Paseos por Madrid: haciendo democracia

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Por Anna Maria Iglesia

@AnnaMIglesia

Hay inicios imposibles. Podría decirles que son las seis de la tarde de un veraniego día de mediados de mayo y que estoy saliendo de la pequeña y encantadora librería Atticus Finch de Madrid. En mi mano llevo conmigo mi última adquisición literaria: La agonía de Francia de Manuel Chaves Nogales, reeditado por Libros del Asteroide, una editorial que en poco tiempo se ha convertido en una referencia indispensable dentro del variado y turbulento océano editorial En el escaparate de la librería, un cartel avisa que la editorial de Barcelona es la editorial del mes; los inconfundibles colores de cada uno de los volúmenes ocupan más de una repisa en la librería a la izquierda del mostrador. Hacía tiempo que quería adentrarme en la magnífica prosa periodística de Chaves Nogales; tras Julio Camba, Gaziel o Josep Pla, la lectura del autor de A sangre y fuego no podía dilatarse más, con él cerraba el círculo de aquellos liberales que, concibiendo el periodismo como un compromiso intelectual con la historia, con el presente que les había tocado vivir y con sociedad de la que formaban parte, habían dejado como legado las más extraordinarias páginas para el periodismo narrativo en castellano. Podría explicarles todo esto, contarles que al cerrar la puerta de Atticus Finch, el tedio por lo ya visto me lleva a no querer re-andar sobre mis propios pasos hasta Fuencarral, recorriendo en dirección contraria la Calle de la Palma; decido caminar en dirección opuesta, llegar hasta Calle San Bernardo y a través de ella alcanzar la Gran Vía. Una vez allí, giro a la izquierda y, media hora más tarde, ya estoy sentada sobre mi cama, con la mirada absorta en las páginas de mi nuevo libro y con la mente en una Francia cercada, a punto de ser ocupada por el ejército alemán y de que Vichy se convierta en lugar metafórico de la fractura ideológica, política y geográfica de la que, todavía hoy, la unitaria y central Francia parece no haberse recuperado. Leo a Chaves Nogales y recuerdo las palabras de aquel francés, militante desde muy joven del partido socialista, que a lo largo de una conferencia sobre los republicanos españoles exiliados en la patria del general De Gaulle, defendía con profunda convicción: “Francia siempre fue el país de la resistencia, un país de resistentes que lucharon contra el ejército nazi”. El apuntalador recuerdo de la República de Vichy por parte de unos conferenciantes, sin embargó, condenó a aquel veterano militante francés en un abismático silencio. Francia también tenía su historia.

agoniaPodría contarles todo esto, jugar con la verosimilitud y asegurarles que todo es verdad. En mi prosa no caben las mentiras, porque la verdad no existe, porque el tiempo todo lo desvirtúa y la escritura, cuan espejo alterado, todo lo deforma. Es cierto –traten de creerme, se lo suplico-, visité Atticus Finch, me apoderé de las páginas Chaves Nogales y descendí por calle San Bernardo, pero en este presente que ahora impongo, en este presente más teñido de historia que de contemporaneidad. Todo sucedió semanas atrás, cuando Puerta del Sol evocaba en mí las ansias de cambio, los deseos de reapropiarse del espacio público, de la res pública, el entusiasmo por convertirse en autores de la propia historia, en protagonistas de un tiempo en el que dejemos de ser títeres de un monstruo de rostro desconocido y economía boyante. Pocas horas después, tras haber dejado atrás los primeros capítulos de La agonía de Francia, me encontraba una vez más en Sol; y sí, digo me encontraba, porque poco queda del presente de aquellos días. Los diarios personales, al fin y al cabo, son siempre anotaciones a posteriori, escritos sobre un presente convertido ya en pasado; no se escribe desde la inmediatez, la escritura es siempre la dilatación espacial de un tiempo perdido y, finalmente, recobrado. En aquel día regresé a Sol, consciente que sólo el recuerdo de aquellos días del 2008 podía reavivar el espíritu rebelde, idealista, pero no utópico, que la maquinaria institucional había barrido bajo el asfalto de la desmemoria. En aquellos días Sol era un recuerdo, un símbolo que muchos creían muerto; algunos, con altivez y desprecio, definieron aquella reunión de ciudadanos como una conglomeración de utopistas, soñadores ingenuos de una distopía. Los pretenciosos amos del discurso se equivocaban, pero el silencio de aquella plaza, el silencio impuesto entre cinturones policiales, redadas y mamporrazos, todavía no les había plantado cara. Hoy el “todavía” de aquellos días se ha transformado en un “ahora”: Puerta del Sol volvió a llenarse de gente, de ciudadanos que alzaban sus banderas republicanas, que en su ondear pedían algo más y, sin duda, algo más importante que un cambio de forma de Estado: pedían participar, votar, decidir sobre el propio país, sobre el propio futuro.

puerta sol republica

Desde el quilómetro cero hasta el último tramo de carretera, las plazas se llenaron de las banderas de la república; quienes las hacían ondear ya no fueron llamados “utópicos”, fueron acusados de atacar la constitución, texto sagrado para algunos fieles que, sin embargo, ni siquiera confiesan el pecado de haberlo modificado entre las cuatro paredes de un templo deslegitimado y ultrajado llamado Parlamento. Desde Barcelona, regreso a la Puerta de Sol teñida de republicanismo a través de las imágenes que colapsan unas redes sociales convertidas en ágora de debate, libres de los filtros que hacen de los telediarios unos noticieros de vieja usanza, panfletos sin miramientos ni elegante disimulo. Barcelona también se tiñe de República y, como ella, Zaragoza, Valencia y muchas otras ciudades, cuyas plazas llenas de ciudadanos ni tan siquiera son mencionadas por los fieles vasallos mediáticos. La reconquista de las plazas, espacios urbanos expropiados permanentemente por quienes se creen propietarios de lo público, es la reconquista de aquella voz silenciada abruptamente en el 2004; la reconquista de las plazas es algo más que pedir la República: no se trata simplemente de oponerse al sistema monárquico, se trata de promulgarse con protagonistas de la historia, como individuos con derecho a decidir, a participar del propio presente, a no ser disciplinados títeres al compás de los hilos manejados por otros. “A rey muerto, rey puesto”: el refrán ya no es válido, como la propia constitución, el refranero también ha caducado, las verdades no son eternas.

haciendo rep.En mi mesilla de noche, La agonía de Francia ha llegado a su fin: era el 16 de junio de 1940, cuando “el mariscal Pétain empezaba a encarcelar a los hombres de espíritu liberal, a perseguir a los judíos, a maldecir a los demócratas y a pronunciar discursos contra las plutodemocracias”. Sin embargo, no fue el final para Francia, fue solo el inicio de una remontada hacia la reconquista de la democracia perdida. “Francia sabe, y no ha podido olvidarlo, que hasta ahora no se ha descubierto ninguna forma de convivencia humana superior al diálogo, ni se ha encontrado un sistema de gobierno más perfecto que el de una asamblea deliberante”, escribió Chaves Nogales como conclusión de su libro: no hay “otro régimen de selección mejor que el de la libre concurrencia: es decir; la paz, la libertad, la democracia”. Francia dejó de agonizar, ahora nuestra democracia es quien agoniza: como los franceses, tampoco hemos olvidado que el diálogo es la superior forma de convivencia y por ello, sólo por ello, salimos a las calles, llenamos las plazas, nos postulamos como interlocutores legítimos de un sistema, agónico y brutalmente herido, que solamente conoce el monólogo. Y, ahora, mientras ondean las banderas republicanas, recordando que en la verdadera democracia las estirpes, la herencia de sangre y la inviolabilidad monárquica son un contrasentido, vuelvo a mirar hacia la plaza, deslizando mi mirada más allá de las banderas, porque, al fin y al cabo, de lo que se trata es que las voces de todos los interlocutores se escuchen, de que las voces que resuenan con fuerza en las plazas no sean, una vez más, ignoradas, despreciadas por el hegemónico e impositivo monólogo gubernamental. “Cuando la mentalidad colectiva, que a mi juicio, era causa de todo, se hubiese transformado, el régimen monárquico tendría que desaparecer, y desaparecería, en efecto, de una manera automática”, escribía en los años treinta Julio Camba, alguien muy poco sospechoso de ser republicano. Camba escribía estas palabras sin conocer todavía que, tras cuarenta años de dictadura, la monarquía volvería, reconvertida en un mito de estabilidad y de democracia. Ahora, como ya decía el conservador liberal Camba, la mentalidad ha cambiado, las plazas vuelven, una vez más, a ser testigo de ello; y, en cada una de las banderas republicanas que allí ondean, se impone algo más que una discusión nominalista, se impone reconfigurar un sistema agotado, se trata de salir de la agonía. Las plazas nos recuerdan que la cuestión no es hacer de democracia, sino ser democracia. Y este es el reto que desde Sol hasta el último quilómetro que no podemos ni debemos eludir.

 

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