Palíndromo (I)

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Entropía

 

Por Juan Carlos Vicente. Apareció una mañana con un niño pequeño de la mano. Allí, frente a la puerta, como si ese hubiera sido siempre su sitio. Inmóviles, con la lluvia empapándoles y resbalando por sus manos entrelazadas.

Habían llegado en un Ford desvencijado con manchas de óxido en la carrocería. Sobre el barro, las rodadas del coche se llenaban de un agua oscura y sucia. Él los hizo pasar al interior de la casa, hasta el salón que usaba para hablar con los clientes. Les dijo que se sentarán y, tras decirlo, retiró del sofá varios catálogos de trabajos propios y ajenos despejandola superficie y los colocó de cualquier manera sobre la mesa, junto a la taza de café que se estaba tomando cuando los vio llegar.

"...las rodadas del coche se llenaban de un agua oscura y sucia"

“…las rodadas del coche se llenaban de un agua oscura y sucia”

El niño tendría no más de dos años, la mujer una cicatriz que atravesaba su rostro diagonalmente, desde el músculo epicraneal hasta el masetero profundo, sin tocar el párpado, interrumpiendo su recorrido en la cavidad y continuando en el orbicular del ojo. La cicatriz había detenido su edad, concentraba el tiempo en la hendidura del recorrido, fosilizado, su historia grabada en la piel como un secreto público.

Sintió cierta vergüenza por el desorden existente. Catálogos y bocetos y fotografías de tatuajes esparcidos por toda la estancia, colgando de las paredes con chinchetas de colores llamativos, sobre la mesa en la que comía, desbordándose de cualquiera de las superficies de los muebles que albergaba el salón.

La mujer permanecía en silencio, el niño sentado en su regazo, callado. Egon se preguntó si de verdad estaban allí, si eran reales. Finalmente se dirigió hacia ellos y entonces la mujer habló.

— No tengo dinero.

No entendió las palabras, el contexto en el que habían sido pronunciadas, así sin más, sin ninguna concesión a un diálogo preliminar.

— No tengo dinero— repitió.

Giró una silla y se sentó apoyando los antebrazos en el respaldo, frente a ellos, intentando entender a qué se refería la mujer. Tenía cierta experiencia en situaciones extrañas. Mujeres y hombres que aparecían de madrugada, perdidos, desorientados por psicodélicos de diseño que subían por el camino pedregoso desde la playa hasta llegar a su casa en plena noche. Clientes extraños que reclamaban su tiempo y su trabajo buscando el tatuaje perfecto, que recorrían cientos de kilómetros en coche y avión hasta llegar a la isla, su isla en cierto modo, con la esperanza de poder comprar con dinero sus habilidades con la aguja. Decidió que le encantaba la cicatriz de la cara, una herida perfecta, una costura que parecía unir dos partes incompletas y profundas.

 

 

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