‘Los hijos de Kennedy’ en el vaivén de la desesperanza

Categoría: Crónicas ligeras,Escena | y tagged con | |

Por Horacio Otheguy Riveira

Tres mujeres y dos hombres hablan de sus decepciones, sueños y fantasías en un bar fantasma con ventanas opacas, sin bebidas ni camarero y bajo un gran cartel de Coca-cola con las luces apagadas.

Personajes deseosos de ser escuchados por el público en la sala. Teatro en el teatro para profundizar en la soledad de seres incapaces de comunicarse, de escuchar a los demás, de convivir: cuatro solitarios desesperados y un quinto colgado de un mundo idealizado. Hablan con creciente dramatismo y efectivos toques de cínico humor, felices de dirigirse a los espectadores como balón de oxígeno y regocijarse como si pudieran obtener su perdón, su abrazo redentor.

 

Voces fantasmales en el comienzo del fin

Un drama puesto en escena como si transcurriera en una cárcel con el público de visitante excepcional. Una prisión donde se arrastra la amargura de los vencidos en el comienzo del fin del poderoso capitalismo americano. Cuerpos y voces de excelentes intérpretes dirigidos como si se tratase de un coro musical por José María Pou, armonizando en extraña atmósfera sus medidos movimientos corporales con las voces: palabras que quisieran tener alas para romper el estigma del fracaso.

Testimonios sociales y vidas personales un día cualquiera de 1975 en una rememoración del final de la gran esperanza blanca con la muerte de Kennedy en 1963.

Sparger es un actor (el personaje que más interactúa con el público) que recorre los entresijos del boom del teatro alternativo, el llamado Off-off Broadway en un carnaval de miserias y derrotas (Fernando Cayo en una admirable composición que cierra con brillante número musical); Rona es la rebelde desclasada que vuela con drogas, amor libre y fervor humanista bajo la brutal represión de la policía contra las protestas anti-Vietnam y de cualquier otra clase (espléndida Ariadna Gil con una coreografía de brazos y manos que lucha por atrapar los acontecimientos que desgarraron su vida).

Mark, soldado en Vietnam desde la locura de la guerra, el delirio de las drogas y el regreso del derrotado (Alex García en emotiva reconstrucción de emociones muy intensas). Carla, una de las hijas de Marilyn Monroe hasta que descubre que nada puede hacer contra el apabullante mercado de “cinco millones quinientos mil” hombres y mujeres que intentan beneficiarse de su muerte (Maribel Verdú en un difícil equilibrio tragicómico, vestida y semidesnuda en un patético recorrido por la humillación de no ser jamás ella misma).

'Los hijos de Kennedy'.

Y Wanda, la más convencional del grupo, señorita entrada en años, seguramente virgen, que asume la idealización absoluta de Kennedy, que nos cuenta con detalle su experiencia ante la noticia del asesinato del presidente que en sólo 1000 días de gobierno “estuvo a punto de haber terminado con la guerra y resuelto los conflictos raciales… El hombre al que todos querían… menos uno”. Minuciosa y compleja creación de Emma Suárez tras la apariencia sencilla de una mujer con las piernas apretadas todo el tiempo, incapaz de moverse de la silla, perfectamente adaptada, tarareando la dulce melodía de Camelot, el musical de mayor éxito en Broadway en 1960… Pero Wanda habla de la película de 1967, al principio maravillada, pero tan sonrojada por las secuencias de sexo que abandona la sala sin enterarse del final, es decir, sin enterarse de que tras las bellas canciones y el ardiente triángulo entre Richard Harris, Vanesa Redgrave y Franco Nero surgirá una tragedia de muerte y soledades como las que se suceden alrededor suyo, en este bar donde Los hijos de Kennedy hacen de sus confesiones un círculo angustioso detenido en el tiempo.

Con una excepción: uno de ellos tendrá una última confesión entre sonrisas dislocadas que le brotan en la cara como muescas de algo parecido a la esperanza: al salir de casa se tomó 26 pastillas que empujará al fondo de su estómago con un par de copas.

Emma Suárez y la señorita Wanda

Entre los cinco estupendos actores destaca especialmente quien menos juego teatral tiene: la inmovilidad de la señorita Wanda interpretada magistralmente por Emma Suárez. Allí sentada todo el tiempo, la única que nunca abandona su silla, su rincón, rodilla con rodilla, preocupada por que la falda se le suba demasiado y muestre algo más de lo permitido por las buenas costumbres, protegiéndose de las corrientes de aire con un jersey sobre los hombros, arquetipo de virginal clase media que no ve las represiones callejeras ni se entera de los graves procesos, pues sólo lee las revistas con más pies de fotos que texto, pero que sin embargo se aferra a aquellos días en que Mr President podía cambiar el mundo. Sutil humor y rica sensibilidad de una gran actriz que nos ha deparado muy variados personajes a lo largo de su carrera, pero ninguno como este: una mujer reprimida y ensoñada, capaz de vivir rodeada de basura y permanecer impecable, impoluta, igualmente virgen de placeres y tormentos.

Emma Suárez en 'Los hijos de Kennedy'.

Sucesión de crímenes para el fin de la esperanza blanca

La década de los 60 está omnipresente de diversas maneras en los cinco personajes. Casi todos padecen la consecuencia de aquellos crímenes atroces que se sucedieron después del sospechoso suicidio de Marilyn (aún hoy producto de enormes beneficios económicos): el asesinato de John Fitzgerald Kennedy y de Martin Luther King, cuya muerte sí fue el comienzo de los derechos civiles de la raza negra. Pero Los hijos de Kennedy no va por ahí: es una representación de blancos que perdieron sus ilusiones, como fiel reflejo de la decadencia de una sociedad de la que surgió un hombre que disparó sobre el primer presidente católico de Estados Unidos con un proyecto político muy audaz, y que cuando iba a ser interrogado fue “ejecutado” por otro.

Con estos antecedentes, el paraíso infernal del Business confió a Hollywood la creación de una poderosa industria de violencia muy variada, casi siempre espectacular y gratuita, a veces poética, otras testimonial y crítica: el show pertinaz de resolver los problemas a tiros. Un eco que aquí se expresa con una muy interesante producción con proyecciones de noticiarios de la época: actores y políticos que fueron célebres y sobre quienes ya no queda más que el polvo de los cementerios y una gran riqueza de creaciones musicales de todo tipo como ambientación dolorosamente emotiva.

Los hijos de Kennedy

Autor: Robert Patrick.

Traducción, versión y dirección: José María Pou.

Escenografía y vestuario: Ana Garay.

Iluminación: Juanjo Llorens.

Diseño vídeo: Álvaro Luna.

Espacio sonoro: Isabel Moreno.

Fotografías: Sergio Parra.

Lugar: Teatro Cofidis (Alcázar).

Fechas: Desde el 11 de octubre de 2013.

Related Posts with Thumbnails

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *