La gran estafa americana (2013), de David O. Russell

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Por Jordi Campeny.

 

estafa americana 1Diez nominaciones a los Oscar, tres Globos de Oro (incluyendo mejor película –comedia-), diez nominaciones a los BAFTA, una de las diez mejores películas del año según el American Film Institute, varios reconocimientos de la crítica a lo largo y ancho de Estados Unidos y un largo etcétera son sólo algunas de las credenciales con las que se nos presenta el nuevo trabajo de David O. Russell; la esperadísima, aplaudida y encumbrada La gran estafa americana (American hustle).

Uno acude a la cita, obviamente, con unas expectativas notables y con la esperanza de que, por primera vez, saldrá satisfecho de la proyección de la película de un director a quien considera sobrevaloradísimo e incomprensiblemente mimado en su país. Ni The Fighter (2010) ni, mucho menos, El lado bueno de las cosas (2012) le aportaron a uno la más mínima gratificación. Es más, en ambas ocasiones –principalmente en la segunda- uno no supo verle muchos más atributos que los que se puedan hallar en algunos aborrecibles films de sobremesa de una lánguida y melancólica tarde de domingo. ¿Exagero un poco? Quizás. Venga, dejémoslo en que El lado bueno de las cosas se encuentra, en calidad, un peldaño por encima de un film de sobremesa. Y ya, de paso, recordar que el Oscar que se le dio a su protagonista, Jennifer Lawrence (compitiendo, entre otras, con Emmanuelle Riva por su memorable papel en la última obra maestra de Michael Haneke, Amour) era como para bajarse del tren y no volver a asomarse nunca más por la estación.

Parecía, pero, que esta vez, con La gran estafa americana, lograría un servidor tender puentes con el director; que el film iba a ofrecer entretenimiento de primerísima clase e iría mucho más allá. Basándose en una historia más o menos real que aconteció durante los años setenta en Estados Unidos, uno no podía por menos que presuponer que bajo un envoltorio de más o menos lujo latiría una crítica más o menos feroz al sistema; que la ironía y la mala leche se apoderarían del relato, que se superpondrían las capas de lectura, que la propuesta sería electrizante, que un elenco en estado de gracia dirigido con convicción sí iba a conseguir, por fin, deslumbrar al respetable y dar un golpe maestro.

Nada de nada. De todo lo mencionado, la película sí tiene un buen envoltorio y llega a ser resultona durante algunos tramos, y los actores (mejor dicho, las dos actrices) sí sobresalen y logran componer unos personajes que merecen una mención especial. Del resto, ni rastro. Decepción, tedio; cara de merluzo.

La película es –pretende ser- un thriller político setentero que narra las peripecias de un brillante estafador (Christian Bale) –casado con una impredecible mujer (Jennifer Lawrence)- que, junto a su astuta y seductora compañera (Amy Adams) se ve obligado a trabajar para un agente del FBI (Bradley Cooper), quien les arrastra al mundo de la política y la mafia de Nueva Jersey.

estafa americana 2Con estos cuatro actores fetiche (Bale y Adams protagonizan The fighter; Cooper y Lawrence, El lado bueno de las cosas), del que sobresalen –como hemos apuntado- el trabajo y desparpajo de las dos actrices, y con algún desaprovechado cameo de auténtico lujo (Robert De Niro), David O.Russell compone una película que consigue, por audaz y resultona, mantener al espectador atento y entretenido durante algunos tramos del periplo. El look de la propuesta y una nada desdeñable selección de temas musicales setenteros contribuyen a ello. Sin embargo, y a medida que va avanzando el metraje, uno va dándose cuenta de que por debajo de lo que ve no hay nada (es un entretenimiento vacuo, de cartón-piedra); intuye cómo acabará la función (es una película previsible) y, a la postre, a medida que se va acercando el tercio final, el divertimento se va alargando y estirando innecesariamente –le sobra metraje- y acaba languideciendo y hastiándose de sí mismo (el film acaba aburriendo).

Una vez más, pues, uno se siente completamente ajeno al universo de O.Russell y notablemente alejado del criterio mayoritario. Y sí, considera La gran estafa americana una película sobrevalorada que hace honor a su título.

Sales del cine, con la mosca detrás de la oreja, y contemplas la cartelera. Constatas que es la peor época del año para el cine pequeño y esencial que más suele gustarte. Ves, con tristeza y resignación, que el ruido, histeria, pirotecnia y grandilocuencia de tanta estafa americana y de tanto lobo suelto por el distrito de Wall Street engullen y aplastan algunas pequeñas joyas que están prácticamente condenadas al ostracismo desde el mismo momento de ver la luz. Por ejemplo, ¿Qué hacemos con Maisie? (Scott McGehee y David Siegel); leve, bello y acertado acercamiento al desconcierto de una niña ante el inhóspito y crápula mundo de los adultos. O la noruega Oslo, 31 de agosto (Joachim Trier); una serena, empática como pocas y devastadora mirada a la extrañeza de un joven frente a la vida y su imposibilidad de engancharse a ella. Lúcida, dura y maravillosa película; digna heredera de la Nouvelle Vague.

Ya se sabe. Casi siempre la grandeza se halla en lo pequeño. Las esencias son pequeñas. En lo grande y ampuloso suele haber mucho humo. Y vacío.

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