En la mejor compañía: “DIVINA COMEDIA”, de Dante Alighieri (I-El Infierno)

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El Infierno, según aparece descrito en la "Divina comedia".

El Infierno, según aparece descrito en la “Divina comedia”.

Por Ignacio González Orozco.

La Divina Comedia, grandioso poema en endecasílabos escrito por Dante Alighieri a lo largo de diecisiete años (1304-1321), contiene tal riqueza de asuntos dogmáticos, filosóficos e históricos, rebosa de tamaña simbología y fulge con tantos hallazgos poéticos, que cualquier comentario resulta por fuerza insuficiente. A pesar de ello, vayan por delante algunas consideraciones acerca del autor y su obra.

La vida de Dante (Florencia, 1265-Rávena, 1321) estuvo vinculada a dos lealtades inquebrantables. Devino la primera de su nacimiento en una familia güelfa, el bando de la nobleza florentina defensor del poder temporal del papado como eje político vertebrador de una Italia de burgos libres. La segunda surgió de su más temprana experiencia sentimental, el amor despertado por Beatriz Portinari cuando el futuro poeta apenas tenía nueve años (y ella, ocho). Con el paso de los lustros y hasta la muerte de la amada (1290), el trato entre ambos no pasó del formal saludo, pero Dante le reservó siempre su corazón, aun después de casarse con Gemma di Manetto Donati (1285) y de que Beatriz se uniera al banquero Simone dei Bardi (1287). También la ensalzó como arquetipo de pureza y bondad en sus dos principales legados literarios: Vita Nuova (1292-1293), recopilación de poemas y textos líricos en prosa, y Commedia (1304-1321), título original de la obra que nos ocupa (a partir del siglo XVI empezó a publicarse con la denominación al uso en la actualidad).

La Commedia inauguró la corriente lírica conocida como dolce stil nuovo, denominación extraída de un pasaje de la obra danteana: “dal dolce stil novo ch’ i’ odo” (“del dulce estilo nuevo que escucho”). Este movimiento poético puede considerarse heredero del amor cortés, por cuanto de idealización de la mujer amada conlleva, pero tamiza los elementos sensuales de esa atracción idílica en la redoma de la espiritualidad franciscana.

Se divide el poema en tres partes: Infierno, Purgatorio y Cielo, de 33 cantos cada una, precedidas por una introducción donde hallamos a Dante “Nel mezzo del cammin di nostra vita” (“en la mitad del camino de nuestra vida”: los 35 años, según el salmo 90:10) y perdido en la “selva oscura” del dolor, el pecado y la zozobra. A su rescate acude el espíritu del poeta Virgilio, representante de la sabiduría clásica. Juntos trasponen la puerta del Infierno, donde mora el vate por haber sido pagano. Con el ejemplo de Virgilio se comprueba que para alcanzar la salvación no bastan la inteligencia y la sabiduría, ni siquiera sumadas a la prudencia que de ellas dimana, y colegimos que, para Dante, el conocimiento humano sólo era virtud mundana, útil pero imperfecta, inferior a la fe. Un rasgo arcaico del gran poeta, por mucho que se le considere precedente de la futura mentalidad renacentista.

El infierno tiene forma de cono invertido y en sus nueve círculos se distribuyen los condenados, de modo que cuanto más profundo se encuentren, peor fue el crimen perpetrado contra la Ley de Dios. Célebre es la leyenda que puede leerse en su puerta: “Renunciad para siempre a la esperanza” (canto III).

La travesía depara numerosas sorpresas. Para empezar, en el vestíbulo infernal están aquellos cuya vida no mereció “alabanza ni vituperio”, a los cuales tilda nuestro poeta de “tristes almas”. Resulta curioso que espíritus sin cuentas pendientes tengan ese destino; como si Dios no sólo castigara la maldad, al exigir que los mediocres penen también por su poca relevancia… Y cuesta pensar que el piadoso Dante asumiera algún valor parecido a la vieja areté homérica, que despreciaba al simple para reconocer la grandeza del héroe más allá del contenido de sus acciones, fueran estas buenas o malas.

Las almas de Virgilio y otros personajes ilustres no bautizados habitan en el limbo (canto IV), cuya existencia negó en nuestros días el papa Juan Pablo II, tal vez porque no se estaba nada mal allí, rodeado de eximia compañía: gentes de virtud heroica o caballeresca como el sultán Saladino, y también los sabios de otro tiempo, Aristóteles el principal entre ellos, como no podía ser de otra manera en la Edad Media y a pesar de que su doctrina hubiera recibido ya los aguijonazos del nominalismo. Tales personajes, no verán desde su posición la magnificencia del Altísimo, pero tienen mucho que contarse, así que deben pasar bien el rato eterno (oxímoron de difícil comprensión para el sentido común).

El contrapunto a las benévolas condiciones del limbo viene dado por los círculos infernales de la gente vulgar, donde se sufren diferentes tormentos según el grado de la culpa (los hay asaetados por aguijones de moscas y avispas, hundidos en excrementos, zarandeados por un vendaval, bombardeados por el granizo, lastrados por pesos…). Es aquí donde el poeta perpetra un masivo ajuste de cuentas con el tiempo que le tocó vivir: decenas de personajes reales desfilan ante las pupilas del lector para mostrar las consecuencias que sus actos perecederos les acarrearon eternamente, por veredicto de la justicia divina… O con mayor propiedad por decisión del propio Dante, erigido en justiciero que distribuye las almas de los muertos en los distintos estratos de su Más Allá literario. Todo ello con manifiesta intención edificante, pero también con tremenda mala leche –valga la expresión– porque el florentino aprovecha la impunidad de su creación para zanjar pendencias con muchos de los citados.

¿Cuáles son las faltas que más humanos arrastran a la condena eterna? Podría decirse, siguiendo a nuestro poeta, que la incontinencia (en sus múltiples facetas), la ira y la ambición. Esta última aparece en el canto VII como rasgo o pulsión esencial del ser humano, y a la vez cual fuerza ciega y destructora; de modo que la virtud consiste, en buena medida, en una lucha contranatura, opuesta a tal inclinación.

Por lo referente a los eclesiásticos, en la Divina Comedia parecen especialmente dados al pecado de simonía, tratado en el canto XIX, que sirve de excusa para una severa censura contra los vicios de la Iglesia: “vuestra avaricia contrista al mundo, conculcando a los buenos y sublimando a los malos. En vosotros, Pastores, puso su pensamiento el Evangelista [San Juan] cuando vio a aquella que domina sobre las aguas [Roma] prostituir su cuerpo con los reyes; (…) Os habéis hecho un dios de oro y de plata. Ni ¿qué diferencia hay de vosotros a los idólatras, sino que ellos adoran a uno y vosotros a ciento?”. Dante se rinde al pensamiento mesiánico: con toda esta perversión deberá acabar el “lebrel” (el Redentor, en su segundo descenso a la Tierra), cazador de la “zorra” (la Iglesia corrupta). Pero que nadie se lleve a engaño: aunque la Divina comedia rebose de alusiones a personajes eclesiásticos nefandos, ni una sola objeción expresa el autor contra la legitimidad de la Iglesia como custodia y garante del mensaje cristiano. Para el poeta, solo la maldad o la ignorancia de los hombres puede mal emplear el poder que Cristo confirió a la heredera de su mensaje.

A todo esto, ¿qué fue de Lucifer, señor del Infierno? Queda caracterizado en el poema cual remedo o farsa grotesca de un ángel: barbudo (rasgo alusivo sin duda a su carácter sexuado, al contrario que los ángeles) y con alas de murciélago (a diferencia de la legión angélica, alada como las aves). También ostenta un paralelismo nefando con la Santísima Trinidad, pues tiene tres rostros, uno rojo, otro amarillo y otro negro, colores que simbólicamente se corresponden con el odio, la impotencia y la ignorancia. Por cierto, en la boca de su cara central masca eternamente el cuerpo del traidor Judas, malo entre los malos. Junto al Maligno actúa una cohorte de demonios de distinta graduación y atributos, no faltando en la descripción de tal nómina alguna nota procaz, como en el caso de Malacoda, el diablo que “avea del cul fatto trombetta” (curiosa forma de decir que lanzaba ventosidades). Lejos de aligerarlo, estos detalles cómicos acentúan el drama de los condenados, sometidos por igual al dolor y la mofa: no hay piedad para los malditos ni humor que los conforte en su desgracia.

(Continuará)

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Una respuesta a En la mejor compañía: “DIVINA COMEDIA”, de Dante Alighieri (I-El Infierno)

  1. de que manera dante alighieri distribuye su obra?

    mika
    9 agosto 2014 at 21:46 pm

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