Entrevista a Miquel Molina por “Una flor del mal”, su último trabajo

 

«De la mano de ella, Guillermo ve por primera vez el cuadro que en los meses siguientes se convertirá en su obsesión. Lo que más intensamente llama su atención es la cabellera negra de la modelo, desparramada sobre los hombros. No se pregunta quién es el autor del retrato, ni se acerca a buscar la firma. Es sólo una visión fugaz que le sorprende por la luz que emana

Una flor del mal, de Miquel Molina.

Una flor del mal, de Miquel Molina.

Miquel Molina (Barcelona, 1963) vive inmerso en la rabiosa actualidad desde hace casi treinta años, cuando se estrenó como periodista en una redacción. Es director adjunto de La Vanguardia, a donde llegó en 1995 tras trabajar en Segre, El Periódico de Aragón y El Periódico de Catalunya. Fue corresponsal de la agencia Europa Press y colaborador de diversas publicaciones económicas. Como reportero ha cubierto catástrofes como los huracanes George y Katrina, pero su pasión es la aventura. Fruto de ella es su libro El Everest a la hora punta, que agrupa una serie de reportajes publicados desde el campo base de la montaña. Una flor del mal, su primera novela, es la consecuencia de otra de sus aficiones: indagar en la cara oculta de los cuadros, reconstruir las biografías de las modelos que se encuentran a medio camino entre la realidad y el personaje idealizado por el pintor.

Una flor del mal.  Miquel Molina.  Editorial Destino, 2014.  352 páginas.  19,00 €

Flaubert, acaso sin proponérselo, dejó una pregunta sin respuesta cuando escribió que su Emma Bovary se parecía a «la mujer pálida de Barcelona». ¿A quién se refería? ¿A un personaje real? ¿A un dicho popular? ¿A la modelo de un cuadro? ¿Existió realmente una Bovary de Barcelona? El azar quiere que sea un profesor barcelonés de secundaria quien intente resolver el enigma, siglo y medio después de que Flaubert describiera así a su heroína. El catedrático de literatura Guillermo Jiménez busca la respuesta entre Filadelfia, Lyon y Barcelona. Será precisamente en esta última ciudad donde la aparición en una misteriosa casa modernista de un cuadro expoliado por los nazis instigará su búsqueda. Courbet, Baudelaire, damas francesas del XIX adictas al opio, Hermann Göring y una perturbadora mujer de nuestros días dan cuerpo a una investigación sobre el deseo y la obsesión, la historia y el arte, la verdad y la ficción.

 

P.- ¿Cuándo ficción y realidad se combinan se hace inevitable la implicación más directa del autor? ¿Cuánto de Guillermo Jiménez, el protagonista, tiene Miquel Molina?

Supongo que cuando a los cincuenta años se publica una primera novela es inevitable que acaben aflorando rasgos personales largo tiempo contenidos. Por eso me inspiré en un personaje real, con un carácter fuerte y definido. Él actuaría como dique de contención para no contaminar así la historia con elementos autobiográficos irrelevantes. Eso sí, es evidente que comparto con Guillermo Jiménez su obsesión por la aventura interior, la misma que a él le lleva a indagar hasta el límite en el misterio femenino, y a mí… en la misma búsqueda sin esperanza.. Pero Guillermo Jiménez está basado parcialmente en un personaje muy real, un profesor de secundaria que me dio clases a finales de los setenta y principios de los ochenta.

 

P.- ¿La imaginación y la capacidad para fantasear son claves a la hora de enfrentar una reconstrucción como la de tu novela?

En una primera fase creía que no, que podía presentar un texto basado en hechos absolutamente reales junto a otros que el lector sabría que eran inventados.  Luego me dí cuenta de que eso acabaría creando un reportaje frustrado, más que una novela. Así que me dí permiso para fantasear. Saqué del armario el disfraz de escritor, que estaba por estrenar, y guardé dentro el de periodista. Espero que el ejercicio de travestismo haya funcionado.

 

P.- Combinas en tu libro varias tramas que obligan al lector a reflexionar sobre la identidad, la historia, el arte y la pasión. Ahondar en ellas… ¿ahí está quizá el verdadero placer?

En algún momento del proceso me he visto metido en un laberinto de espejos deformantes como el que hace años había en el parque de atracciones del Tibidabo, en Barcelona. Me pareció excitante jugar con identidades que se desdoblaban en el tiempo. Eso sí: recuerdo que de pequeño solía salir muy mareado de aquel laberinto. Para evitar algo así, en el redactado final he procurado que el lector discurra plácidamente por la narración y que el juego de espejos sea sólo eso, un juego placentero y opcional.

 

P.- Obsesión, incluso fascinación… ¿esa es la palabra que debería asociarse a la investigación que se desarrolla en tu novela?

Es posible que sí. Guillermo se siente fascinado por el misterio histórico que plantea la posibilidad de una inspiración barcelonesa para Madame Bovary al mismo tiempo siente una atracción irresistible por la mujer de carne y hueso que le sugiere ese enigma. Para Guillermo, esa obsesión tiene la misma intensidad que tenía para los escaladores ingleses de la primera mitad del siglo XX la fascinación por la exploración del Himalaya. Holladas ya todas las cumbres, conquistadas las superficies polares y las fuentes de los grandes ríos, la aventura sólo puede ser interior. Y Guillermo se lanza a ella con entusiasmo de explorador.

 

Miquel Molina.

Miquel Molina.

P.- ¿Por qué la Dama española de Courbet? ¿Por qué Madame Bovary? ¿Cómo llegaste a pensar en la posibilidad de relacionar ambas?

Mi interés por el tema que ha acabado convirtiéndose en el alma de mi novela viene de una lectura juvenil de Madame Bovary. Recuerdo que me sorprendió aquella frase que decía que Emma “se parecía a la mujer pálida de Barcelona”. ¿Barcelona? ¿Qué pintaba mi gris Barcelona de los 70 en una obra capital de la literatura europea? Muchos años después, más de treinta años después, un día que me aburría hice una búsqueda por internet y vi que alguien relacionaba aquella frase con un cuadro que Flaubert pudo haber visto en París mientras estaba en pleno proceso de escritura de Madame Bovary. El cuadro se llama Dama española o Spanish Woman, lo pintó Gustave Courbet en 1854 y se exhibe actualmente en Filadelfia. Hay muchos indicios de que, efectivamente, ese cuadro tan enigmático fue una de las fuentes de inspiración de Flaubert para componer el personaje de Emma. Así que cabía la posibilidad de que una mujer española estuviera detrás de tan celebrada heroína. Y ya no pude parar.

 

P.- El diario de Caroline Gaillard que avanza paralelo a la investigación, es todo un ejercicio introspectivo. ¿Resulta difícil ponerse en la piel de una mujer frustrada por amor y engañada por el arte?

Creo que si me hubiera resultado difícil el diario no habría funcionado. La verdad es que lo empecé sin estar muy convencido de que funcionara, y al final, en cambio, resultó lo más gratificante de todo el proceso de escritura. Es posible que de manera inconsciente acabara aflorando mi simpatía de lector hacia aquellas heroínas tan desgraciadas del XIX. No sólo hacia Emma Bovary, sino también hacia personajes como la Madame de Rênal de Stendhal, o la Anna Karenina de Tolstoi. Todos hemos simpatizado con ellas en mayor o menor medida, ¿no? Lo que he intentado hacer es dar voz a aquellas modelos que tanto admiramos porque han llegado hasta nosotros retratadas por los mejores pinceles, pero de cuyos sentimientos y de cuyas inquietudes no tenemos la más remota idea.

 

P.- Leyendo tu novela te das cuenta que no puedes desprenderte del espíritu reportero que ha marcado tu carrera periodística y literaria.

Eso es muy cierto. En una entrevista me han preguntado cuáles han sido mis referentes literarios. Pues bien, es verdad que hay algunos. El tono sosegado pero implacable de W.G. Sebald siempre me ha seducido, igual que la capacidad de Paul Auster de llevar a sus personajes hasta el límite. Pero lo que de verdad ha influido en el relato es mi experiencia periodística. Supongo que es lógico. A la hora de la verdad, uno busca transitar por terreno conocido, no perderse demasiado por tierras incógnitas. De ahí el formato de periodismo de investigación.

 

P.- Las amistades inventadas del profesor de literatura, ¿son quizás las que te hubiese gustado mantener a ti mismo?

¡Claro! ¿A quién no le hubiera gustado entrevistar a Debbie Harry, la cantante de los Blondie, antes de su mítico concierto de 1978 en Canet de Mar? O meter las narices en Ville Nellcôte mientras los Rolling Stones grababan allí su Exile on Main Street y fumarse un cigarrillo al atardecer con Keith Richards? O irse copas por Barcelona con Vargas Llosa… Envidio mucho de Guillermo su capacidad de convencerse a sí mismo de que estas vivencias son reales… Aunque hay una anécdota real, la que al principio del libro sirve para introducir al personaje: ciertamente, hubo un profesor que dijo a sus alumnos barceloneses que acababa de asistir a la muerte de Sartre a pie de cama y que aseguró que el filósofo le pidió a él, a nuestro joven profesor, que cuidara de Simona, Simone de Beauvoir.

 

P.- La obsesión, otra vez vuelve a estar presente, pero ahora asociada al deseo físico, al amor que se antoja inaccesible…

El deseo es otro de los motores de esta historia. Guillermo creía haberse librado de la pulsión sexual y romántica  cuando en una noche de chateo da con la mujer que va a convertirse en su obsesión. De ahí la advertencia del principio: “Si en plena madurez sospechas que acabas de conocer a la heroína de tus novelas de juventud, lo mejor que puedes hacer es ignorarla, dejar que sus mensajes se marchiten en la bandeja de entrada”. Él no va a seguir el consejo.

 

P.- En esta novela se hace evidente tu amor por el arte, la literatura y la investigación. ¿Has pensado ya otro cuadro en el que indagar para una posible nueva aventura narrativa?

No quisiera repetirme, pero es verdad que en mi escritorio hay una carpeta con un cuadro poco conocido de un pintor no muy reconocido. A ver qué hago con ella…

 

Por Benito Garrido.

 

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Una respuesta a Entrevista a Miquel Molina por “Una flor del mal”, su último trabajo

  1. Acabei de ler o livro. Um belíssimo louvor à arte, à literatura, ao amor, à história e à imaginação. Acompanhei com encantamento os passos dos personagens principais e lembrei-me do prazer que tive ao ler “Madame Bovary”, de Flaubert, mote desta obra, e lembrei, com saudade, de quando estive na Filadelfia, inclusive visitando o Museu de Belas Artes, onde se encontra o quadro “Dama espanõla, em Nova York, visitando o Metropolitan, onde se encontra o quadro “La amazona”, em Montpelier, onde vi uma exposição representativa de Gustave Courbet e em Barcelona, conhecendo os encantos da cidade. Obrigado pela obra, Miquel. Pedro, Brasília, 21 de julho de 2016.

    PEDRO CARLOS DE MELLO
    21 julio 2016 at 15:49 pm

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