Sobre los desmanes del derecho y el derecho al desmán: “MICHAEL KOHLHASS”, de Heinrich Von Kleist

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Cartel de la versión cinematográfica de "Michael Kohlhass" (Arnaud des Pallières, 2013)

Cartel de la versión cinematográfica de “Michael Kohlhass” (Arnaud des Pallières, 2013)

Por Ignacio González Orozco

Dice el refrán popular que de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno. Esas piedras son las huellas del hombre “extraviado en el cultivo de la virtud”, como Michael Kohlhass, un personaje macabro en su heroicidad. La novela homónima, única debida al poeta, dramaturgo y narrador alemán Heinrich Von Kleist (1777-1811), fue dada a la estampa en 1808, en pleno período de las guerras napoleónicas, cuando Alemania se debatía, como España, entre la admiración hacia el ideario emancipador de la Revolución francesa y el rechazo a la egolatría de su epígono, el emperador Napoleón Bonaparte.

La trama de esta narración resulta harto sencilla. Michel Kohlhass, tratante de caballos, sufre el abuso del noble sajón Wenzel Von Tronka, quien le confisca injustamente dos cabalgaduras cuando pasa por sus tierras. Kohlhass acude a todas las instancias de justicia del momento (la acción tiene lugar en el siglo XVI, en tiempos de la Reforma protestante), pero las influencias del poderoso aristócrata impiden cualquier reparación por la vía legal. Desengañado y profundamente ofendido en su honor de probo varón, el súbdito escrupuloso de antes se alza en armas contra quien lo ofendió, devastando sus tierras al frente de una tropa de bandoleros y equiparándose en acciones a un delincuente más. Ni siquiera le disuade de su ánimo violento la admonición de Martín Lutero, a quien escucha el rebelde con reverencia, pero sin convencimiento. Tras una serie de peripecias, el emperador toma cartas en el asunto. Se celebra un juicio con garantías y Tronka es condenado a indemnizar a Kohlhass, pero el protagonista muere ejecutado en el patíbulo, por haber atentado contra la seguridad y el orden del Imperio; fatídico colofón que el tratante admite de buen grado, una vez obtenida la reparación del mal sufrido y seguro de que su constancia será el orgullo futuro de sus hijos.

La primera moraleja a obtener de esta historia podría referirse a la necesidad de templanza, cuya ausencia desvirtúa las causas más encomiables; tanto a efectos técnicos, por falta de reflexión, como éticos, pues desdibuja toda noción de ecuanimidad. En el ánimo de Kohlhass se echa en falta una buena dosis de sentido de la responsabilidad sobre las propias acciones, inseparable de la mesura, y esa carencia escora el prurito justiciero del protagonista hacia la sed de venganza. 

El ejemplo del tratante, cuyo arrojo se hace tan fácil de secundar, suscita la duda de si la convicción conduce inexorablemente a la furia. Aún más, ¿no será la convicción furia en sí misma? Los cambios cuantitativos provocan el cambio cualitativo: cuando más celo se suma a la virtud, en el pecado se cae. Por eso “el sentido de la justicia lo convirtió [a Michael Kolhass] en verdugo y asesino”.

Cabe relacionar este demérito con la figura espiritual que ha dado en llamarse “alma bella” (schöne Seele), del cual pasa por ser Kohlhass una de las concreciones mejor caracterizadas de la literatura universal. Consiste en un estado de serenidad interior deparado por la armonía entre razón y sentimiento; una entente que se manifiesta como antagonismo del desorden moral circundante. La expresión fue introducida por Schiller en De la gracia y la divinidad (1793) y utilizada más tarde por Schelling, Goethe y, por supuesto, Kleist, en cuyo texto leemos que, al tratante Kohlhass, “en medio del dolor que le causaba contemplar el mundo en aquel infame desarreglo, le sacudió el contento de poder verse el pecho en el orden debido.”

El alma bella está cargada de seguridades y su conducta rinde pleitesía no al interés, sino a la justicia… pero se asoma peligrosamente al balaustre de la vanidad. En el caso de Kohlhass, nos hallamos ante un sujeto jánico, del cual cabe admirar la entereza de su deseo de justicia, si bien lamentando la impulsividad que demuestra, tanto como la falta de consideración hacia el resto del género humano. Un personaje herido de individualismo, cuya comprensible exigencia de reparación acaba causando, a fuer de la propia vehemencia, agravios, estragos y –por si lo anterior fuera poco– crímenes de mayor gravedad que el daño sufrido.

Ya había advertido Hegel que el alma bella podía degenerar en un fruto podrido del narcisismo; en un estado enfermizo que convierte su causa en valor absoluto, cerrándose al diálogo intersubjetivo (“arde consumiéndose en sí misma”, sentenció el pensador suabo en su Fenomenología del espíritu). Más tarde, Nietzsche tildó a estos espíritus de “áureas mediocridades” (El crepúsculo de los ídolos); de inadaptados para sumirse en la corriente de la vida, ante la cual solo pueden ofrecer la falsa presunción de su integridad moral. En estas críticas se percibe la actualidad de la figura: no son estas almas meras anécdotas suspendidas en la atemporalidad del cosmos literario, sino mentalidades del antes y el ahora, sujetos especialmente inclinados a la fanatización. 

Como si ya hubiera adivinado el chaparrón de descalificaciones que podía caerle encima al bueno de Kohlhass (y no precisamente por parte de sus antagonistas, los señores feudales de la Alemania rural del siglo XVI), Kleist quiso cargar la insumisión de su personaje de trascendencia política, y más aún revolucionaria, en términos que bien podrían asumir quienes tomaron al asalto la Bastilla en 1789. Así, el protagonista confirma “el deber ineludible de procurarse para sí mismo reparación por el desafuero sufrido, y para sus conciudadanos, garantías ante otros futuros”, y a continuación remacha: “No deseo vivir en un país donde se me desproteja en mis derechos. ¡Antes perro que hombre, si han de pisotearme!”. Al hilo de estas afirmaciones llegamos a la segunda moraleja de la historia, que atañe al ensalzamiento del triunfo moral, superior a cualquier otro don. Gracias a la mediación del sino trágico, la vida adquiere una dimensión sublime, digna de la obra de arte (literaria en este caso). Al igual que Sócrates y Séneca, ante la diatriba de conservarse físicamente –incluso cuando se considera el noble fin del cuidado de la prole– o erigirse en ejemplo de una muerte digna, Kohlhass escoge la segunda opción, porque morir no reporta en este caso desgracia, pérdida ni final, sino trascendencia, esa gran obsesión de la especie.

Esta subordinación de la realidad a los principios, y de la propia vida al ideal, hermana a personaje y autor. La biografía de Kleist está cargada de peripecias y renuncias tan heroicas como teatrales. El autor dejó la carrera de las armas, de larga tradición familiar, para consagrarse al estudio de la filosofía y las matemáticas, y también al amor de la hermosa Wilhelmine Von Zenge; las primeras no le abandonaron nunca, la segunda quedó plantada por el propio Kleist –no sin antes haberle dedicado ardientes versos– porque le prometía “la felicidad doméstica, mas no la gloria literaria”. El desgarro fue doble, porque nuestro arrebatado autor también rompió con su libro de cabecera, la Crítica de la razón pura de Immanuel Kant, para en adelante honrar la verdad oculta en el sentimiento como “metafísico núcleo inicial”, querencia más tarde fortalecida con la lectura de las obras de Rousseau, de quien asimiló la imagen del hombre bondadoso del estado natural, pervertido a lo largo de la historia por los usos sociales. Prototipo del artista romántico de carácter inestable y sensibilidad atormentada, Kleist se quitó la vida a orillas del lago de Wannsee, cerca de Berlín, junto con su amante y musa Adolphine Vogel, condenada a muerte de antemano por el cáncer que padecía. Abandonó este mundo en el absoluto anonimato, pero la filología germana del siglo XX rescató su memoria y hoy lo ensalza cual autor clásico.

 

 

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