Diario de una estudiante en Paris: fuera del mapa (I)

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Por Anna Maria Iglesia

@AnnaMIglesia

Cuando se abrieron las puertas, aquella silenciosa y tranquila niña que había estado a mi lado a lo largo de todo el recorrido, se abalanzó con prisa, entre saltos y con mirada entusiasta, hacia la salida del metro. Detrás, con paso más lento y empujando el cochecito en el que dormía, ajeno al ruido metálico del convoy al circular por las vías, un precioso niño de pelo rizado, caminaba la madre, una joven mujer de origen africano: vestida con unos tejanos y una americana, la mujer llevaba su cabello tapado por un espléndido pañuelo de vivos colores, entre los que predominaban el amarillo y el verde, entremezclados de forma estéticamente armónica. Las prisas con las que su hija de dirigía a la salida, no debieron gustarle; su voz serena, pero contundente, resonó de pronto en la vacía estación de Porte de Clignacourt: no entendí sus palabras, no hablaba francés, pero la pequeña, de inmensos ojos negros, se detuvo de inmediato, “mais, je veux arriver très vit!”, exclamó con académico francés la niña, en un intento de justificar su huida hacia adelante. Las vi alejarse a lo largo del pasillo de la estación de Porte de Clingancourt, mientras yo, detrás, caminaba a paso lento, tenía tiempo, llegaba con demasiada antelación. El andén estaba vacío, los pocos que habíamos bajado nos dirigíamos hacia las distintas salidas que esa estación, a pesar de no particularmente grande, poseía. Desde la céntrica estación de Châtelet, el convoy se había ido vaciando progresivamente a la vez que se convertía en lugar de reunión del amplio espectro cultural que, entre muros e invisibles barreras infranqueables, convive en la capital francesa. Desde Châtelet la línea cuatro, emprendía su recorrido hacia el norte de la ciudad, alejándose del centro y del Sena, bordeado desde el subterráneo por la línea uno.

Estación Tulleries. Foto de Werner Huber.

Estación Tulleries. Foto de Werner Huber.

Conocida como la línea snob de la ciudad, la línea uno de metro número uno recorre, paralela al Sena, los enclaves social y políticamente relevantes de la ciudad, bordeando los barrios económicamente más elevados de París y conduciendo, en tan sólo pocas paras, al pasajero desde la histórica Bastilla –hoy lugar de salida para la juventud acomodada- hasta el Arco de Triunfo, frente al cual se despliegan los majestuosos Campos Elíseos. “Champs Élyssée ya no es tan elitista como antes”, me comentaron nada más llegar a Paris, “queda Cartier y alguna importante marca más, pero se ha convertido en una zona muy comercial, como podría ser Paseo de Gracia”. Es, en cambio, entre las paradas de Tullerías y Concorde de la selecta y racialmente occidental línea donde se esconde la “milla de oro parisina”, allí, en calles cuyo nombre nunca tuve necesidad de aprender, abren sus puertas, con escrupulosa arbitrariedad, las exclusivas tiendas de moda o las joyerías capaces de ofrecer piezas únicas. “En la línea uno viajan los franceses”, me comentó alguien, cuyo cinismo era tan sólo comparable a su desprecio, “es decir, los blancos, en la uno encontrarás muy poca inmigración, no cómo en la cuatro o en el RER”. Las despreciativas palabras de aquel hombre, sin embargo, describían la contradictoria y paradójica multiculturalidad de París, una ciudad en la que viven lenguas, vestimentas, creencia o rasgos faciales distintos que, sin embargo, nunca llegan a convivir. El metro, en su entrecruzado y colorido mapa, se convierte en metáfora de esta realidad: los trayectos pueden entrecruzarse, pero no convivir, condenados al fin de cuentas, a la divergencia. En Porte de Clingnacourt, los franceses de origen norteafricano son los más numerosos; la mayoría de ellos son franceses, han nacido aquí, han estudiado en el sistema francés, son franceses como cualquier otro y, sin embargo, me comentaría Estela pocos minutos más tarde, “son franceses de segunda o, incluso, para algunos ni tan siquiera son franceses”. A tan sólo tres paradas de Porte de Clignacourt, frente a la que espero la llegada de Estela, se encuentra Château-Rouge, un pequeño enclave dentro del distrito XVIII, en el que habita la más numerosa comunidad africana de París. Heredando el nombre de la parada de metro de la línea 4 inaugurada en 1908, el barrio hace alusión al castillo que nunca existió, aquél que debió ser construido, entre 1775 y 1795, y que, seguramente por la convulsión política, social e ideológica que se vivió en aquellos años, nunca fue construido.

Porte-de-Clignancourt-2

Espero frente a un local de comida rápida, en una improvisada plazuela entre el Boulevard Ornano y Rue Letort; frente a mí, un quiosquero conversa con algunos de sus clientes habituales; la puerta del local de comida rápida no deja de abrirse y de cerrarse, por ella, familias enteras entran y salen en continuación: son las cinco la tarde, demasiado tarde para el almuerzo, demasiado temprano para la cena, pero el local está abarrotado y las cuadradas cajas de hamburguesas son dispensadas con inusitada rapidez. Al contrario que en Boulevard Saint Michel, donde se encuentra otro local de esta misma cadena, aquí no hay turistas, la mayoría de los clientes son de origen norteafricano, nacidos en Francia, hablan entre sí en francés, son pocos quienes conservan sus lenguas, “algunos sólo conocen el francés”, me explicó hace algunos días un profesor de Paris VIII, “han nacido aquí y nunca han aprendido la lengua de sus orígenes, a veces son los propios padres quienes no quieren que la aprendan, quieren que sus hijos sean franceses, que el sistema los asimile, los acepte y los acoja como franceses y no como hijos de inmigrantes”. Resulta curioso, le comenté días atrás a este docente universitario cómo, por el contrario, la comunidad árabe mantiene su lengua, “ellos son inmigrantes relativamente más recientes”, me explicó, “la inmigración centro-africana es muy antigua, desde la época de las colonias, más o menos, y las generaciones más recientes, aun teniendo presente su origen, se definen como franceses, aunque luego Francia no los considere siempre como tales”; la inmigración árabe todavía es consciente de ser inmigración, si bien las nuevas generaciones hablan entre sí en francés, la lengua familiar sigue siendo el árabe, Francia sigue siendo, al menos para los mayores, un país de acogida.

Marche aux Puces

Marche aux Puces

Al llegar Estela nos dirigimos hacia el Marché aux puces, el rastro de París, uno de los rastros más grandes y con más afluencia turística de Europa. Allí, las barreras vuelven a hacerse particularmente evidente; mientras nos adentramos, un gran número de personas se nos acercan y, de forma disimulada, nos preguntan si queremos comprar un Iphone; nos lo preguntan, mientras en su mano, escondida entre la manga de la chaqueta, nos enseñan, aunque con poca discreción, el último modelo de teléfono. Pocos metros más adelante, las paradas de ropa y zapatos se multiplican a lo largo de una estrecha calle, reconvertida en pasillo comercial del mercado. Abarrotado, en el pasillo se concentra un gran número de personas en busca de zapatos, en especial, de zapatos deportivos de marcas de referencia a precios bastante bajos; “aquí es posible ahorrar entre el treinta y el cuarenta por ciento”, me comenta Estela, “no son mercancías falsas, son auténticas, pero no sé exactamente porqué tienen esos precios”; entre las paradas, encontramos una que vende velos para mujeres musulmanas, todos menos el shador y el burka, prohibido en Francia, donde se exige el reconocimiento facial de todas las personas. Junto a ella, un puesto especializado en productos de limpieza personal, desde champús y cosméticos a cepillos de dientes eléctricos; “¡no puede ser!”, exclamo al ver el irrisorio precio de los cepillos de dientes eléctricos, “¡tan sólo 7 euros!”. En aquel pasillo, paralelo a otros tan similares como idénticos, lo legal y lo ilegal se confunden, el trabajo y la supervivencia se entremezclan en una pública y sin complejos aceptación. Tras estos pasillos, aparece el Marché Dauphine: a una distancia geográfica inversamente proporcional a la distancia socio-económica del auténtico Marché aux puces, Marché Dauphine es una moderna estructura de dos pisos, en la que los turistas y

Marché Dauphine

Marché Dauphine

coleccionistas son los principales visitantes. Mientras en la primera planta, los muebles antiguos son el principal atractivo, en el piso de arriba, grabados antiguos, libros de segunda mano o de coleccionistas y ropa vintage despiertan en interés de los coleccionistas o de los heterodoxos de lo moderno y más fervientes amantes de la moda, que buscan en lo extravagante y lo exclusivo su signo de identidad. Entre libros viejos de precios irrisorios, el coleccionista encuentra primeras ediciones, obras descatalogadas o ediciones limitadas al alcance de pocos; junto a los libros, se encuentran los grabados, principalmente del siglo XIX e inicios de XX, cuyos precios oscilan en proporción al valor de unicidad e histórico de la obra.Mientras en el piso de abajo, los muebles antiguos, del barroquismo pre-revolucionario al estilo imperio, se convierten en objeto de fotografía, en el piso de arriba, las adquisiciones son frecuentes y las bolsas invaden la verde estructura del Marché Dauphine, en torno al cual pequeñas callejuelas elitizan todavía más un mercado inscrito sobre el relato abrupto de la irreconciliable división de clases. Entre las calles laterales del Marché Dauphine, muebles de diseño y curiosos objetos de decoración, entre los que puede encontrarse jirafas disecadas, aliens en formol o reproducciones gigantescas de cerebros humanos, se entremezclan con exclusivas tiendas de moda, en cuyas vitrinas se exponen antiguos diseños de vestidos y complementos de las grandes firmas: Yves Saint-Laurent, Chanel, Miu-Miu o Louboutin se mezclan, en las elegantes tiendas –ya no paradas- con piezas únicas de joyería antigua o bolsos de diseño, muchos de ellos de artesanos mediáticamente anónimos, pero reconocidos entre la exquisita clientela.

“Las francesas se mueren por tener unos Louboutin”, me comenta Estela, mientras recorremos, esta vez en descenso, la escalera social del mercado hasta su salida; “acuden al Marché Dauphine porque aquí ahorran, pues encuentran Louboutins de anteriores temporadas con precios algo más bajos”. Nos volvemos a encontrar frente a la estación de Porte de Clignacourt; detrás de nosotros caminan algunos turistas que, tras abandonar el Marché Dauphine, caminan con prisa, con los bolsos fuertemente sujetos bajo el brazo, hacia el interior del metro, refugio, lugar reconocido por un mapa en el que los nombres de las calles adyacentes nunca terminan por aparecer. “Si bajamos por Boulevard Ornano nos dirigimos hasta Château Rouge”, me comenta Estela, “tan sólo nos separan tres paradas”. Le propongo seguir la misma ruta que el metro realiza desde la oscuridad de los túneles, caminar por Boulevard Ornano hasta Simplon, seguir por Boulevard Barbes, dejar atrás Marcadet Poissioners y, una vez alcanzada, rue Poulet adentrarnos en Château Rouge. El recorrido es largo, pero todavía es pronto; comenzamos a caminar, a adentrarnos en esa otra París, tan real como desconocida, esa París que, desde el silencio de los mapas y las barreras metropolitanas, entusiasma por su autenticidad no museificada ni guionizada.

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