El Leviatán, la zorra y el lebrel: “DIVINA COMEDIA”, de Dante Alighieri (II-El Purgatorio)

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El Purgatorio, según aparece descrito en la "Divina comedia".

El Purgatorio, según aparece descrito en la “Divina comedia”.

Por Ignacio González Orozco.

Proseguimos el recorrido de las moradas sobrenaturales, siempre de la mano de Dante, tan incrédulos de cuanto nos relata como gozosos de leerle.

Superado el Infierno (recordemos: un agujero cónico, descenso continuado donde el grado de profundidad se toma como cuantía de la infamia), el poeta emprende la travesía de su antípoda formal, el Purgatorio, montaña que aporta la esperanzadora imagen de la ascensión como símbolo de progreso moral y, sobre todo, de sacrificio expiatorio. Siete gradas lo escalonan a modo de terrazas concéntricas y en ellas hallará Dante, en el siguiente orden, a quienes restañan las heridas abiertas en su alma por la soberbia, la envidia, la ira, la pereza, la avaricia, la gula y la lujuria, con el lastre común de que todos ellos se arrepintieron tardíamente de sus faltas o fueron excomulgados en vida por ellas.

El canto I del Purgatorio presenta al guardián de estos ámbitos de punición, pagano al igual que Virgilio: Catón de Útica, tribuno de la plebe que se opuso al despotismo de Julio César. Su figura aporta otro guiño de complicidad con respecto a la Antigüedad clásica, porque, como sostuviera Tomás de Aquino, el saber precristiano contenía numerosas intuiciones dignas de pía consideración.

La condescendencia para con los antiguos maestros no impide una terca reiteración de la superioridad gnoseológica de la fe sobre el raciocinio. Buen ejemplo brinda el canto III: “Insensato es quien espera que nuestra razón pueda abarcar el infinito espacio que ocupa el que es una substancia de tres personas; (…) Hablo de Aristóteles, de Platón y de otros muchos (…).” Sin embargo, la intención de Dante es heurística: no desprecia los frutos de la observación racional de la naturaleza, simplemente revierte a la fe la noción de verdad allá donde no alcanza el bagaje práctico y conceptual de su tiempo. Los datos del estudio y de la experiencia, sostiene, no alcanzan una coherencia orgánica sin el armazón de las verdades reveladas. Por ello, la razón, representada por Virgilio y Catón, sirve para atravesar Infierno y Purgatorio, pero sólo la fe, personificada en Beatriz, da paso al cielo (canto XXVII).

Italia y sus problemas políticos y sociales retornan igualmente a este segundo ciclo de cantos, al igual que ocurriera en el Infierno. En el canto VI, nuestro florentino diagnostica los males de un país que a pesar de su atomización en multitud de pequeños estados, conservaba un sentimiento identitario como heredero cultural del Imperio romano (cuando menos en los territorios del centro y norte de la península Itálica, que mantenían instituciones de gobierno propias). La “esclavizada Italia, enfermizo albergue; nave sin piloto en la más deshecha borrasca, no ya señora de provincias, sino de mancebías infames”, sufría la brutalidad de quienes “no saben vivir sin guerra, destrozándose entre sí aquellos a quienes abriga una misma muralla y un mismo foso”. El declive italiano había tocado fondo material y moral, y era hora de la magna renovatio que Dante osaba incluir en el plan soteriológico –no siempre inteligible para el raciocinio humano– del mismísimo Creador.

Tampoco se salva de críticas una Iglesia manchada por las inmundicias de los intereses más ruines. En el canto XXXII aparece caracterizada como Leviatán, el monstruo de las siete cabezas (tantas como pecados capitales). Dante la tacha de prostituta esclava de Francia, clara alusión al traslado de la sede papal a Avignon. Pero en el siguiente canto se anuncia un cambio cercano: sirviéndonos de la terminología de otra obra danteana, el tratado De monarchia, la “loba” (el papado) tenía los días contados ante el advenimiento del “lebrel” redentor de la Cristiandad (un Mesías de dudosa identidad, tal vez Cristo en su segunda venida a la Tierra).

La mención del Leviatán, por fuerza trae a nuestra memoria su formulación teórica más conocida, la de Thomas Hobbes: el filósofo británico abogó por transferir la potestad moral del clero a un poder temporal absoluto, única instancia capaz de doblegar la ambición consustancial a la naturaleza humana, fuerza centrífuga que amenaza permanentemente el pacto social. La visión antropológica de Dante resulta mucho más benigna, pues los apetitos humanos no son en sí mismos malos, según se colige de la lectura del canto XVIII del Purgatorio: “existen en nosotros como en la abeja la propensión a labrar la miel; y estas primeras inclinaciones no merecen alabanza ni vituperio.” A juicio del florentino, no en la propia tendencia sino en su objeto reside la bondad o maldad de tales apetitos, y con la enseñanza de la virtud adquiere el hombre capacidad para discriminar entre el bien y el mal, enfocando toda la fuerza de su ambición hacia las metas más elevadas, que no por mundanas deben ser materialistas: “Este es el principio de donde se deriva la causa de vuestro merecer, según que acojáis o rechacéis las buenas o malas pasiones. Los que con su razón han penetrado en el fondo de las cosas, reconocieron esta libertad innata (…). Y puesto que todo amor que en vosotros se enciende nazca necesariamente, en vosotros reside también la facultad de reprimirlo: noble virtud que Beatriz llama libre albedrío (…)”.

A partir del tema del libre albedrío, la propuesta política que rezuman los versos del Purgatorio se asemeja en sus preceptos últimos a la del Maquiavelo republicano de los Discursos sobre las Décadas de Tito Livio. Los dos autores florentinos creen en la virtud regenerativa del poder cuando este se ciñe a los buenos ejemplos brindados por los prohombres de la Antigüedad clásica, capaces de estimular la práctica de la virtud en la reflexión autónoma de los particulares. También coinciden ambos en que la justificación del poder temporal estriba en la bondad de la ley… aunque el fundamento conceptual de la misma pueda reposar en la racionalidad y sabiduría del estadista, según Maquiavelo, o en la observancia de los preceptos dictados por Dios (Dante), una apreciación que separa las respectivas doctrinas. Derivando la cuestión, el poeta retoma el asunto de la perversión eclesiástica: con sus malos ejemplos, el papado y sus acólitos condenan a muchas más almas que las pulsiones humanas. El remedio queda enunciado en la célebre metáfora de las dos espadas: el acero del poder temporal debe administrar la ley bajo la vigilancia, exclusivamente moral, del estoque espiritual empuñado por la Iglesia, principio que más tarde prosperó en la teoría política de la Edad Moderna.

El poeta también desconfía profundamente del principio monárquico, o más bien de su carácter hereditario, pues alerta de que “Rara vez se comunica a las ramas la bondad del humano tronco: así lo ha dispuesto el que la concede, para que como don suyo se le demande.” (canto VII). Esta consideración resulta precursora del posterior Humanismo: son los actos los que determinan la ralea de la persona, no su ascendencia. Es el fin de la sociedad homérica, en la que todo –el valor, la fuerza, la dignidad… hasta la baja estofa– se transmitía por la sangre. Un principio igualitarista, valga la licencia, en una época, el siglo XIV, en que actividades antes consideradas indignas –el comercio y la producción protoindustrial centrada en los burgos– empezaban a perfilarse como motores económicos de la sociedad, y a valorarse en cuanto tales.

Como guía práctica de actuación, destinada a promover las condiciones básicas de virtud en el ámbito de lo cotidiano, Dante expone varios cantos después (XV) un claro paralelismo, si bien espiritual, entre el bien colectivo y el bien privado: “(…) si ponéis vuestro anhelo en el amor de la suprema esfera, no sentiréis ansia alguna en el corazón, porque cuanto mayor es allí el número de los que dicen nuestro bien, mayor es asimismo el que cada uno de ellos goza, y más grande el ardor en que los inflama su caridad.” Se convirtió así en lejano precedente de los socialistas utópicos, que tenían mayor confianza en la vocación de perfeccionamiento individual que en el aprovechamiento de las leyes económicas del decurso histórico; lo cual no fue impedimento para que siguiera el poeta aguardando hasta su muerte la irrupción del lebrel, con la misma fe que otros depositaron en la irreversibilidad del cambio revolucionario.

(Continuará)

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