Infancia feliz

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Por Fran Portillo. Tras más de un cuarto de vida en este mundo, viajando en el bote de la humanidad, he de decir que me siento bastante decepcionado con lo que me envuelve. Hace tiempo que he dejado de ver el telediario, pues lo considero una serie de catastróficas desdichas (buen titulo para un film tan patético), envueltas en la manipulación mediática a la que son sometidas. La gente está sufriendo y no necesitan saber que hay alguien que sufre más que ellos. ¿Eso nos va a hacer sentir mejor?
Malditos ignorantes.
Después está el deporte, indiferentemente de cual se tercie. Nos desvivimos por animar a nuestro piloto favorito o nos enfadamos cuando el delantero cae en el área pequeña y el árbitro le ordena levantarse. Como si nos diera de comer. Eso me indigna.
¿Sabéis que con una sola mensualidad de todos los futbolistas de primera división se terminaría la crisis? España tiene el mayor despilfarro económico en futbol de toda Europa. Pero en eso no nos fijamos, ¿verdad? Si Cristiano marca un gol nos abrazamos como gilipollas y lloramos de alegría. Como si a él le importase eso.
Pero seguimos en paro, creciente a cada mes aunque los medios nos digan lo contrario. ¿Dónde está nuestro orgullo? ¿Nuestra decencia? Nos enganchamos al Salvame Deluxe solo por ver cuán patética es la vida de los invitados y cómo discuten. Y ellos haciendo el paripé se embolsan unos miles gracias a eso. Después somos incapaces de comprar una película o un buen libro. ¿Para qué? En Internet casi todo es gratis.
Hoy en día no nos conformamos con nada. Y menos la juventud, esos niños a los que les hemos enseñado a ser caprichosos.
Recuerdo cuando yo era pequeño. No tenía más de diez años cuando mi padre tuvo un terrible accidente de coche. Mi madre por aquel entonces no trabajaba, pues estaba embarazada de mi hermano pequeño. Mi padre trabajaba fuera y necesitaba el coche para cubrir esa distancia, pero se lo declararon siniestro. Irremediablemente tuvo que comprar otro, un Seat Ritmo.
Y ahí estaba aquella familia. Dos niños de diez y once años y uno por venir. Y pagando casa y dos coches.
Recuerdo que, cuando llegaba el domingo, mi padre nos llevaba al basurero municipal y allí él encontraba de todo. Valdosas para sustituir las deterioradas del baño, algún mueble pendiente de una capa de pintura o barniz… Mi hermano y yo encontrabamos lo que no teniamos: juguetes. Mi madre los lavaba con esmero y los cuidabamos cual tesoro. Daba igual si era un Clip que le faltara un brazo o un coche de madera (que aún conservo).
No me avergüenzo de ello, pues así era feliz. Mi padre lo hacía por nosotros más que por las valdosas que se acumulaban en la terraza sin usarlas jamás.
Eso lo comprendí con el tiempo.
Hoy, aún hoy con todo lo que poseo, daría lo que fuese por volver a aquel vertedero junto a mi padre y gritarle desde un montículo cada vez que hallaba algo.
Me acuerdo de su cara.
Era feliz.
Gracias, papá, por esa infancia increible.

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