El titán desnortado: “PROMETEO ENCADENADO”, de Esquilo

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"Prometeo" (1612), por José de Ribera. Colección particular.

“Prometeo” (1612), por José de Ribera. Colección particular.

Por Ignacio González Orozco.

Tiempo hubo en que la dramaturgia fue considerada un bien público, hasta tal punto que las autoridades repartían dinero entre los pobres para que pudieran acudir al teatro. En esa época, sobre la escena se difundían y ensalzaban los valores fundacionales del pacto político, así como las glorias obtenidas por el esfuerzo de los ciudadanos más preclaros en el cumplimiento de sus deberes civiles; el teatro era la religión mundana de la sociedad. Sin embargo, los autores de entonces no se solazaban en la autocomplacencia del diletante, porque sus obras expresaban los duelos y reproches que estaban en boca del pueblo.

Acaecía todo esto en fechas lejanas pero no legendarias, plenamente históricas: los siglos VI-V a. C. Y tenía lugar en el marco político de un constructo estatal ya perdido en el tiempo aunque muy cercano no solo en la geografía de Europa, sino también de nuestra idiosincrasia política: la polis ateniense, tenida por cuna de la democracia.

El dramaturgo Esquilo (525-456 a. C.) fue temprano valedor de ese régimen democrático –más correctamente, protodemocrático– que él mismo vio nacer tras la caída de la tiranía de los Pisistrátidas (510 a. C.). También lo defendió con las armas y contra los persas, en las célebres batallas de Maratón (490 a. C.), Salamina (480 a. C.) y Platea (479 a. C.). Más tarde se dejó querer por Hierón, tirano de Siracusa y seguidor de las enseñanzas de Pitágoras, cuyo empeño intelectual había reunido una corte de escritores y sabios. Allí falleció nuestro autor después de escribir un número indeterminado de tragedias (entre ochenta y noventa según las distintas apreciaciones), de las cuales solo han llegado siete hasta nuestros días: Los persas (472 a. C.), Los siete contra Tebas (467 a. C.), Las suplicantes (463 a. C.); la trilogía conocida como Orestíada (458 a. C.), que comprende Agamenón, Las coéforas y Las euménides; y Prometeo encadenado, obra cuya autoría se le discute aunque siga incluyéndose en el canon esquileo. Esta última pieza, escrita en fecha incierta, iniciaba una trilogía que completaban Prometeo liberado y Prometeo portador del fuego.

Esquilo abordó todas las facetas del arte dramático: fue poeta, músico y actor. A él se debió la fijación del canon de la tragedia clásica, con la adición de personajes independientes del coro (representante de los sentimientos del común); las nuevas presencias escénicas dotaban a la trama de un mayor grado de complejidad. En el ámbito argumental despuntó por su habilidad para plasmar los conflictos que suscita la pugna entre el apetito y la conciencia, el amor y la ley, el súbdito y el poderoso. Prueba de ello brinda Prometeo encadenado, cuyo argumento recoge el mito del titán homónimo, creado por Hesíodo en Los trabajos y los días: Prometeo entregó a los humanos el secreto del fuego y de las artes, y por ello recibió el castigo de Zeus, padre de los dioses olímpicos, quien lo mandó encadenar por los siglos de los siglos a una roca del Cáucaso.

Como no podía ser de otro modo, Zeus, alegoría del poder, ejemplifica la tendencia del gobernante a devenir en tirano. Por supuesto, su acción solo tiene de omnímoda el deseo, porque los planes del déspota precisan de colaboradores. Entre ellos hay sicarios como Cratos, encarnación mitológica de la fuerza, quien acusa a Prometeo de agitador (terrible crimen tanto ayer como hoy, cuando en muchos sitios no existen ya delitos de opinión pero sí pena de vituperio); sumisos aterrados como Hefesto, encargado material del encadenamiento por su condición de herrero (se lamenta: “Todo nuevo señor es duro de corazón” y por eso, tan pronto como Zeus “se sentó en el trono paterno distribuyó los privilegios entre los diversos dioses y organizó su imperio, sin tener en cuenta para nada a los míseros mortales”); y leguleyos como el titán Oceáno, con sus admoniciones acerca de la bondad de la sumisión, el orden y el interés propio (“Pero tú, Prometeo, ¿por qué no te cuidaste de ti mismo?”).

Prometeo es un héroe de personalidad compleja, sentimentalmente desgarrada. Según la mitología clásica, figuró entre los titanes –antiguos dioses de la Edad de Oro– que no secundaron la lucha de sus hermanos contra los dioses olímpicos. ¿Se trataba de un traidor? ¿Fue un idealista que antepuso a sus vínculos de sangre la confianza honesta en un tiempo nuevo? Optemos por la segunda opción, dada la perspectiva moral que el personaje exhibe en todo momento. Esa misma integridad lo aboca a un segundo desgarro, tras comprobar que los nuevos tiempos aportan a los humanos la desgracia de una tiranía cruel. El héroe queda desnortado pero en diferente controversia, escindido ahora entre sus convicciones morales y la creencia en la inanidad práctica de las mismas; una disonancia muy habitual en la sociedad occidental de principios del siglo XXI, cuando tantos y tantos ciudadanos muestran su desavenencia ante un orden teóricamente deseable pero frustrante en la práctica.

Se duele el titán: “Debo sufrir con calma la suerte que me ha tocado, sabiendo que la fuerza del destino es invencible”. A pesar de su ánimo justiciero, Prometeo coquetea con el espejismo de una condena metafísica que a la postre es pura farsa, cicatera proyección sobrenatural de la ley dictada por el opresor. Una mentira funcional para los intereses despóticos, puesto que infunde la creencia en la imposibilidad de trocar el curso del destino. Así piensan hoy miles de ciudadanos desencantados; más aún, resignados ante la creencia de que las relaciones de poder son un mecanismo fatídico, imposible de trocar. El tirano –político o económico– siempre crea su propia orla religiosa: en ocasiones apela a lo escrito en las estrellas, otras veces al presunto orden natural, por qué no a las implacables leyes del mercado… Nunca le faltan argucias para enturbiar las conciencias y adelgazar las voluntades.

Desde tal fatalismo, la protesta parece una simple pose, sin ninguna capacidad eficiente y fácilmente asociable a diferentes modos de histrionismo; así vista, lo único encomiable en Prometeo sería la dignidad con que afronta el sino implacable, verdugo de sus ilusiones. Pero no todo está perdido: “Sin embargo, tan imposible me es callar mis desdichas como no callarlas”. La rebeldía, que es fuego y luz como los dones que Prometeo aportó a los humanos, impele a la reflexión cuando se convierte en poesía. En la medida en que todas las justificaciones ideológicas del poder se basan o transforman en creencias, porque recogen esperanzas o miedos, propósitos o intereses de los individuos, las promesas de la poesía pueden resultar más eficaces que las arengas oficiales. Así lo creía Esquilo, seguidor de Homero, para quien la conducta postrera de los dioses con respecto a los humanos dependía de los actos y méritos desplegados en una vida entendida como areté,  ejemplaridad a través del esfuerzo. Esa es la brasa que mantiene vivo el carácter de Prometeo cuando le espeta a Zeus: “por más que me halle afrentado por estas brutales ligaduras de mis pies, este monarca de los bienaventurados tendrá necesidad de que yo le descubra qué nuevo destino ha de arrebatarle cetro y honores”. La profecía, deudora del lenguaje mítico de su tiempo, apela a la voluntad del pueblo como agente de cambio político en una obra que canta a la igualdad social y política, donde dioses y humanos son metáfora de grandes y chicos, señores y plebeyos. El futuro es la pesadilla del tirano.

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