Diario de una estudiante en Paris: fuera del mapa (II)

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Por Anna Maria Iglesia

@AnnaMIglesia

Frente al Marché de la Chaussure todavía quedaban turistas; las zapatillas de deporte de renombre a precios irrisorios y los modelos más actuales de gafas con cristales sin certificar todavía despertaban el interés de los turistas que, con grandes bolsas, salían del Marché aux puces. Algunos de ellos, incluso, se detenían frente a la Marroquinerie Pacific, cuyo dueño, haciendo malabares idiomáticos, vendía con ejemplar habilidad maletas y bolsos de mano a turistas temerosos ante el sobrepeso con el que las desorbitadas compras les sorprenderían en el momento del regreso. En la esquina entre Boulevard Ney y Boulevard Ornano, el rastro de París llegaba a su fin; frente a un local de comida rápida, los carteles de tráfico se convierten en improvisados indicadores de ruta para los turistas, quienes ven en aquellas flechas la más clara evidencia de que, una vez abandonado el mercado, nada debe entretenerles en calles, cuyos nombres ni siquiera de detenían a leer. Mientras las dos flechas indicaban, como destino indiscutible, la céntrica zona de République, en aquella esquina el Marché de la Chaussure y la Marroquinerie Pacific trazaban sobre el mapa urbano un límite que, paradójicamente, separaba dos mundos vecinos y, sin embargo, divergentes. Tras dejar atrás los metálicos estantes con los innumerables modelos de gafas que ahí colgaban, los turistas aceleraban su paso, dirigiéndose con restringida mirada frontal hacia la parada de metro Porte de Clignancourt, situada en el Boulevar Ornano, a escasos minutos de aquella misma esquina; en menos de media hora el convoy de la línea cuatro les devolvería al centro, les dejaría en Réaumur-Sébastopol, a pocos metros de République, en Châtelet o Saint-Germain de Pres, dejando tras de sí una geografía urbana de la que tan sólo recuerdan la discordante y amurallada isla con nombre de mercado.

clignancourtEran las cinco y media de la tarde, en media hora el Marché aux puces cerraría sus puertas; en Boulevard Ornano apenas ya quedaban turistas. A pesar de ser domingo, las tiendas permanecían abiertas, sobre todo las pequeñas tiendas alimentarias que, numerosas, costean el amplio boulevard, que comencé a recorrer, junto a Estela, en un intento de conocer aquella otra París que permanece ignota desde los túneles del metro. “Si seguimos recto por Boulevard Ornano llegamos a Boulevard Barbés, donde se encuentra la parada de Château Rouge”, me comentaba Estela, mientras trataba de orientarse a través del mapa del móvil. No queríamos parecer desorientadas, no queríamos que nos consideraran dos turistas perdidas en un lugar que no les pertenecía; no éramos turistas, Estela lleva más de cuatro años viviendo en la ciudad, aunque, me confesaba mientras veía las posibles rutas, no solía venir con frecuencia por esta zona: “he ido algún sábado por la mañana a Chateau Rouge porque es cuando hay mercado y los vecinos del barrio venden sus productos de alimentación y de ropa en la calle”, me comentaba mientras comenzábamos a descender por el Boulevar Ornano”. El domingo parecía no haber llegado a aquel rincón de París, fruterías, carnicerías o pequeños ultramarinos donde encontrar cualquier cosa tenían sus puertas abiertas, junto a ellos muchos locales de comidas, bares o pequeño restaurantes familiares empezaban a prepararse para el turno de noche. Contradiciendo el tópico, a lo largo de Boulevard Ornano, así como, posteriormente, en Boulevard Barbès, los bares y cafés carecían de terrazas: sus clientes, la mayoría hombres, se concentraban en la entrada, de pie, apoyados en los muros del local, mientras que, con un cigarrillo en la mano, dialogaban con el dueño del establecimiento que permanecía en el interior, junto a los fieles parroquianos que habían convertido la barra en lugar de reunión. Mientras en los bares, hombres de todas las edades se reunían en diálogo, los niños jugueteaban en la acera, en un intento, muchas veces vano, de hacer más llevadero el tiempo de espera que les imponía las colas que hacían sus madres frente a los mostradores de las tiendas de alimentario.

Goutte d'Or (inicios 1900)

Goutte d’Or (inicios 1900)

Los majestuosos edificios que se alzaban a lo largo del boulevard revelaban el pasado histórico de aquellas calles del distrito XVIII de París, un distrito que se había agregado a la ciudad en 1860, durante el proceso de re-urbanización de la capital llevado a cabo por el Barón Haussmann, quien no sólo decidió que estas calles, hasta entonces habían conformado el ayuntamiento de La Chapelle, debían formar parte de la gran capital soñada por Napoleón III, sino que amplió el Boulevard Barbès, borrando así su fisionomía originaria para insertarlo en el nuevo París burgués de los amplios boulevares. Sin embargo, la reforma Haussman nunca consiguió aburguesar aquel rincón de París que, si bien perdió el carácter propio de una pequeña localidad de provincia, se convirtió a finales del siglo XIX en lugar de residencia para las clases trabajadoras de París. Sus calles fueron el escenario elegido por Émil Zola para su novela L’assommoir, obra en la que el autor denuncia la miseria a la que es condenada la clase obrera de París a la vez que refleja, a través de su protagonista, la desesperación que empuja a los vecinos de aquellas calles a refugiarse en el alcoholismo, narcótico frente a una realidad que ya no consiguen soportar. Tras dejar atrás la parada de Simplón, alcanzamos la de Mercadet-Poissionniers, adentrándonos así en el denominado Quartier de la Goutte d’Or, al este de Butte Montmatre, y que recibe el nombre del vino blanco que se producía en las viñas que desaparecieron tras la anexión de La Chappelle al mapa urbano. En la Goutte d’Or de hoy poco queda de aquel desgarrador retrato de Zola; si bien todavía sigue considerándose el último bastión popular de París, sus vecinos ya no son los mismos; las mejoras de las condiciones laborales para la clase obrera -unas mejoras que creímos irreversibles y que hoy la creciente declasación nos revela como una momentánea concesión- vació las calles de la Goutte d’Or, cuyos nuevos vecinos, los nuevos desclasados sociales, fueron los inmigrantes provenientes, principalmente, del continente africano. Las carnicerías halal revelan el alto porcentaje de musulmanes entre los vecinos del barrio, “cuando viví aquí”, me comenta una joven profesora de la universidad que, durante su primer año de estancia en París, vivió en una de estas calles, “me acostumbré a comer carne halal, es más blanca por el hecho de la completa desangramiento al que son sometidos los animales, pero no hay más”. La carne halal compite en protagonismo con el pollo, uno de los productos más vendidos y consumidos por los vecinos. Me paro frente a una de las muchas carnicerías y, sorprendida, le indico a Estela un cartel que cuelga en la entrada: “siete quilos de pollo por diez euros”, puede allí leerse. “Es sorprendente, ¿cómo puede ser todo tan barato?”, le comento a mi compañera de andanzas, “fácil”, me contesta, “aquí los sueldos son bajos, el porcentaje de paro es elevado y las ayudas estatales son reducidas”.

Boulevard Barbès

Boulevard Barbès

Mientras descendemos por el Boulevard Barbès, frente a nosotras una pareja de ancianos cruza con paso lento el semáforo de rue Labat; la pareja camina con confiada familiaridad por unas calles que ya poco tienen que ver con aquellas que conocieron antaño; saludan al joven dueño de la carnicería que, apostado en la entrada, espera con ansias la hora del cierre. Aquella pareja de ancianos son de las pocas que ha permanecido en el barrio, un barrio que, según las encuestas oficiales, ha padecido un rápido envejecimiento, contrarrestado por la comunidad inmigrante que, paradójicamente, ciertas encuestas se niegan a tomar en consideración. “En verdad, es un barrio joven”, me comenta Estela, “los inmigrantes son quienes tienen los hijos”, me explica, a la vez que al lado nuestro pasa una joven mujer elegantemente envuelta con un precioso vestido de colores calientes junto a cinco niños: el más pequeño cuelga en la espalda de su madre, sujeto entre una larga tela que rodea la cintura de su madre. Al alcanzar la Rue Doudeauville, nos encontramos algunas peluquerías afro; hoy domingo están cerradas, pero desde sus vitrinas es posible observar las fotografías que muestran sus especialidades. Junto a estas imágenes, en el primer plano de las vitrinas, se exponen distintas pelucas, de colores distintos, largas y cortas, rizadas y lisas: “las afroamericanas utilizan muchas pelucas”, me habían explicado en Barcelona tiempo atrás, “no las utilizan, como nosotras, en caso de calvicie, sino como complemento de belleza, para cambiar estilo o para modificar el corte de pelo”.

Tienda de telas de Château Rouge

Tienda de telas de Château Rouge

Unos metros más adelantes, al girar por rue Poulet, la parada de metro de Château-Rouge nos da la bienvenida a este pequeño rincón de pocas y estrechas calles, conocido también como el barrio africano de París. Grandes tiendas de telas invitan a perderse entre tejidos únicos y colores inigualables; pequeños y abarrotados ultramarinos venden productos directamente exportados de África central: refrescos, hierbas aromáticas, legumbres o tubérculos nunca vistos nos trasladan a una geografía distante a una cultura tan atractiva como desconocida. Con Estela nos detenemos frente algunas paradas de fruta: no es día de mercado, pero en la calle algunos vecinos reutilizan viejas cajas de cartón como mesas para exponer algunos productos. Nos sentimos observadas, sus miradas nos interrogan por nuestra presencia. Decidimos no preguntar el nombre de aquellas desconocidas frutas que los vecinos compran con envidiable familiaridad. Algunas mujeres venden brochetas de pescado aparentemente seco y luego pasado a la brasa; me resulta extraño, me gustaría preguntar cómo se come, cómo ha sido preparado. Algunas moscas sobrevuelan ante la indiferencia de la vendedora y de sus clientes; “ha habido muchas quejas por la suciedad del barrio”, me comentó en su día la joven profesora, “pero el ayuntamiento no hace nada, en verdad, a nadie le importa lo que sucede aquí”. Con Estela seguimos caminando, ya es tarde; llegamos al Boulevard de Rochechouart, frente a nosotras pasa el tren blanco que, lleno de turistas, se dirige hacia el Sacré-Coeur. En pocos semáforos, las carnicerías Alal han desaparecido y con ellas las enigmáticas pelucas de las vitrinas, las fascinantes telas, los sorprendentes ultramarinos y los familiares puestos de comida. En pocos semáforos, han regresado los turistas, con ellos las flechas indicadoras de los obligados destinos dentro de la programática ruta. Todo se ha vuelto occidental, blanco, comúnmente estereotipado. Sin apenas saberlo, Estela y yo hemos regresado al mapa, hemos reentrado en el Paris de postal.

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