El arte de Bill Viola reabre las heridas de ‘Tristan e Isolda’ en el Teatro Real

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Por Eloy V. Palazón

Tristán e Isolda, Teatro Real.Tristan e Isolda de Richard Wagner es una obra compleja en muchos aspectos. En el plano musical, porque es la puerta de entrada a la disolución de la tonalidad (con ese acorde de Tristán inicial que no se sabe muy bien dónde quiere ir a parar, a qué tonalidad se dirige); y en el escenográfico, pues la obra, en sí, no dice mucho: es poco activa teatralmente, es más bien una ópera de “estados de ánimo”, por decirlo de manera burda. Pero como dice Peter Sellars, director de escena de la producción que llega al Teatro Real este mes, la ópera sobrepasa nuestro entendimiento, como la vida misma, es lo más parecido a lo sublime kantiano. Es tal la cantidad de información sensorial que nos llega, que la obra nos supera, excede nuestra comprensión y tan sólo nos queda, en palabras del director, dejarnos llevar y disolver nuestro ser en la masa sonora, abandonar el principio de individuación, eso que nos hace únicos, para convertirnos en sonido.

El papel de Sellars era complicado, pero lo ha resuelto de forma brillante, salvando contadas excepciones, cuya dirección es un tanto desconcertante, quebrando la unidad de la escena al poner al coro y al marinero en el gallinero, haciendo de la sala entera un escenario. Ha seguido de manera inteligente el juego a la escenografía que ideó el videoartista Bill Viola hace diez años, cuando esta producción se estrenó en París, lugar al que volverá en marzo de este año.

Lo que hace Viola en gran parte de la obra es magistral (en otras, propone imágenes obvias, poco sugerentes y casi prescindibles). Sin duda, el tercer acto es una obra maestra en sí mismo, introduciendo virados y distorsiones en la imagen que dialogan al máximo con los personajes y sus estados de ánimo, y con un punto final, en el Liebestod de Isolde, absolutamente estremecedor. Si el artista decía que era una ópera que no se entiende con la cabeza sino con el estómago, pues de ahí emergen los sentimientos de los personajes, es en ese video final, una elevación mística del alma de Tristan envuelta en un magma de agua, donde lo refleja de forma clara. Una experiencia estética que lleva casi a una angustia en Si Mayor, tonalidad final de la Muerte de Amor, una de los números operísticos más célebres y emocionantes de la historia.

Lo interesante en la puesta de escena de Viola es que transita desde una propuesta bastante racionalista en el primer acto con dualidades presentadas de forma clara que son subrayadas con juegos de simetrías por parte de la dirección escénica, hasta un video de lo más visceral en el tercer acto, muy en la línea de su trabajo como videoartista. Lo que propone Viola es casi un ejercicio místico a lo San Juan de la Cruz, autor muy querido y estudiado por él: en el primer acto, una “purificación”; en el segundo, un “despertar del cuerpo de la luz”, y en el tercero, una “disolución de uno mismo”, casi como las vías purgativa, iluminativa y unitiva que describe san Juan de la Cruz en su poema Cántico espiritual.

La dirección musical corre a cargo de Marc Piollet, con Robert Dean Smith en el papel de Tristan y Violeta Urmana en el de Isolde.

 

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