Hacia una ética animalista

Por Ignacio G. Barbero.

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Criadero ilegal en la Comunidad de Madrid, donde el Seprona y la FAPAM rescataron 323 perros. ©Justicia Animal

La pregunta no es “¿pueden razonar?” ni “¿pueden hablar?”, sino “¿pueden sufrir?” – Jeremy Bentham

En las últimas semanas he leído y vivido con dolor numerosos casos de maltrato a animales no humanos: las corridas de toros de las Fiestas de San Isidro y de otros muchos lugares de España, las granjas nacionales de conejos en las que éstos son diariamente torturados, la multitud de caballos vejados, heridos y muertos en el Rocío, los cachorros de gato descuartizados que fueron encontrados cerca del Hospital de La Paz en Madrid, los criaderos clandestinos de perros que encierran a los canes en jaulas minúsculas durante meses y después los trasladan a los “felices” escaparates de las tiendas de mascotas, el negocio sucio de la compra y venta de animales, etc. Sólo expongo hechos que han sucedido -o han sido descubiertos- durante un corto período de tiempo y que han tenido eco en algunos medios de comunicación; es lógico pensar, por tanto, que hay muchísimos actos deleznables abandonados en el tintero y que, además, se dan un gran número de prácticas cuestionables en nuestro día a día de las que ni yo ni otros nos damos cuenta.

Si seguimos este razonamiento, sólo podemos concluir que no nos enfrentamos al comportamiento aislado de un grupo determinado de personas, sino de la moral al uso de nuestra cultura. Una moral que discrimina, instrumentaliza y violenta otros seres sensibles por activa y/o por pasiva. Personalmente, no comprendo cómo es posible hacer daño consciente y voluntariamente a otro animal ni, tampoco, qué motivos justificables mueven a hacerlo. Ahora bien, mi rechazo a este comportamiento es sólo una reacción emocional subjetiva ante una costumbre humana incompatible con mis principios. Es claro que no puedo obligar a alguien a sentir lo mismo que yo ante los mismos sucesos ni convertir en deber y obligación universal ese sentimiento.

Sin embargo, lo relevante aquí no es mi voz u opinión, sino el dolor de los oprimidos y olvidados, de los tratados siempre como medios y nunca como fines en sí mismos. Ellos no pueden revelar su sufrimiento con palabras, aunque giman, griten y muestren signos físicos que lo atestigüen. Estas señales de padecimiento nunca serán vistas, de todas formas, si no queremos verlas, si no asumimos la insobornable y plena individualidad de cada de uno de los sujetos maltratados y, en consecuencia, comenzamos a considerar su evidente interés en vivir tranquilos y no padecer dolor al mismo nivel que el nuestro.

La cara oculta del Rocío

Caballos en El Rocío. Imagen de este año de “El refugio del burrito”

Este necesario cambio de visión implicaría una extensión del grupo de seres que tenemos en cuenta a la hora de actuar, es decir, del conjunto de individuos con el que nos identificamos y al que nos comprometemos estrictamente no dañar. Un paso ético y social difícil de realizar, pues suele ser pospuesto en base a que distrae de luchas “más importantes y prioritarias” o, sencillamente, despreciado por “innecesario e irrelevante”. Un rechazo crítico que se ha dado en numerosas ocasiones a lo largo de la historia con otras muchas intenciones emancipatorias de individuos reprimidos y que, en este caso, resulta sonoramente intenso. Esta intensidad parte, a mi juicio, de una incomprensión general de los principios que sostienen esta ampliación del campo de consideración moral, de un prejuicio esencial. Se tiene la idea de que la igualación ética del ser humano a otros animales rebaja su estatus, lo humilla y lo sitúa al nivel de seres manifiestamente inferiores. La discriminación por razón de especie, el especismo, aquí se manifiesta en todo su esplendor, ya que al argumentar así definimos una jerarquía ontológica natural y necesaria que se fundamenta en criterios arbitrarios de difícil justificación objetiva (¿por qué el raciocinio determina la superioridad en el mundo animal, como tradicionalmente se supone, y no el poseer cuatro patas o tener plumas? ¿Qué significa ser “superior”?).

No, no se pretende “devaluar” al ser humano como especie, sino crear unas condiciones materiales de existencia que permitan asegurar una vida digna, libre de sufrimiento y explotación, a todos los individuos sensibles, entre los que se encuentran, también, los individuos del homo sapiens. El reconocimiento de la igualdad de los intereses básicos de todo ser sensible es la clave de bóveda de esta nueva ética libertadora. La capacidad de sufrir, y el hecho de que sufrimos en numerosas ocasiones la enajenación de nuestra dignidad, nos iguala.

Ahora bien, del dolor en concreto de otros seres sensibles, incapaces de romper sus cadenas por sí mismos y sin ninguna obligación natural de servirnos, somos responsables. La realidad, cruda y cruel, muestra que los animales no humanos han sido despojados por sus explotadores de todo derecho a una vida vivible, de todo bienestar plausible. Los explotadores somos, en este caso, nosotros y los derechos a la libertad y a la ausencia de dolor son indudablemente suyos. Reconocernos como culpables de estas violencias es parte necesaria del progreso hacia una nueva ética. La reflexión consecuente habrá de llevarnos a un cambio de hábitos con el que abrazaremos sin excepciones ni excusas la afinidad de intereses de todos los seres sensibles. Así, respetando en nuestros actos sus intereses en no ser heridos, nos haremos cargo de no vulnerarlos, de no usurpar su integridad física y su autonomía, de no comportarnos con ellos como si fueran meros útiles a nuestro caprichoso servicio y, en definitiva, de no ser cómplices en prácticas que sistemáticamente los maltrata física y/o psicológicamente. Un compromiso práctico que pondrá sobre la mesa, a la vista de todos, el sufrimiento de los oprimidos y olvidados; una nueva manera de estar en el mundo que salvará muchas de esas silenciadas vidas.

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Una respuesta a Hacia una ética animalista

  1. Hola!

    Me identifico con tus palbras, no esperaba encontrar un artículo tan bueno. Muchas veces el ser humano se devalua él sólo por sus acciones contra los demás seres.

    Debemos de cambiar nuestro pensamiento y tener un enorme respeto hacia los aniamales.

    Marta
    11 julio 2015 at 9:01 am

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