La virtud de enseñar sin coaccionar: “TAO TE CHING”, de Lao Tse

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Lao Tse camino del retiro, representado en un antiguo manuscrito chino.

Lao Tse camino del retiro, representado en un antiguo manuscrito chino.

Por Ignacio González Orozco

Lao Tse significa en chino “Viejo Maestro”. La explicación de este apodo viene dada por una leyenda acerca de su nacimiento: quiso la tradición que fuera hijo de una virgen, y parido por la axila izquierda de la mujer tras 80 años de gestación. Fue causa eficiente del parto un rayo de luz que penetró por la boca de su madre, mientras descansaba bajo un ciruelo. Nació con los rasgos de un viejo, el rostro arrugado y los cabellos y la barba de color blanco, tal como se le representa en la iconografía china; su senectud era símbolo de innata sabiduría.

El Lao Tse más real vivió a caballo entre siglos VI y V a. de C, pero poco se conoce de su biografía. Bibliotecario del reino de Zhou, en el oriente de China, acumuló grandes saberes y descolló por su prudencia sobre los hombres de su tiempo. Hacia 490 a.C. decidió abandonar la vida pública y se retiró a las montañas del Himalaya, de las que nunca regresó. Cuando iba a franquear las fronteras chinas, el aduanero Lin Yinxi le pidió que plasmase por escrito los principios de su doctrina, señal de que esta había alcanzado notoriedad en el país. Lao Tsé le dictó entonces su testamento espiritual, el Tao Te ching, título que debería traducirse al castellano con un enunciado más extenso: Libro de la virtud y del camino.

El Tao Te ching es un libro breve, apenas consta de 81 máximas. Su enseñanza se centra en el Tao, o camino que el ser humano debe seguir para alcanzar la felicidad, tanto en el trato con los demás humanos (su dimensión social) como en la relación con la naturaleza (su dimensión cósmica). Pero cabe recordar que “El Tao que puede ser expresado/no es el verdadero Tao./El nombre que se le puede dar/no es su verdadero nombre.” No se trata de una cosa tangible ni de una regla deducible, sino de un principio inmaterial que inspira el universo.

Según el Tao Te ching, el orden natural se basa en la acción de dos fuerzas cósmicas, la positiva y la negativa, sendas manifestaciones del Tao. Aunque parezcan opuestas, estas realidades se complementan íntimamente entre sí, y reciben los nombres de yang (principio luminoso y activo, propio de la masculinidad) y yin (oscuro, pasivo y femenino). Así pues, todo se compensa con su opuesto: la vida con la muerte; el placer con el dolor. Es más, no habría vida sin el juego complementario del yin y el yang, en el sentido más físico del término. Las contraposiciones aparentes sólo son aspectos, manifestaciones parciales de la unidad cósmica superior. No hay un estado superior a otro. Todo adquiere su valor en el marco global del Tao.

Al no tener entidad material ni conceptual, el Tao no viene dado, sino que se alcanza. ¿Cómo? A través de la meditación. El taoísmo es una doctrina ascética: sólo a través de la práctica de la espontaneidad y de la introspección individual se alcanza la sabiduría que nos hará felices. Y cuando el alma entiende la armonía entre los opuestos, alcanza un estado de gozo místico, denominado Tô, que como el Nirvana búdico no puede ser expresado mediante un discurso lógico; solo cabe esbozarlo de modo impreciso, con auxilio de metáforas.

En la práctica, ¿cómo adecuarse a ese camino o principio general que rige el Universo? La respuesta de Lao Tse es muy simple: la armonía se obtiene mediante el wu-wei (literalmente, “no hacer”). Sin embargo, esta inacción no debe confundirse con la pasividad; con el no-hacer-nada del pasotismo contemporáneo. El taoísmo no es la filosofía de los perezosos o de los pusilánimes. La inacción predicada significa no contravenir con los propios actos los principios rectores del cosmos. Dicho de otro modo: el no-estorbar.

A la hora de poner en práctica esta norma general del wu-wei, ¿cuáles son las acciones humanas que no contradicen el Tao, desarrollo armónico de los sucesos naturales? Un primer consejo prescribiría el respeto a la naturaleza, concebida como un todo en el que cada una de sus partes ejerce una función necesaria. El ser humano también es una de esas partes, con igual dignidad que las demás, y no el escalón superior del conjunto por el solo hecho de disponer de una inteligencia racional. La humanidad debería renunciar al dominio instrumental de la naturaleza, con el cual sólo se persigue la satisfacción de apetitos contrarios a la pervivencia de ese todo unitario.

De lo anterior se colige la primera virtud del seguidor del Tao: no es dominador ni pretende poseer más que lo imprescindible para subsistir.

El mismo rechazo a la dominación se trasplanta a la esfera social. El seguidor del Tao obrará por amor a este, incluso por encima de las limitaciones que la ley o la costumbre puedan interponer a su acción. En nuestra sociedad, y no digamos en antiguos tiempos, la práctica de esta norma podría resultar desastrosa para quien la siguiera al pie de la letra: el hombre feliz que tenga hambre debe tomar la fruta del árbol… ¿aunque para ello penetre en la propiedad privada? La respuesta sería: en un mundo regido por el Tao, los seres humanos sólo atenderían a la satisfacción de sus necesidades de un modo justo e inmediato, sin caer en el vicio de acaparar que conlleva la propia noción de propiedad. En esta respuesta se aprecia el sentido subversivo del no-hacer predicado por Lao-Tse, que implica no atender los prescritos que dificultan la satisfacción de los impulsos primarios del ser humano.

Ergo, segunda virtud del seguidor del Tao: es libertario e igualitarista en asuntos referidos al orden social. Extraemos del libro: “Cuando los ricos negociantes prosperan/mientras los granjeros se arruinan;/cuando los gobernantes dilapidan/en armas en vez de en salud;/cuando la clase alta es extravagante e irresponsable/mientras los pobres no tienen a donde ir;/todo ello es latrocinio y caos./No es permanecer en el Tao”.

Como no pretende domeñar las fuerzas de la naturaleza, sino hermanarse a ellas, ni descubrir el modo más indicado de gobernar la ciudad más allá de un sentido común adecuado a los principios unitarios del cosmos, el taoísta tampoco se inclina hacia el conocimiento teorético, que a su juicio esconde intenciones perversas. Las palabras son las herramientas de comprensión de las ciencias y de la política; del pretendido saber que nos conduce a la falsedad. El Tao no es un camino para iniciados, su mensaje es tan sencillo que todos los seres humanos pueden entenderlo. Y no será universal la iluminación, pero con el recurso de la conducta espontánea pueden seguirse los cauces del Tao y alcanzarse altos grados de felicidad.

Así pues, tercera virtud del taoísta consecuente: carece de inquietud especulativa y se conforma con el sentimiento de plenitud que conlleva la conciencia de pertenecer al Tao.

No oprimir, no servir, no divagar. Estas tres actitudes se resumen en una virtud esencial: la humildad. En el taoísmo, modestia individual y sumisión al Tao informan la clave última de la felicidad. Y de este modo quedó expresado en el Tao Te ching: “Producción sin posesión,/acción sin imposición,/evolución sin dominación.” Ni siquiera el maestro pretende crear escuela, porque “(…) se contenta/con servir de ejemplo/sin imponer su voluntad./Señala, pero no horada.”

Por último, cabe destacar que la felicidad no sobrepasa en el taoísmo una dimensión intimista. No se trata de una ilusión mesiánica, porque carece su mensaje de una promesa utópica o de regeneración histórica. Lao Tse se abstuvo de predicar el fin de ninguna era corrompida que fuera a sustituirse por un tiempo mejor. La virtud y la felicidad son bienes personales e intransferibles que cada individuo debe alcanzar por sí mismo, y que nunca perderán su valor ni su intensidad por mal dados que vengan los tiempos.

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Una respuesta a La virtud de enseñar sin coaccionar: “TAO TE CHING”, de Lao Tse

  1. Siempre vienen bien este tipo de textos que promueven el taoísmo y permiten que la gente conozca otras cosas.

    Te quería corregir un pequeño matiz. Has dicho que “Al no tener entidad material ni conceptual, el Tao no viene dado, sino que se alcanza. ¿Cómo? A través de la meditación”. Esto es falso. Al Tao se llega actuando de acuerdo con el universo, espontáneamente, fluyendo a través del wu wei. Precisamente, ese “tener que hacer algo para llegar a la verdad” va en contra de la esencia del Tao. La meditación puede ser una vía, pero no es un ejercicio cuya práctica se recomienda, es algo accesorio y que siempre tiene que surgir de forma natural, no como en otras filosofías que sí es algo esencial y predominante.

    Los tres libros más importantes del taoísmo son el “Tao Te Ching”, el “Zhuang Zi” y el “Lie Zi”. El más interesante escrito por un occidental es “El camino del Tao” de Alan Watts.

    Gracias por el artículo.
    Un saludo

    anónimo
    15 junio 2014 at 18:32 pm

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