La Cantera ocupa El Rastro madrileño con una original propuesta de teatro itinerante

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Por Mariano Velasco

CartelRastroEl Rastro madrileño se convirtió en noviembre por unas horas en escenario improvisado del espectáculo Ocupa teatro, un proyecto itinerante de la compañía de teatro alternativo La Cantera que huye de las salas convencionales para ocupar otros espacios alternativos, y que ya había sido llevado con anterioridad a lugares tan dispares como el barrio de Malasaña y la Universidad Complutense en Madrid, o el barrio de San Telmo en Buenos Aires. Se trataba esta vez de ocupar los espacios -calles y tiendas- del popular barrio del centro de Madrid, y ello con todo lo que la palabra “ocupación” supone de aventura, de atrevimiento, de riesgo, de improvisación a veces y casi casi de misión imposible.  

Pese a las evidentes dificultades del empeño, con La Cantera -no en todos pero sí al menos en ciertos momentos- se tiene la sensación de que el milagro vaya a producirse, de que algo tan arriesgado como mágico está a punto de suceder y de que en este teatro de ocupación la realidad se va a fundir con la ficción, convirtiéndose la calle misma en un verdadero teatro improvisado. Y nosotros, los espectadores,  en parte de tal espectáculo.

La cita es a las 13:30 horas y, para empezar, la compañía nos agasaja en el punto de contacto con un bien recibido aperitivo y una inesperada actuación musical de Elephant Pit (Bárbara Bañuelos y Juan Medina), muy aplaudidos ellos. Pronto se acaban el vinito, el quesito, el jamoncito y la musiquita y… ea, todos a la calle, que es a lo que hemos venido. Los espectadores cortamos la empinada calle Mira el Río Baja y esperamos impacientes las sorpresas. En esto que baja una moto ajena al tinglado y todos, deseosos de que algo original suceda, nos ponemos a aplaudir como tontos. El motorista alucina. Falsa alarma.

Ahora sí: una mujer de falda roja y un hombre de camisa blanca se dejan ver calle arriba. Ambos se enzarzan en un curioso baile-pelea. Los coches, que se desvían. Los peatones, que se paran a mirar. El encuentro parece acabar en final trágico: los bailarines caen rodando calle abajo hacia donde nos encontramos. Él con más cuidado; ella como una auténtica croqueta. Fin del primer acto. El número tampoco ha sido gran cosa, pero sí, parece que la calle ya es nuestra, que era de lo que se trataba. ¡Okupación!

cantera2El público se reparte en cinco grupos y, al frente de cada comitiva, un actor hace el papel de guía. Se trata de cinco personajes muy logrados, a cuál más peculiar y gracioso, que consiguen que nosotros mismos acabemos asumiendo también nuestro papel y que nos creamos parte del espectáculo. A servidor le toca de guía una tía pesada (graciosísima Esther Ramos) empeñada en retomar un proyecto del abuelo de su abuelo para recuperar el barrio y bla, bla, bla… Con ella al frente, comenzamos un recorrido por algunos de los locales de El Rastro, en cuyo interior vamos a poder ir disfrutando de pequeñas piezas teatrales, algunas de ellas adaptaciones de textos de autores tan renombrados como Juan Mayorga o José Sanchís Sinisterra. Palabras mayores.

Sin embargo sucede, vaya por Dios, que esa magia hasta entonces creada, en cierta manera, se acaba rompiendo, porque cada pieza funciona en realidad como un paréntesis en esa ocupación en la que tan a gusto ya nos encontrábamos, y el simple gesto de acomodarnos en la trastienda del local para asistir a la representación es como un jarro de agua fría que nos devuelve a la cruda realidad, recuperando cada cual de nuevo nuestra condición, snif, de simples espectadores.

Suerte que al menos algunas de las representaciones (cada grupo solo llega a ver parte de todo el repertorio) llegan a provocar el efecto de un nuevo tipo de  ocupación: la que supone la muy cercana presencia, aunque no participación (¡qué lástima!), en la intimidad de los personajes de la historia que se nos cuenta. Así, nos angustiamos con la trágica historia de la pieza Entre el mar y el desierto, adaptación de parte de la obra de Sanchís Sinesterra Sangre Lunar. Y lo mismo con las excelentes interpretaciones de Marta Cuenca (A 1.400 kilómetros de aquí) y de Sauce Ena (Betty), que nos regalan dos monólogos llenos de dudas existenciales, inseguridades y soluciones científico-poéticas de lógica aplastante.          

cantera3Hay algún tímido intento más de recuperar la magia y volver a hacernos formar parte del espectáculo: la visita a un estudio de grabación para participar en el rodaje de un vídeo que prepara un tipo que se atasca cada dos por tres (el tipo, no el rodaje) por el que vamos pasando uno a uno los ¿espectadores? Se trata de que cada cual aporte una frase que defina qué es para uno El Rastro. Trago saliva para no atascarme yo también y lo suelto mirando a cámara: “el mercado de las cosas olvidadas”. No se me ocurre nada mejor así en frío.

El recorrido termina con los cinco grupos reunidos en un nuevo punto de encuentro, en el que Elephant Pit nos vuelve a deleitar con un magnífico concierto. Lo malo es que allí ya no hay ni vinito, ni quesito, ni jamoncito ni nada de nada y ya son cerca de las cuatro de la tarde. Eso sí, mientras tanto se  proyecta en la pared el vídeo de nuestras frasecitas. Y allí estamos todos, qué gracia, convertidos otra vez en personajes aunque sólo sea para soltar gilipolleces pretendidamente ingeniosas como la más arriba citada.

No habrá de momento nuevas representaciones, al menos en los escenarios de El Rastro, pero seguro que La Cantera seguirá sorprendiendo al público, como lleva tiempo haciendo, con otras ocupaciones teatrales en diferentes lugares. Y lo cierto es que no le vendría mal al espectáculo un poco de rodaje sobre un mismo escenario para ir perfeccionándose. Pero es lo que tiene la verdadera okupación, amigos: hoy akí, y mañana… kién sabe.      

 

Información sobre próximos proyectos:

www.lacanteraweb.com

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