Inchaurrondo Blues, algo más que una novela

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Por Anna Maria Iglesia

@AnnaMIglesia

 

“Nos encontrábamos en Inchaurrondo y en ese momento, era de esos dos o tres sitios en el mundo donde está prohibido crecer, sentir, soñar”. Con estas palabras Rafael Jiménez describe la vida en Inchaurrondo en los primero años ochenta, una vida marcada por las fronteras y los muros, por la separación y el enfrentamiento. Crecer es dejar de soñar, es aceptar estas líneas divisorias; dejar de soñar es aceptar que no existe alternativa, que la realidad atrapa y que la única manera de escapar de ella es huir, huir lejos, como hará, junto a su madre, el protagonista de Inchaurrondo Blues.

inchaurrondoAsier y Eloy son los protagonistas de la primera novela de Rafael Jiménez, una obra donde la ficción se convierte en imagen de un tiempo, afortunadamente, ya pasado y a la vez en metáfora de un futuro que todavía debe llegar. No es fácil cerrar heridas y, todavía más difícil, es olvidar lo acontecido; no es fácil mirar la realidad, mirarla con los ojos adultos,  con los ojos de quien sabe que los muros existen, que los muros han existido durante demasiado tiempo. Los protagonistas de Inchaurrondo Blues no son ajenos a los muros, sin embargo no temen en saltarlos; el cuartel de Inchaurrondo deja de ser una prisión para el pequeño Eloy cuando conoce Asier. “Navarro” es un apellido extraño para Asier, él y sus compañeros de la Ikastola tienen apellidos muy diferentes, pero, como le dice un compañero a lo largo de un día de huelga, la ikastola y el colegio del cuartel nada tienen que ver. Son dos realidad opuestas que, sin embargo, de la mano de Eloy y de Asier terminan uniéndose, pues entre esos dos niños los muros de contención y los enfrentamientos no existen, pertenecen a un mundo adulto que, como se observa en la mirada del padre de Eloy, un guardia civil trasladado al País Vasco, ve con estupor y desconfianza la relación que se ha instaurado entre los niños. Jiménez, inspector del Cuerpo Nacional de Policía y fe del Grupo de Análisis de Barcelona, se estrena como novelista con este relato, en el que la historia es el punto de partida para escribir un alegato por y para el futuro, para ese futuro que los niños, sin ser conscientes de ello, ya estaban construyendo. “Estábamos atrapados no sólo en nuestro cuerpo que iba creciendo, sino en nuestro incierto futuro”, recuerda Asier, quien, de niño, todavía no sabe, que es precisamente desde esa incerteza que él y sus compañeros están escribiendo la historia. “La historia de este partido”, les dice Canicas, el entrenador de fútbol, “como la vuestra vida, la habéis escrito y la escribiréis vosotros y el maravilloso público que nos ha arropado”. Asier, Eloy y sus compañeros son los autores de una historia que hoy empieza a ser real; como escribió la periodista Mayka Navarro, los protagonistas de Ichaurrondo Blues ofrecen “una lección de vida para una Esukadi que avanza hacia una convivencia en paz”.

 

futbol

 

Desde la edad adulta, Asier recuerda con cierta melancolía esos años; rescata aquellas tardes de futbol transcurridas con Eloy y, sobre todo, aquella mirada inocente, humana, una mirada en la que el resentimiento y el odio no existen. El fútbol se convierte en el punto de unión de estos chicos; Eloy y Rafa, otro hijo de Guardia Civil, se unen a Asier y a sus compañeros de la Ikastola, todos ellos conforman un equipo de futbol, todos ellos se reúnen para ganar un partido; en el campo de juego las diferencias desaparecen y los objetivos se comparten. La confrontación permanece fuera, en las gradas, en las calles; “las líneas del campo de fútbol” afirma Santiago Tarín, “son las fronteras contra la barbarie”, son la frontera que permite a los niños abandonar el odio que impregna un ambiente sofocante, un ambiente donde el miedo y el dolor conviven. Rafael Jiménez, precisaba días atrás, que él no tiene dudas acerca de quiénes son y, sobre todo, de quienes fueron, las principales víctimas de esta oscura historia; sin embargo, el odio no es indulgente y, de la misma manera que las líneas del campo de futbol borran los muros de separación, el odio, en ocasiones, borra también la frontera entre víctimas y no víctimas. Su historia es diferente, su origen en diferente así como su final, sin embargo Eloy y Asier sufren y son víctimas de la misma barbarie; como Hans, el joven judío, y Konradin, el joven aristócrata alemán, creados por Fred Ulhman, Eloy y Asier establecen una amistad que será truncada por la barbarie que impregna el entorno.

Inchaurrondo Blues, donde las alusiones a la realidad de terror vivida en la época nazista son constantes, recuerda la extraordinaria novela de Ulhman, Reencuentro, y como ella se propone como un alegato de esperanza y de rescate final; Ulhman y Jiménez tratan de hallar tras la barbarie una rendija de esperanza, una rendija en el que el odio ceda paso a un sentido de culpabilidad y de arrepentimiento, en el que el perdón aparezca sin desprenderse del recuerdo. Como les decía Caninas a sus jóvenes jugadores, “lo que vence es siempre lo mismo. La vida”. Esta es la victoria que, sin saberlo, Asier y Eloy hicieron posible y Rafael Jiménez nos los recuerda en cada una de sus páginas.

 

 

 

 

 

 

 

 

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