Entrevista a Elvira Navarro por “La trabajadora”, su última novela

 

Por Benito Garrido.

La trabajadora, de Elvira Navarro.

La trabajadora, de Elvira Navarro.

«Para vengarme de la incomodidad que me producía su acecho, la interrogué varias veces sobre su infancia y su vida madrileña de antes de marcharse a Utrecht, pero como siempre desvió mis cuestiones con respuestas rocambolescas o metiéndose en su cuarto

Elvira Navarro (Huelva, 1978) estudió Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid.  Ha publicado dos novelas complementarias: La ciudad en invierno (2007) y La ciudad feliz (2009). Es también autora del blog Periferia (www.madridesperiferia.blogspot.com), un work in progress sobre los barrios de Madrid que explora los espacios limítrofes e indefinidos. La trabajadora confirma a la autora como una de las pocas voces de la literatura española reciente que indaga en la patología mental sin desligarla del contexto social en el que se produce.

 

La trabajadora.  Elvira Navarro.  Editorial Random House, 2014.  160 páginas.  16,90 €

Elisa corrige libros para un gran grupo editorial que retrasa los pagos durante meses. La precariedad económica la obliga a compartir piso con una extraña mujer sin pasado. Un asfixiante silencio sobre lo que concierne al trabajo y a la vida de esta insólita inquilina lleva a Elisa a obsesionarse por saber quién es la persona que convive con ella. Sus preguntas obtienen por toda respuesta una serie de ficciones con las que su compañera de piso sabotea cualquier posibilidad de que alguien la conozca, o al menos eso es lo que cree Elisa, quien no concibe que la locura sea un lugar desde el que construirse voluntariamente.

 

P.- Al utilizar como voz narradora la primera persona da la impresión de que tu libro tiene mucho de experiencia personal. ¿Es así? ¿Qué idea te empujó a volcarla en una novela?

En efecto tiene mucho de experiencia personal, pero no inmediata. Ya no trabajo como correctora para editoriales sino impartiendo talleres de escritura, algo que sí me pagan a tiempo. Este texto debería remontarme a 2003, año en que acabada la universidad, no encontraba trabajo relacionado con lo mío y decidí compartir piso. Todo empieza realmente ahí, con la llegada de aquella tipa tan rara a la casa. La crisis, aunque ya se mascaba, llegó más tarde. Mi generación, al menos los que estudiamos letras, lo teníamos ya bastante difícil. En aquellos momentos está precisamente el origen de la novela, en una situación personal y con la crisis circunstancial del país, pero traído más a la actualidad. De hecho, la cotidianidad que reflejo es la del autónomo que trabaja desde casa y aburrido, está continuamente conectándose a páginas web, blogs, facebook y otras redes.

 

P.- Hablas de crisis, en todos los sectores y a todos los niveles. ¿Crees que la situación te ha marcado a la hora de escribir?

No especialmente. Se puede escribir de la crisis, de la precariedad laboral, de la realidad, pero sin que ello sea un signo distintivo. Aquí necesitaba hablar de cómo la crisis afectó a la situación económica y laboral de la protagonista, algo generalizado y pendiente de solución, que lleva a otro tipo de precariedades.

 

P.- La patología mental o extraña locura de la inquilina la ves como ‘algo oscuro y excesivo’. ¿Es la visión reflejada de Elisa?

La novela juega mucho con el tema del doble. Por momentos puede parecer que Susana sea una emanación de la cabeza de Elisa; es ella la que cuenta lo que supuestamente le ha contado su compañera de piso. Pero además, Susana manipula sus propias palabras, cuenta películas sobre su vida. Es un personaje construido con mucha conciencia de que la identidad es algo ficticio, tanto, que efectivamente ha decidido inventarse historias en lugar de contarse a sí misma. Y aunque las dos están en una situación muy parecida a nivel laboral y creativo, Elisa no quiere para nada ser Susana, porque le da miedo (es rara) y además mayor, algo que le hace pensar si su futuro será el mismo. Sin embargo, todo parece funcionar como un doble en el espejo que usurpa tu lugar. Recuerda que Susana es totalmente opaca, y está narrada por una cabeza, la de Elisa, que está cargada de ansiedad y de miedos. Es Elisa la que hace de la otra persona un monstruo.

 

Elvira Navarro.

Elvira Navarro.

P.- ¿La identidad entonces es lo primero que se va difuminando con la locura?

Sí, desde luego en Susana, sin duda. De ella no podemos decir mucho pues no sabemos cual ha sido su vida real,  tampoco habla de sus sentimientos, ni aun siquiera sabemos si miente o no. Ella es la muestra de que la identidad es una construcción personal. Decide que va a hacer lo que le dé la gana con su propia identidad. En el fondo somos identidades andantes que no podemos borrar, pero sobre las que sí podemos inventar.

 

P.- ¿Qué supone ponerse en la piel del protagonista a la hora de escribir?

Toda ficción es un disfraz. Vargas Llosa habla del  striptease invertido: hablas de lo que conoces, de ti o de la gente que tienes cerca, de situaciones que has vivido, pero lo ficcionas. Por mi parte podría estar cerca de Elisa y a situaciones que vivió, pero el personaje de Susana es otra cosa. Es decir, en una ficción siempre habrá un personaje que se parezca al autor de manera más o menos disimulada, pero si existen varios personajes ya empieza a desdibujarse todo. En el caso de Susana he procurado desde el primer momento que fuese un bicho raro, estridente, extravagante, que no supieses a que atenerte con ella.

 

P.- Haces recorridos urbanos que en sí mismos ya podrían ser historias independientes.

Esos recorridos urbanos son muy oníricos. Cuando escribo sobre la ciudad, el texto siempre tiene un componente casi alucinatorio porque se trata de paseos que aunque la protagonista da por barrios concretos, una vez que yo empiezo a relatarlos ya no tengo ninguna calle en mente… Estoy viendo una especie de sucesión de calles casi inventadas. Mis dos anteriores libros surgían de calles muy concretas que yo cada vez que llegaba a ellas, las describía con detalle. Aquí vuelvo a utilizarlas. Y funcionan como espejo de la locura de ellas, como un laberinto soñado de su momento. Ciudades que en todo momento reflejan al individuo. En el fondo creo que mi escritura tiene mucho que ver con los espacios.

 

P.- Gran observadora, en tu libro los objetos o las actitudes dicen más de las personas que cualquier explicación profunda. ¿Cómo es ese trabajo de captación?

En mi caso ese trabajo es bastante espontáneo. Llevo mucho tiempo escribiendo, desde los dieciséis años. Y a partir de los veinte comencé a presentarme a mogollón de concursos, en los que no ganaba nada por cierto. Muchos años dedicados a escribir. Tanta práctica hace que esa capacidad sea algo que se vaya adquiriendo, que se vaya naturalizando. Pero aparte del aprendizaje, del trabajo y del factor vocacional, también tienes que necesitar escribir como algo vital.

 

P.- No recuerdo donde leí que tu escritura es como una obra de ingeniería, sencilla por fuera y compleja por dentro. Cuándo te dicen eso, ¿te puedes plantear ya escribir de cualquier tema?

No. Yo por ejemplo, y es algo muy significativo, soy incapaz de escribir ficción por encargo. Obviamente, si algún periódico me encarga un relato sobre algún tema concreto, lo que hago es buscar entre lo que ya tengo escrito en relación a ese tema. Porque eso sí está escrito siguiendo un impulso, una necesidad de contar algo. Pero si me fuerzo a escribir sobre lo que no me apetece, entonces no me sale, me encuentro torpe, no me llega esa naturalidad asociada a la necesidad.

 

P.- Autora reconocida y premiada, ¿cada nueva novela se convierte en un reto?

Cada novela es un reto personal para el escritor. Lo que no debe éste es estar pendiente de si los demás aplauden cada novela que escribe, porque creo que ese es el camino más directo a repetirse, a no hacer cosas nuevas y a no explorar otros caminos. Y lo que el escritor debe ser es valiente. Yo me he sentido muy liberada escribiendo esta novela porque en el fondo he hecho lo que he querido. Sé por ejemplo que el inicio es fuerte y puede expulsar a algún posible lector, sin embargo para mí ha sido un acto totalmente liberador. No quiero contar para gustar. Si eso ocurre pues perfecto y gratificante, pero si no gusta, que vamos a hacer, no voy por ello a forzarme a hacer algo que no me atraiga. Creo que lo mejor que se puede hace por el lector es no pensar en él. Mi reto es entonces ser cada vez más libre como autora.

 

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