Pieter Bruegel y la muerte

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Por Nuria Bartrina

Pocos son los documentos históricos sobre la existencia de este artista flamenco, no sobrepasan la media docena, pero se da la fecha de su natalicio allá por el año 1525 más o menos en la ciudad de Bruselas, y falleció en 1569, dándole sepultura en la iglesia de Nôtre-Dame-de-la-Chapelle, en el barrio de Marolles, en Bruselas.

Para los estudiosos, la obra de Bruegel es muy importante, por su contenido y calidad artística. Sus obras son algo más que escenas bíblicas o de la moral, como los siete pecados capitales o las siete virtudes, con su trabajo nos da fe de su época como si fuera un cronista. En este caso, nos centraremos en “El triunfo de la muerte”, pintura sobre tabla al óleo de 117 cm de alto x 162 cm de ancho, pintado hacia el año 1562, hoy se encuentra en el Museo del Prado de Madrid.

 “El triunfo de la muerte”

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La pintura entera representa un paisaje de muerte, vemos el cielo oscurecido por el humo de las ciudades ardiendo, al fondo un mar plagado de naufragios El paisaje, anodino y arrasado, nos habla de la pequeñez, crueldad y falta de sentido común del hombre, que pretende cambiar un destino impuesto. Esta no es la representación del Juicio Final, no hay un juez divino, no hay ni cielo ni infierno, soló la inevitable victoria de la muerte, no hay salida.

Un paisaje de patíbulos y fuegos, donde nada crece, nada vive, hasta la tierra está desnuda. El mundo está representado en su último aliento, el de un holocausto total, en el cual los muertos se han levantado de sus tumbas para exterminar toda vida y toda sangre de esta tierra, como un castigo por haber nacido. Y el castigo es lo que es…el triunfo de la muerte. Porque estar vivo es un crimen. Entonces los criminales son reunidos, llevados a la horca y a los patíbulos.

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A la orilla hay una casa, alrededor de la cual se agrupa un ejército de muertos. La pintura entera resuena con los huesos de los esqueletos en marcha, en todas partes el mensaje es que el momento de morir es implacable, sin piedad.

 

 

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Una escaramuza mortal cerca del centro de la pintura resulta estar en la entrada de un gran baúl negro, su tapa levantada, y dentro los vivos y los agonizantes están siendo presionados como animales dentro de un matadero. Encima del féretro un esqueleto tocando los timbales dando ritmo a la masacre, lo más siniestro para el escenario es que es el único lugar del cuadro donde hay un prado verde con flores blancas.

La música de la muerte está en todas partes, el cochero conduciendo la carreta de calaveras toca un organillo, el jinete lo acompaña con otra campana, y a los sonidos de la música la imaginación agrega los gritos de los que están muriendo.

 

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A la izquierda se conduce una tétrica carreta con calaveras, que sin duda formarán después el ejército de los muertos. Detrás un tribunal de la muerte presidido por el símbolo de la cruz contempla impasible la hecatombe. Sobre ellos, unos esqueletos tocan una campana avisando del fin del mundo. Al frente, en el extremo inferior izquierdo, yace el rey, vestido de su capa con vueltas de armiño y con el cetro en la mano. Campesinos, soldados y hasta nobles e incluso reyes, todos atrapados por la muerte.

Un poco más hacia el centro del primer plano, un perro olisquea la cara de un niño, muerto en brazos de su madre, también caída. Frente a ellos, un cardenal moribundo sostenido por un esqueleto que burlonamente lleva otro sombrero de cardenal.

Algunos cadáveres han sido ya amortajados y uno de ellos yace en un ataúd con ruedas.

 

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Y la figura postrada de un peregrino, sus posesiones diseminadas a su alrededor.

Una mano esquelética empuña un cuchillo. Hasta el buen peregrino debe morir.

Pero, ¿por qué un hombre atemorizado de Dios debe morir? y de manera tan cruel.

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El juglar se esconde bajo la mesa; un caballero intenta defenderse, aferrado a su espada para atestar el golpe a los ejércitos de la muerte, frente a ellos un esqueleto que lleva una túnica corta con una máscara humana derrama el contenido de la bebida sobre el suelo, donde se encuentran las fichas y cartas de los juegos de azar.

 

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Una mesa abandonada por sus comensales es la burla de las calaveras, que sirven platos con huesos en una bandeja. Detrás de ellos, el ejército de calaveras lleva como escudos féretros con cruces cristianas

 

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En el centro del cuadro está lo que parece una caldera gigantesca vomitando fuego y enfrente de ella un jinete armado con una guadaña cabalga a través de los muertos y los agonizantes.

En el primer plano a la izquierda, un rey con su corona, mira espantado cómo sobre él, un esqueleto muestra un reloj de arena, su tiempo está terminando. Otro esqueleto con armadura está saqueando los barriles de oro del rey.

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Y en primer plano de la pintura a mano derecha, una pareja de amantes parecen abstraídos a la pesadilla que les rodea, continúan jugando y cantando. Pero también lo hace la figura esquelética que está detrás de ellos, una melodía diferente que pronto ahogará la suya.

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¿Por qué Brueghel lo pintó así?, ¿por qué este siniestro y despiadado relato del destino terrenal del hombre, contado sin esperanza de salvación, sin futuro  para la humanidad sobre la tierra?

Se ha sugerido que el cuadro, como una premonición, fue inspirado por el empeoramiento del clima político antes de la Guerra de los Ochenta Años. Inspirada o no por el ambiente, la obra es una clara alegoría de los horrores de la guerra, como sugería Dulle Griet, también premonitoria. Es inevitable también pensar en la peste negra que azotó a Europa en el siglo XIV. Algunos ven la crisis de los feudos, ya que en el cuadro se observa a la muerte que amenaza a un hombre con corona, que podría ser un rey o representante del poder. Cercano a dicho hombre de corona la muerte merodea un barril lleno de algo de color dorado u oro.

La tabla recuerda al Bosco, por lo satírico y moralizante, además de la amplitud del cuadro; múltiples escenas, pintadas con mucho detalle. Recuerda el tema medieval de las danzas de la muerte. Las hordas de Brueghel son esqueletos, no demonios como en el El Jardín de las Delicias, de cien años antes. Esto puede sugerir en algunos un pesimismo ateo no suavizado por una creencia en un cielo.

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Al abrirse, el tríptico muestra, en el panel izquierdo, una imagen del paraíso donde se representa el último día de la creación, con Eva y Adán, y en el panel central se representa la locura desatada: la lujuria. En esta tabla central aparece el acto sexual y es donde se descubren todo tipo de placeres carnales, que son la prueba de que el hombre había perdido la gracia. Por último tenemos la tabla de la derecha donde se representa la condena en el Infierno; en ella el pintor nos muestra un escenario apoteósico y cruel en el que el ser humano es condenado por su pecado.

La estructura de la obra en sí también cuenta con un encuadre simbólico: al abrirse, realmente se cierra simbólicamente, porque en su contenido está el principio y el fin humano. El principio en la primera tabla, que representa el Génesis y el Paraíso, y el fin en la tercera, que representa el Infierno.

Fuente: Justa.com.mx

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