema literario? Desde la casa de Trimalción, cuyas riquezas describe copiosamente Petronio, hasta las crónicas de Camba; desde El avaro de Moliére hasta Crimen y cástigo de Dostoievski, de los versos de Quevedo a los de Borges, el oro preciado parece haber estado siempre allí, pues a diferencia de Cándido y de su compañero de viajes, la literatura nunca ha dejado atrás, en una isla desierta, a Don Dinero, como fiel escudero, siempre le ha ido detrás.

 

 

 

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4 respuestas a Don Dinero, de la sociedad al arte

  1. Espléndido, inteligente, culto… otro artículo más de la autora a conservar. De los que el tiempo no se lleva. Gracias.

    emilioporta
    2 diciembre 2013 at 14:08 pm

  2. Como siempre, gracias una y otra vez!

    annamaria
    16 diciembre 2013 at 15:48 pm

  3. Por cierto, a propósito de un libro y un autor que citas, tiene gracia que Fernández Porta y yo no seamos familia, ni nos conozcamos, aunque coincidamos en un apellido… y quien sabe si en alguna bisabuela común 🙂

    emilioporta
    16 diciembre 2013 at 16:34 pm

  4. Las gracias a ti, Annamaría. Todo lo que escribes rezuma cultura, conocimiento y buen gusto literario y filosófico… además de un impecable estilo. En fin, compañera, tu firma es siempre una garantía.

    emilioporta
    16 diciembre 2013 at 16:38 pm

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