Flores para Abril Kauffmann

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UN RELATO DE MIGUEL ÁNGEL MONTANARO.

Abril Kauffmann se puso los guantes y se subió las solapas del abrigo. Después, trató de imprimirle elegancia al gesto, cuando sacó del bolsillo un pañuelo de papel con el que secó la humedad que se condensaba en la punta de su nariz; una modelo como ella debía mantener su sofisticado porte en cualquier circunstancia, bien fuera desfilando altiva en la Fashion Week de Milán o sentada en el banco de aquel parque donde la vigilaban esa medianoche cuatro policías camuflados entre la espesura.
Pero Abril no temblaba de frío, sino de miedo, y trató de serenarse para que la inquietud que recorría sus admiradas curvas no apagase su radiante aura de mujer inaccesible.
Lanzó la mirada a la farola cercana y la visión de las mariposas nocturnas abrasándose sobre el globo luminoso que la iluminaba como a una doble de sí misma, la apartó momentáneamente del guión que estaba representando para los agentes que la custodiaban.
Sin pretenderlo, repaso su monótona vida, hecha a base de vacíos ordenados día a día durante treinta y cinco años.
Cuando nació, sus padres, dos artistas alemanes establecidos en las Alpujarras al calor de la Transición y del sol granadino, le pusieron por nombre Abril, en honor al mes en el que vino al mundo.
Desde niña, aborreció el extravagante ejemplo de vida que le ofrecieron sus progenitores y ya de jovencita, harta de estrecheces al igual que una forzada Scarlett O´Hara, se juró que no viviría en una continua provisionalidad.
Su resolución y un camionero que la recogió cuando hacía autoestop, la llevaron a Madrid, y allí, su magnética belleza adolescente y los cazatalentos del mundo de la moda, la encumbraron en la primera sesión fotográfica.
Al principio, los amantes, famosos como ella del papel couché, se tomaron muy en serio sus carreras y la frecuentaron el tiempo justo antes de saltar a las camas de nuevas estrellas del mundo del corazón y a unas nuevas exclusivas que les permitiesen alargar sus ascensiones a la nada.
Más adelante, durante un tiempo, Abril, se ilusionó con el apoderado taurino que la había enamorado con la reiterativa promesa de un inminente divorcio de su esposa; pero las borracheras de champán francés y las suaves resacas en hoteles caros fueron sus únicas damas de honor el tiempo que duró la farsa.
Al cabo de tanto vestirse y desvestirse alocadamente dentro y fuera de las pasarelas, había comprendido que el amor era un fruto prohibido que jamás paladearía. Algo reservado para la gente normal que la envidiaba sin conocer de su soledad.
Volcada en su agencia de modelos y en una heredada vocación tardía por la pintura, optó por tachar las hojas del calendario, sin esperanza alguna de encontrar al hombre que la amara desesperadamente no por lo que era, sino por quién era.
Ahora, veinte años después del viaje en la cabina del aquel camión que olía a pienso y a fraudulenta libertad, era una mujer de éxito.
Y estaba sola.
Sólo la irrupción de ese desconocido en su plana existencia, había introducido algo de novedad con lo que llenar esa rutinaria condena.
Había detectado que desde hacía dos meses, la seguía un individuo al que nunca había conseguido verle la cara con nitidez.
Sin embargo, sabía que aquel extraño con el que se cruzaba a menudo en los locales nocturnos en los que se codeaba con otras celebridades y que salía de los mismos cuando ella entraba, y el individuo que la observaba a distancia cuando salía a correr por aquel mismo parque, eran el mismo hombre.
Sus sospechas se vieron confirmadas cuando cierto día de la pasada semana, el merodeador, había elevado el nivel de su osadía, aparcando su coche frente al chalé de Abril para estudiarla detenidamente.
Ella, al percatarse, pidió socorro a voz en grito y esta circunstancia, además de poner en fuga al individuo, alertó a los vecinos, que telefonearon de inmediato a la policía.
El comisario que atendió el caso pensó que Abril podría ser el objeto de deseo de un maníaco y trazó un plan para detener al hombre que la asediaba.
Le tenderían una trampa.
Y esa noche, al igual que las tres anteriores, ella, sería el cebo.
Abril volvió de sus recuerdos con un escalofrío. Unas pisadas a su izquierda la alertaron de la presencia de un hombre embutido en una parka y con una bufanda al cuello con la que tapaba la mitad de su rostro, que la observaba a través de unas innecesarias gafas de sol. Era él.
El acechador miró en derredor y tras creerse a solas con la modelo, introdujo la mano derecha en la abultada cazadora y se dirigió hacia el banco donde ella le esperaba paralizada por un terror insondable.
Todo sucedió muy rápido. Cuando el individuo avanzó hacia Abril, los policías, ocultos tras los setos, se abalanzaron sobre él inmovilizándole y ordenándole que no se moviera.
Al desenmascararle, la sorpresa que se llevó Abril fue mayúscula. El individuo pretendía entregarle un ramo de nomeolvides que la luz de la farola descubrió de un intenso color violeta.
–¿Le conoce? –preguntó el inspector al mando, al ver el estupor dibujado en la cara de Abril.
–Sí. Es… Adolfo. Trabaja en la empresa de mensajería que me lleva las cosas en la agencia. Hace años que nos conocemos. Nunca hubiera imaginado que él… –consiguió decir extrañada ante la apenada mirada que el detenido le lanzó cuando lo introdujeron en el vehículo patrulla.
–¿No había notado nada raro en su comportamiento? –interrogó.
–No. Siempre ha sido muy respetuoso conmigo y créame que en mi mundo, la mayoría de los hombres miden mal las distancias. Incluso, habíamos charlado en alguna ocasión sobre la vida y no sé, sobre cosas así… un poco en general. Recuerdo que me dijo en cierta ocasión, que era poeta, pero que tenía que trabajar de mensajero para poder sobrevivir. Pobre Adolfo. Supongo que es inofensivo –suspiró entristecida.
–Nunca se sabe señorita Kauffmann –advirtió el policía–, ahora le interrogaremos y sabremos cuales eran sus intenciones. Bien, tendrá usted que acercarse a comisaría a declarar, pero como ya tenemos al pájaro, si no se encuentra con ánimo… –dejó en suspenso.
–Si no tiene inconveniente, iré mañana temprano a que me tomen declaración.
–Bien. La acompaño a casa.
–No. No… Gracias. Se lo agradezco. Prefiero pasear hasta casa. Ahora que ya no hay peligro alguno, necesito poner en orden esta historia –aseguró frotándose las sienes.
–¿Está usted segura?
–Sí. Muchas gracias, inspector.
–Como quiera. Trate de descansar –se despidió al embarcarse en el segundo coche policial que se perdió a gran velocidad entre sus destellos azulados.
Se sentó de nuevo en el banco y perdió su mirada en la noche.
Aquel gesto del mensajero, negando con la cabeza mientras le esposaban, transmitía más pena por ella que por él mismo.
Se sintió mal por Adolfo. Siempre le había parecido un hombre sugerente y misterioso y aunque alguna vez estuvo tentada de animarle a que buscase otro trabajo, nunca se atrevió a planteárselo.
De repente, una alocada hipótesis cruzó su mente… << Quizá Adolfo haya estado todo este tiempo trabajando en esa empresa para estar cerca de mí. ¡Bah! Cómo se me puede ocurrir semejante idea>>, pensaba, cuando reparó en el papel que vio a sus pies. Recordó entonces la aparatosa detención del mensajero y entendió, que el ramo que pretendía entregarle su admirador secreto, iba acompañado de un mensaje.

Recogió la nota del suelo y la desdobló. Acercó la cuartilla a la luz de la farola y leyó lo que parecía un poema sin título…

Aquí estoy.
Libre y tuyo
y por ti,
domaré dragones con mis manos,
y por ti,
caminaré descalzo sobre los volcanes y asaltaré el arco iris
y por ti,
pintaré la ciudad de verde menta,
y por fin,
le gritaré al mundo
que si vivo,
no ha sido sin darme cuenta.
Ha sido por ti.

Abril no se hizo más preguntas y corrió en dirección a la comisaría.
Tenía que retirar una denuncia.
Tenía que pagar una fianza.
Y tenía que probarse el único diseño que le faltaba por ceñirse en su carrera.
Un vestido de novia.

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