Gabo

Por Esther Ginés

GaboSe nos marchó Gabo, el genio, el hombre tímido de la mirada entrañable y la imaginación desbordante. El escritor cuya obra fue traducida a 36 idiomas y pasará a la historia como el padre del realismo mágico. Medio mundo le llora y no termina de hacerse a la idea. El pasado mes de marzo cumplía 87 años y nos dejaba unas bonitas imágenes desde su residencia habitual, en la capital mexicana. El luto ya ha llegado a Macondo; Melquíades, con su acento áspero y su fuerza descomunal, y acompañado siempre de su cohorte de gitanos, habrá dejado sus catalejos y el resto de cachivaches que llevaba en sus viajes para comunicar a los macondinos la triste noticia de la marcha del genio. Su muerte, en plenas vacaciones de Semana Santa, me ha parecido un auténtico guiño a su realismo mágico, ese género que lo encumbró a un pedestal de donde a veces parecía no haber querido subir. Ya lo dijo el propio Gabo: “La primera condición del realismo mágico, como su nombre lo indica, es que sea un hecho rigurosamente cierto que, sin embargo, parezca fantástico”. Su muerte lo ha sido y los homenajes no se han hecho esperar, no solo desde los países de habla española, sino de todas partes del mundo. Gabo fue incinerado en un ambiente familiar, pero ha sido “velado” a través de todos los artículos escritos estos días sobre su figura y su obra, y gracias a todas las muestras de cariño que la familia ha recibido. Él, a quien tanto le gustaban los silencios, se ha ido arropado por el ruidoso aplauso de todos aquellos que admiraban no sólo sus páginas sino su forma de ser y esa maestría para idear un universo propio con el cual ha llegado a millones de lectores. Partiendo de lo local, de vivencias propias  que trasladaba al papel con esa soberana imaginación, creando pasajes y arranques de libros que el lector, impresionado, retiene para siempre en su cabeza, supo llegar a lo universal. Leer a García Márquez es entrar en el universo personal del autor, poblado por una infancia con sus abuelos de la mano de sus narraciones orales, por la presencia de los muertos y de las supersticiones, y por el fuerte componente social, pero también es hacer un recorrido por la historia de América Latina, por su política, sus guerras y los problemas sociales que ha sufrido el continente.

García Márquez fue mi puerta de entrada a los autores latinoamericanos. De él salté a otro de mis predilectos, Cortázar, y de él a Borges y a Rulfo. Supongo que en eso he seguido el camino de muchos otros lectores, al igual que él y su colega uruguayo Juan Carlos Onetti, se curtieron con las páginas de William Faulkner, otro maestro de maestros, y que también creó un universo propio al estilo de Macondo. Y sin embargo, aunque todos hayamos leído a los mismos y hayamos llegado a ellos de manera similar, la grandeza de la literatura radica en que, seguramente, Macondo es diferente para cada uno de los millones de lectores que se han asomado a esa aldea de veinte casas de barro y cañabrava. Un privilegio que nadie nos puede quitar y que, para mí, es lo mejor de la literatura: el diálogo con el autor, el pacto que se establece cuando uno abre la primera página de un libro y parece que le dice al escritor: “adelante, cuéntame todo lo que quieras. Estoy dispuesto a creerme lo que sea, mientras me lo cuentes bien y bonito”.

Dijo una vez el de Aracataca: “Con tal de que alguien se acuerde de una frase mía, yo bajaré tranquilo al sepulcro”. Quédate tranquilo, Gabo. Tú nos lo has contado todo bien y tan bonito, que en este mes de abril, cuando ya estábamos todos dejando que las mariposas amarillas inundaran nuestros salones y nos acompañaran, como a Meme, en nuestros baños nocturnos, te has marchado y nos has dejado a todos huérfanos. Querríamos que tu muerte se hubiera aplazado, como la del coronel Aureliano Buendía, pero tu legado nunca sufrirá esa temible peste del olvido que asoló Macondo una vez. Quizás, ahora comience una época de peste, pero será una positiva: la peste de los recuerdos que tus obras nos han dejado. Y seguiremos dialogando contigo, como a ti te gustaba hacer dialogar a tus personajes con sus muertos, dándoles la voz que la muerte les había negado. Gracias, Gabo. Buen viaje y mejor descanso.

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