Donde Almanzor perdió el tambor

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Por VÍCTOR F. CORREAS. Existen en la Península enclaves llenos de historias y leyendas. Y el que refiero ahora merece un recuerdo. Por muchos motivos.

Una simple lectura, un atardecer o un momento de calidez son suficientes para despertar sensaciones, evocar momentos pasados. Uno de esos lugares es Calatañazor, un promontorio que se yergue sobre la eterna llanura soriana surcada de montes y valles que se suceden más allá de los confines de la mirada.

Un pueblo de leyenda y con leyenda. Ahora y siempre, separadas por siglos que pasean lentos, ausentes, por delante de sus puertas de cuarterón con herrajes. Las empinadas calles, de pura piedra, resguardan la historia en cada rincón del pueblo. Tanto que, de no andar el caminante listo, puede escaparse, humeante, por las muchas chimeneas cónicas cubiertas a teja partida que coronan los tejados de sus casas.

De leyenda, digo. En las noches estrelladas, que son multitud, resuenan los pasos del que camina por dichas calles en pos del castillo que esconde la leyenda. Orson Welles lo hizo, hace más de cincuenta años, y tan prendado quedó del lugar que no dudó en rodar aquí algunas escenas de ‘Campanadas a media noche’, una de sus últimas películas. Shakespeare respira y Welles, lo plasma. Quizá el caminante escuche, en la soledad de la noche, las voces de Ricardo II; o las de las alegres comadres de Windsor; o los toques de un tambor, agudos, palpitantes, llamando a la batalla. Al menos eso afirma también la leyenda.

La leyenda, entonces. Y el tambor. Uno, dos, tres golpes. ¿Era un tambor o la alegría lo que perdió el afamado y ardoroso guerrero por estas tierras? El amanecer baña con su tierna luz las piedras del camino que asciende hasta el viejo y derruido castillo. Es el final. Antes, a un lado, y previo a acometer las últimas cuestas, quedan los soportales de la pequeña plaza del lugar. Delante de ellos, la picota, símbolo de una justicia tan justa como injusta, según como se vea y quien la dictaminase. Arriba, el castillo. Y la leyenda.

Porque da para mucho. Incluso se ha erigido un monumento a su protagonista en una coqueta plaza cercana. Al del tambor. ¿Quién no ha escuchado aquello de que ‘en Calatañazor perdió Almanzor su tambor’? ¿O acaso era el ‘atabor’? La llamada a sus tropas o la alegría. En uno y otro caso, ¿quién lo sabe? Mejor dejar que la leyenda lo cuente. Ya que Abu Amir Muhammad ibn Abi Amir, Al-Mansur, el ‘victorioso por Alá, para los musulmanes, y Almanzor para los cristianos, no puede hacerlo.

La historia se funde con la leyenda para contar que en este valle amplio que se abre al pie del castillo de Calatañazor, unos y otros libraron una gran batalla en el año 1002. Por dicho valle corre un río en el que el sol, al ocultarse, refleja sus últimas luces y tornas sus claras aguas en pura sangre. De ahí el citado nombre del Valle de la Sangre. La leyenda, sin embargo, dirá que tras la dura batalla sus tierras quedaron bañadas por los ríos de vida de los que allí dejaron su existencia. Almazor regresaba victorioso de su última razzia por los dominios riojanos, donde llegó a saquear el Monasterio de San Millán de la Cogolla. Era el momento de regresar a Córdoba. Los reyes castellanos lo sabían y salieron a su encuentro. Almanzor salió con vida de la batalla, pero la poca que le quedaba se le escapaba por momentos. Tras un penoso viaje de dos semanas en litera, y por fin en tierra fronteriza, expiró la noche del 10 al 11 de agosto de 1002. Según Lucas de Tuy, el día de su derrota “una especie de pescador gritaba con una voz lamentable a orillas del Guadalquivir, ora en caldeo, ora en Español: “En Calatañazor/perdió Almanzor/el atabor”. En Calatañazor, el Victorioso por Alá perdió su timbal, es decir, su alegría. Otra vez la leyenda: su cuerpo fue enterrado en las proximidades de Medinaceli. Quién pudiera desmentirlo… Y también encontrarlo.

El Valle de la Sangre es la última vista que contempla el caminante antes de abandonar el castillo. El sol apaga sus rayos en el horizonte y baña con su postrera luz las tierras circundantes. Un velo rojo lo cubre todo, y su brillo lo obliga a llevarse las manos por encima de los ojos para protegerlos. Es hora de volver. ¿A dónde? El caminante sabrá. Puede dejarse llevar por la realidad o por la leyenda, pero vaya donde vaya portará consigo el sonido de la quietud, los golpes de sus botas contra las empedradas cuestas; incluso, puede que también los tenues quejidos de un herrumbroso tambor.

 

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