El peligro de llamarse Nerea, Elisa Cotarelo.

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I

Eran las ocho de la tarde del día veintisiete de noviembre de 2009 y a Fran la jornada laboral le había dejado exhausto, quizá por ser viernes, acaso porque su estado de ánimo no atravesaba los mejores momentos o tal vez porque el día se había presentado tan lóbrego y no menos frío que las catacumbas. Un oscuro velo tapaba la ciudad desde primera hora de la mañana, cumpliendo los pronósticos de los noticieros que llevaban varios días anunciando la llegada de un fuerte temporal procedente del Cantábrico. A cubierto, Fran observaba como el cielo, sellado con nubes negras, amenazaba con enviar lluvia. Durante todo el día le había acompañado la sensación de que se iba a hacer de noche de un momento a otro, pero tal augurio no se cumpliría hasta eso de las seis de la tarde, cuando aún le restaban dos horas de trabajo en el edificio de viviendas que estaban remodelando en la calle Fuertes Acevedo. A mayores, la obra permanecía abierta por dos costados, permitiendo que el viento del norte campara a sus anchas y se cebara especialmente con sus huesos, aquejados de una incipiente artrosis que se agravaría notablemente tan pronto la lluvia hiciera acto de presencia para humedecer el ambiente y avinagrar su ánimo. La jornada terminó siendo ya noche cerrada, momento en que Juan, el peón de veintidós años, propuso celebrar la entrada del fin de semana tomando unas tapas, regadas con cerveza, por supuesto. Ese día Fran no tenía humor para tapeo pero Juan insistió, cansino, esgrimiendo tres motivos de peso: tenía algo importante que contar, había mucho y significativo que celebrar y, además, la ronda corría de su cuenta. Dado que ninguno de los otros cinco compañeros se negó, Fran tampoco quiso hacerle un feo. Quizá porque el hombre es un animal de costumbres, recalaron en el mismo bar de otras veces, uno de los muchos que empaquetan aquella calle; a esas horas lleno a rebosar de trabajadores que recién habían terminado su jornada, de humo de tabaco y de olor a fritanga. Como en alguna otra ocasión, consiguieron adueñarse del reducido espacio que milagrosamente permanecía libre al final de la barra y suplicaron seis cervezas al estresado camarero; los pinchos resecos, fríos y con sabor a humo, esperaban encima de la barra sobre platos de plástico. Los había de tortilla, empanada y queso, como siempre Juan vació media jarra de un solo un trago; después, con parsimonia, engulló dos trozos de empanada mientras cinco rostros interrogantes le observaban y aguardaban, ansiosos, por saber lo que se estaba celebrando. A buen entendedor pocas palabras, Juan dejó la pinta en la barra, frotó las manos, sonrió y comenzó a destapar la caja de sus secretos para hablar sin tapujos sobre su reciente noviazgo con Teresa, a la que había conocido dos meses atrás, nada más comenzar a trabajar en aquel edificio. El entusiasmo de Juan era inversamente proporcional a la decepción de Fran, que esperaba haber sido convocado para algo más trascendente, no para escuchar el cuento de un noviazgo post-adolescente. En ese momento, ni en sueños hubiera imaginado Fran cuántas veces recordaría la historia de Juan y Teresa, usualmente con envidia, como referente en algunas ocasiones y con sentimiento de pérdida en otras tantas. Entretanto, Juan narraba su historia de amor con una ilusión que le impedía apreciar caras de hastío, de decepción y de burla. La chispa, decía, había prendido con un simple cruce de miradas, un día que la casualidad propició el encuentro: él se encontraba a pie de obra y ella pasaba por allí, simplemente. En ese momento, además de quedarse prendado, formuló dos suposiciones; arriesgada la primera de ellas, conjeturada la segunda: que aquella chica se dirigía a la Universidad dado que caminaba dirección al Campus y, además, aparentaba tener unos diecinueve o veinte años; y que pasaría por allí diariamente y a la misma hora. A partir de ese día, lloviera o luciera el sol, Juan procuraba hacer acto de presencia en la acera a las nueve en punto. Con pálpitos en el pecho la veía subir la calle, acercarse y luego pasar, apresurada como una ráfaga. Era alta, esbelta, con melena oscura y facciones similares a las de la Virgen María. Era perfecta. No había una mujer igual en todo Oviedo, ni en el resto del mundo. Aún sabiendo que no tenía demasiados números para esa tómbola, Juan estrujaba los sesos sin descanso, tratando de encontrar la forma eficaz de abordarla. Y, dado que de ninguna de las maneras quería espantarla, desechó varios planes, unos por absurdos y otros varios por falta de valor para ejecutarlos. Desesperado, cuando hubo agotado las ideas solicitó la ayuda de un íntimo amigo, quien sin pensárselo dos veces le aconsejó recurrir a lo de siempre: pedirle fuego a la chica. Dado que Juan no fumaba, el amigo además del consejo tuvo que prestarle un cigarro para que lo usara como cebo. Casualidades de la vida, Teresa tampoco fumaba y no llevaba fuego, no al menos en el encendedor; sin embargo, y aunque no picara el anzuelo tendido por Juan con bastante torpeza, a partir de ese día le saludaba cada mañana aunque desconcertada y sin acertar todavía a intuir el motivo que llevaba a aquel chico atlético y guaperas a permanecer como una estatua en el mismo sitio y a la misma hora todos los días. ― Hola Decía con un hilo de voz, sin apenas mirarle, para continuar caminando cuanto daban sus piernas. A finales de octubre, aprovechando que al saludo ella había añadido una sonrisa, Juan consiguió reunir el arresto necesario para invitarla a tomar un café, con el propósito de combatir el frío mañanero y, de paso, romper el hielo que los distanciaba. A ella la invitación la pilló desprevenida y rehusó, alegando que llegaría tarde a clase. Él, que en cierto modo esperaba tal respuesta, le preguntó que qué tal por la tarde. Ella sonrió pero no contestó ni que si ni que no. Él, insistente, volvió a invitarla al día siguiente con idéntico resultado. Y al otro, sin que variara el desenlace. Y también los otros cuatro siguientes, con mismo final. Pero Juan era perseverante y al cabo de una semana, no supo si por interés o por aburrimiento, le arrancó un “si” y quedaron para las ocho de la tarde en aquel mismo bar donde ahora tomaba cañas con sus compañeros. Tras esa primera toma de contacto, la propuesta se repitió cada día de los siguientes y el “si” de ella también. El roce hizo el cariño y comenzaron a gustarse, a encontrarse muy bien juntos, a salir de noche y a besarse sin reparos. Y a día de la fecha se avecinaba para ellos dos un fin de semana tórrido, capaz de retar la ola de frío que amenazaba desde las alturas. ― ¡Menudo Don Juan estás hecho! ¡Aprovecha chaval! Además eres listo que la has buscado joven y delgada. A vieja y gorda ya vendrá ella sola. Todos menos Fran rieron la burda gracia de Fernando, el capataz, quien tenía los ojos secos por no pestañear durante todo el relato y los pies mojados con la baba que le caía con sólo imaginarse en la piel del peón de albañil. Fran, ya curado de espantos y de relaciones idílicas, permaneció serio ante aquel comentario grosero que, sin embargo, por esas conexiones extrañas que a veces hacen los cables de la mente, trajo de vuelta a su memoria aquel refrán que su padre le había reseñado momentos antes de dirigirse a la iglesia para contraer matrimonio con Rosa: “después del casamiento, las mujeres no encuentran lo que esperan y los hombres no esperan lo que encuentran” ¡Y qué razón tenía! Unos pocos años habían bastado para que su matrimonio hiciera aguas por los cuatro costados. Pero, aún en esa certeza, su hastío no impedía que en esos momentos, al igual que Fernando y los demás, sintiese un gusanito de envidia punzándole el estómago mientras escuchaba a Juan hablar de “su Tere” con pasión desmedida. De buena gana daría al menos un año de su vida por pasar con Rosa un fin de semana como el que le esperaba a Juan con Teresa. ― Voy en serio con ella, tíos. Es la mujer más maravillosa del mundo. Al peón de albañil le brillaban los ojos como si fueran cuentas de cristal y sudaba alegría por cada poro. ― De novias son todas maravillosas porque a buen hambre no hay pan duro. El problema viene luego. ― resolvió alguien de los presentes, a quien Juan hizo caso omiso para continuar relatando las peripecias del noviazgo y las virtudes de Teresa, que no tenían fin. Una hora y cuatro cañas más tarde, Fran estaba más que harto de escuchar hablar sobre una mujer a la que sólo había visto de refilón y que, además, le parecía que no era para tanto. La chica tenía salero y parecía despierta como un antílope pero, por lo demás, era un saco de huesos con nariz de loro. Minutos después ― ignorando que tardaría muchos días en regresar a su puesto de trabajo, y que cuando regresara ya nada sería lo mismo ― Fran apuró su jarra de cerveza y se despidió de todos hasta el lunes, deseándole a Juan suerte en aquel lance donde se jugaba el todo por el todo y envidiando su posición de soltero con planes para el fin de semana: él no tenía ninguno, salvo ir al centro comercial para hacer la compra. En la calle, los nubarrones habían cumplido su amenaza: llovía a cántaros. Nada más salir del bar metió de lleno los pies en aquel arroyo que era en ese momento la empinada calle Fuertes Acevedo y dio un salto instintivo hacia atrás para ponerse a salvo. Era tarde, no podía esperar a que amainara, tendría que enfrentarse al temporal sin paraguas. Abrocharía bien el anorak, subiría la capucha y echaría una carrera hasta el coche. Lo había aparcado al lado de la plaza de toros de Buenavista, a escasos doscientos metros cuesta abajo pero suficientes para empaparse de pies a cabeza. Con esa premisa emprendió carrera sin pensarlo más y sin encontrar obstáculos en la acera desierta. Llegó al coche con la lengua de fuera, regueros de agua resbalándole por la cara y los pies chapoteando en el interior de sus viejas y agujereadas botas. Aún así, la Plaza de Toros de Buenavista le robó una mirada antes de guarecerse dentro del coche. El hermoso edificio poligonal de estilo mudéjar, plantado allí desde finales del siglo XIX, con sus arcos huecos y sus pilastras de ladrillo, parecía tan inmune a los caprichos meteorológicos como seguro de que, a toda costa, debía cumplir con su única función en aquella ciudad: adornarla un poco más, si cabe. Con los chorros de agua corriendo espalda abajo Fran no tardó en considerar un disparate detenerse en ese preciso instante a contemplar monumentos. Ya habría tiempo. El lunes seguiría ahí, en el mismo sitio. En ese momento debía darse prisa, de lo contrario llegaría a casa mas tarde de lo habitual, su hija le estaría esperando y su mujer, a punto se llegar, se pondría como una fiera si no le encontraba en casa. Espoleó el viejo Ford Fiesta y condujo por la calle Fuertes Acevedo entre un tráfico intenso, de comienzo de fin de semana, que se escurría como una serpiente con un silbido ensordecedor. Pitidos, frenazos, sirenas que advertían su presencia por toda la calle. Llovía a cántaros y el limpia parabrisas no daba más de sí. Delante de la Estación Uría se topó con una pequeña colisión y un gran atasco. Resopló. Eso retrasaría su llegada un cuarto de hora más. Volvió a resoplar, de alivio, cuando al fin pudo enfilar la autopista. En cinco minutos estaría en casa. La lluvia era inclemente y el limpia estaba a punto de rendirse pero aguantaría porque el viejo coche era sufrido. Ya en casa, lo primero fue meter en la lavadora la ropa que traía de la obra. Si no lo hacía así, los gritos de su mujer provocarían un cortocircuito. Después hizo lo que siempre solía hacer. ― ¿Nerea? No hubo respuesta. Tendría que repetir la pregunta un poco más alto, quizá estuviera entretenida hablando por el móvil o escuchando música. ― ¡Nerea! Seguía sin haber respuesta. Lo intentó una vez más, casi gritando. Nada. Resultaba extraño encontrar la casa tan silenciosa y oscura: Nerea solía hacer notar su presencia dejando luces encendidas allá por donde pasaba. Le asustó el silencio que se extendía sobre la casa como una manta. La angustia gravitaba entorno suyo, incomodándole. ¿Por qué se sentía tan intranquilo? ¿De qué debería preocuparse? Echó un vistazo a su muñeca izquierda: el reloj marcaba las nueve y media de la noche. Meneó la cabeza. ironizó. Volvió a mirar hacia la habitación de su hija buscando el haz de luz que debería asomar por debajo de la puerta, pero no vio nada. Se acercó, abrió la puerta despacio y encendió la luz esperando encontrarla dormida o escuchando música a oscuras; pero no había ni rastro de ella, ni de sus libros, ni de su mochila. Además, la habitación permanecía limpia y ordenada, tal y como solía dejarla Rosa después de hacer la limpieza de la mañana; indicio más que suficiente para tener la certeza de que Nerea no había estado allí en todo el día. De lo contrario, la tanda de peluches que había ido acumulando a lo largo de su infancia y que Rosa colocaba encima de la cama a modo de adornos, irían a parar al suelo nada más Nerea tomara posesión de la habitación para descansar un rato encima de la cama. Los libros no llevarían mejor camino y aparecerían desparramados a lo largo y ancho del pupitre, y la mochila descansaría en el suelo, tirada de cualquier manera. Deducía los actos de su hija a juzgar por el desorden que reinaba en la habitación cuando él llegaba a casa cada noche pero, en realidad, nunca los había presenciado. Aunque le constaba que era absurdo y que allí no había nadie sintió la necesidad de hacer un recorrido de comprobación por toda la casa, encendiendo luces y abriendo puertas ― Rosa tenía la costumbre de clausurar las estancias antes de marchar al trabajo ―. Echaría un rápido vistazo a cada habitación, buscando no sabía qué. En la inspección invirtió menos de un minuto y halló puertas cerradas, oscuridad, silencio, frío y el olor rancio como fragancia característica de la casa. De todo ello extrajo la conclusión de que, seguramente, a la niña se le había ido el santo al cielo y aún estaría con Alba, dándole sin parar a la sin hueso. Lo peor de todo era que Rosa llegaría de un momento a otro y se armaría la marimorena. No sabía qué hacer. Era viernes noche y le gustaría tener un fin de semana relativamente tranquilo, dentro de las posibilidades. Ni el menor deseo de pasarlo escuchando a su mujer: “es que, claro, tú eres demasiado pasivo. Tu función en la casa es poner un poco de autoridad a la niña, y no la cumples. ¡No puede andar por ahí haciendo lo que le dé la real gana!”. Y seguro que esa frase ― y otras mucho peores ― se repetirían como un disco rayado durante lo que restaba de viernes, sábado completo y las sobras para el domingo, agotando su ya escasa paciencia y obligándole a contraatacar con argumentos que en circunstancias normales nunca utilizaría como escudo y de los que se arrepentiría más pronto que tarde. No necesitó meditarlo mucho antes de tomar la decisión de telefonear a Nerea para ordenarle que regresara a casa inmediatamente, que debía estar de vuelta antes de que llegara su madre; o sea, antes de media hora. Buscó el número en su móvil y fue pulsando las teclas mientras sopesaba lo que iba a decirle. No deseaba quedar como un calzonazos ante su hija, por tanto no iba a evidenciar que temía las represalias de Rosa. Ni él mismo quería reconocer la realidad, mucho menos patentizársela a Nerea. Apretó la última de las nueve cifras. Casi inmediatamente una voz femenina, con dicción modulada, le informó de que el teléfono estaba apagado o fuera de cobertura en esos momentos. ― ¡Maldita sea! ¡Esta niña me va a oír! ― repitió dos veces en voz alta, apretando los puños, nervioso y comprobando si giraba el pomo de la puerta de entrada. Quizá Rosa tuviera razón, seguramente a la niña no se le había impuesto el respeto debido. Definitivamente, en aquella casa faltaba autoridad. ― ¡Y se va a imponer esta misma noche! ¡Tan pronto aparezca por la puerta! Sólo tiene trece años y no se puede consentir que ande por ahí a deshora. El enfado y el ofuscamiento inutilizan la mente. Cuando ambos parásitos mentales bajaron la guardia, Fran pudo recapacitar y se le ocurrió la sencilla idea de telefonear a Alba. Seguro que Nerea estaba con ella, en su casa. Llamaría desde el fijo, salía más barato. Sin embargo, así como inhabilitan el cerebro también estimulan el cuerpo: el enojo había transformado en briosos los siempre pausados movimientos de Fran y en pocos, y ágiles, pasos llegó al recibidor, donde el teléfono fijo descansaba encima de un pequeño mueble zapatero. . Cabe decir que Fran era perro ladrador, pero muy poco mordedor. En realidad, sólo quería evitarle las riñas y algún cachete que con certeza su madre le propinaría si no la encontraba en casa cuando regresara de trabajar en el supermercado. Buscó el número de Alba en la agenda del móvil y lo fue marcando poco a poco mientras se preparaba mentalmente para la regañina. Tan pronto Alba contestara, sin darle las buenas noches ni nada, le exigiría que se pusiera Nerea al teléfono. Y, nada más tener a su hija al habla, le diría: “¡O estás en a casa en menos de cinco minutos, o quedas castigada para los restos!”. Iría directo al grano y no se interesaría por los motivos de su ausencia. Había que ser directo y tajante. Después colgaría. El resto de la bronca vendría después, cuando llegara a casa. ― ¿Si? ¿Quién eres? Escuchó la voz de Alba entre un murmullo de sonidos que no supo identificar; bien podría ser gente hablando a voz en grito, o también pudiera darse el caso de que tuvieran la televisión a todo volumen. se preguntó mientras soltaba un bufido y volvía a apretar los puños. ― Soy Fran, el padre de Nerea. ― ¡Hola, Fran! ― ¡Dile a Nerea que se ponga al teléfono, que la estoy llamando y lo tiene apagado! El mueble zapatero que sostenía el teléfono estaba coronado por un pequeño espejo redondo, “de diseño” según Rosa, y Fran se miraba en él para tratar de adaptar sus muecas a la condición de padre enojado. pensó, arqueando las cejas y dibujando una leve sonrisa. No había respuesta al otro lado de la línea, seguramente Alba ya le habría pasado el recado a Nerea y, ésta, temiendo la reprimenda, estaría sopesando si ponerse al aparato o salir corriendo para casa sin detenerse a contestar, como si el castigo funcionara como una regla de tres directa: menos minutos fuera de casa, menor castigo. ― Fran, yo no la vi hoy. No estuvo aquí. Había tenido la deferencia de apagar la tele para que se la escuchara mejor. ― ¡¿Cómo?! ¿No fue a tu casa para ayudarte con los deberes, como todos los días? En menos de un segundo se le había quebrado la voz, la sien se había retirado hacia atrás desfrunciendo la frente y los ojos se agrandaron hasta límites máximos. El espejo le devolvió una imagen muy distinta a la anterior: la de un padre preocupado. ― Creí que lo sabías… Alba también tenía un espejo enfrente y se miraba en él sin saber qué decir ni cómo actuar. No tragaba con aquella historia de visitas a abuelas. Más bien parecía que Caperucita se estaba divirtiendo con el lobo feroz. Pero… ¿con quién? Ambas eran uña y carne, pasaban los días juntas… ¡y no le había contado nada! Estaba que rabiaba. Era evidente que algo se había cocido sin ella saberlo. Y además, Nerea le había mentido. Aquello de que tenía que ir con su abuela al médico ya no había colado el día anterior cuando se lo puso como excusa para no pasar ese día por casa. Seguramente tendría otro plan que no había querido contar a nadie; y debía ser un buen plan para que se le fuera el santo al cielo de esa manera, olvidándose de llegar a casa antes que sus padres. Se le iba a caer el pelo, eso seguro, pero no sería ella quien la delatara. No pensaba contar absolutamente nada. Claro que tampoco había nada que contar, salvo lo de Román; pero él estaba en Madrid, a quinientos kilómetros, y no podía tener nada que ver con la juerga que Nerea estaba corriendo esa tarde en Oviedo. ― ¿Estás segura? ¿No es posible que te hayas olvidado? ― Fran se dio cuenta enseguida de que la estaba interpelando con tonterías y trató de corregirse ― Quiero decir, que a lo mejor te has quedado dormida y lo has olvidado… ― Me dijo que hoy no podía venir porque tenía que acompañar a su abuela Aurora al ginecólogo. Fran se tranquilizó casi de repente. El espejo reflejó la imagen de un hombre sonriente que meneaba la cabeza de un lado al otro. zanjó, relajando la expresión. ― No sabíamos nada, pero sí, seguro que se trata de eso, que Aurora la ha llamado para que la acompañe al médico y se le ha olvidado mencionarlo en casa. No pasa nada, cualquiera puede tener olvidos. Gracias Alba. Voy a llamar a mi suegra, seguro que aún está con ella. ― Chao, Fran. Y dile que no se olvide de que hemos quedado para mañana a las once. ― Descuida, yo se lo recuerdo. Y perdón por las molestias. — No hay de qué. Aurora vivía al final de la Argañosa, casi en la otra punta de Oviedo. Tendría que telefonearla para comprobar que la niña estaba con ella lo primero, y para hablar con Nerea y decirle que le esperase allí lo segundo. No le hacía ninguna gracia volver a salir al ruedo del tráfico con la noche que estaba, pero tampoco era plan de que la niña anduviera por ahí, mojándose para subirse a un autobús. — ¿Aurora? — ¿Quién es? — Soy Fran, tu yerno. — ¿Fran? ¿Eres tú? La voz de su suegra llegaba envuelta en otros ruidos, música y voces que provenían de la televisión o de la radio. Su sordera aumentaba de día en día, a la par que su reticencia a usar aparatos de audición: era demasiado coqueta como para echarse encima uno de los signos más visibles del envejecimiento. — Sí, soy yo. ¡Dile a Nerea que se ponga! — ¿Cómo dices? No comprendo, deben estar las líneas averiadas a causa de la tormenta. Aurora siempre encontraba la excusa apropiada para esconder su sordera. Fran sonrió. — ¡Que le di-gas a Ne-rea que se pon-ga! — gritó, espaciando las sílabas. — Nerea no está aquí, Fran. ¿Quién te ha dicho que está conmigo? Hace más de un mes que no la veo, desde la última vez que vinisteis los tres. Fran seguía en el recibidor, frente al espejo, comprobando cómo su imagen cambiaba de expresión a cada segundo que pasaba. El enfado abría sus ojos, le estiraba las sienes, apretaba sus labios y le sacaba las venas del cuello a flor de piel. Al rato llegaba la preocupación y el ceño se fruncía, las pobladas cejas se unían encima de la nariz y se mordía los labios. También acudió el miedo para apartarle el color de la cara y dejarla más blanca que el papel. — ¿Fran? ¿Fran? — Si, Aurora, estoy aquí, no te preocupes, seguramente estará con su amiga Alba. Voy a telefonearlas. — mintió, para salvaguardar la preocupación de Aurora. Y colgó sin contemplaciones. En ese momento era imprescindible racionalizar la situación antes de tomar decisión alguna. Por otra parte, no sabía que decisión tomar. Ya había hablado con las dos únicas personas con quien podría estar su hija y ni rastro. Unos minutos después concluyó que, pensándolo bien, no existía motivo alguno para alarmarse: no eran ni las diez de la noche y, si bien era la primera vez que Nerea faltaba de casa a esas horas, también era cierto que estaba atravesando la adolescencia, un difícil trayecto en el que quien más quien menos ha cometido alguna locura. El causante de la tardanza bien pudiera ser algún novio que hasta la fecha había permanecido en secreto y, de ser así, todo quedaría en una simple travesura. Pero lo extraño era que ese secreto no lo compartiera con su mejor amiga. O quizá sí lo compartió y Alba había mentido para no delatarla. dedujo. No sabía a quien más llamar. Nerea no se prodigaba demasiado en las relaciones sociales y no tenía amistades, sólo Alba y con ella ya había hablado. Volvió a mirar el reloj. Para telefonear al Instituto era demasiado tarde, a esas horas de la noche ya no quedaría nadie allí. ¿Habría asistido a las clases? Seguro que sí, ella no perdería una clase por nada del mundo. O quizá si. Otra sacudida en el estómago le alertó primero para después impulsarle a dudar sobre si realmente conocía las prioridades, sentimientos y gustos de su hija. Hasta ese momento pondría la mano en el fuego a que Nerea no saltaría una clase ni por todo el oro del mundo, pero quizá ese convencimiento carecía de base, o tal vez esa fe en ella había tenido fundamento hasta hacía muy poco tiempo pero ya no lo tenía en la actualidad porque los hijos cambian con la adolescencia. Y, simplemente, él no se había percatado de esos cambios porque el tiempo que compartía con ella resultaba insuficiente a todos los efectos y, además, coincidía con los momentos de máximo apuro: un cuarto de hora durante el desayuno cuando lo que priorizaba era terminar cuanto antes para marchar al trabajo; y otra media hora durante la cena cuando, agotados tras la dura jornada, anteponían el descanso a la conversación. A las diez menos cuarto suena el cerrojo de la puerta. Fran se levantó del sofá de un brinco, cruzó el reducido salón en dos pasos y se asomó al recibidor con la esperanza de ver a Nerea aparecer por la puerta. Pero la que llegaba era Rosa, envuelta en frío y lluvia, y en una enorme bufanda de un horrible color marrón, similar al de la mierda, que ella misma había tejido el pasado invierno a costa de robar minutos a su escaso tiempo de descanso. Traía cara de pocos amigos, como de costumbre. En una mano sostenía la bolsa de plástico que contenía las pizzas de los viernes, en la otra un paraguas chorreando. Entró con brío, quizá para aplacar algún enfado provocado por enfrentamientos con otra cajera, o con el encargado, o a saber con quien; entró dispuesta a hacer suya la casa a costa de romper la armonía que solía reinar en su ausencia, pero se quedó paralizada nada más enfrentarse a la cara atormentada de su marido. Sería mejor adelantarse al interrogatorio, sin darle ocasión a que ella comenzara a preguntar sobre el motivo de tal recibimiento, ponderó Fran — Nerea no está en casa. — ¡¿Cómo que no está en casa?! ¡Estará con Alba! Ya sabes que le ayuda con los estudios. Rosa acentuó su respuesta con un gesto que denotaba indiferencia y hastío: siempre la recibían con problemas que no eran tales. Airosa, esquivó a Fran, se metió en la cocina a toda prisa, arrojó la bolsa encima de la mesa, arrancó la bufanda de cuajo y la tiró encima de la bolsa. Fran no paraba con las manos, por turnos palpaba las consolidadas callosidades de una y otra. — Hablé con Alba y me dijo que no la ha visto en todo el día y que Nerea le contó que tenía que ir con su abuela al ginecólogo a las cinco de la tarde. Llamé a tu madre y no hay tal consulta. En un santiamén, el abrigo de Rosa fue a parar también encima de la mesa. — ¡Esta niña es idiota! ¡A saber en qué andará metida! Seguro que se trata de algún noviete, algún tontolaba como ella, de otra manera no se explica. ¡Cuando aparezca por esa puerta se va a enterar! Señaló la puerta de entrada con el dedo índice más tieso que un misil y después cerró el puño para dar a entender lo que le esperaba a su hija cuando entrara por allí. — Voy a poner las pizzas en el horno y, cuando estén listas, comemos. Ella se queda sin cena esta noche. ¡Y eso va a ser un mal menor comparado con lo otro que le espera! ¡No vuelve a pisar la calle en dos meses! ¡Ni cine, ni paseo, ni tarea con Alba, ni leches! El envoltorio desapareció rápidamente entre sus manos para ir a parar al cubo de la basura como por arte de magia. Arremangó la chaqueta hasta el codo, metió las pizzas en el horno, soltó un bufido, meneó la cabeza y, con gesto airado, marchó a cumplir con el ritual de cada noche: recoger el pelo con una pinza y envolverse en la bata. Entretanto, Fran masticaba incertidumbre. Aunque lo que en realidad sentía iba un paso más allá de la simple preocupación: era miedo. En su interior algo le decía que la adolescencia por si sola no habría conseguido alterar los sólidos principios de Nerea, una niña buena y sincera que, en condiciones normales, jamás tramaría semejante embuste. Y lo peor de todo, lo que más le aterrorizaba, era que no sólo les había mentido a ellos, sino que también a su mejor y única amiga.

Elisa Cotarelo, es natural de Vegadeo (Asturias) aunque desde hace algunos años reside en Vigo (Pontevedra).
Durante 23 años ha trabajado para el Estado español como Inspectora de Policía y actualmente se encuentro jubilada.
Entre sus hobbies, ocupando el primer lugar está la escritura. En segundo, la lectura. Es fan de autores españoles como Carlos Ruiz Zafón y María Dueñas. También de Gabriel García Márquez. Lee casi cualquier género literario, pero tiene preferencia por la novela histórica y por la novela negra.

Más información en el BLOG DE LA NOVELA: http://elpeligrodellamarsenerea.blogspot.com.es/

 

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