Majareta

majaretacoverPor Gema Nieto @GemaNieto81

Majareta (Ellen Forney, La Cúpula, 2014)

Somos hijos del Romanticismo. En muchos aspectos culturales, artísticos y psicológicos, nuestra época es heredera todavía de ese periodo literario del siglo xix que tanto condicionó las vidas de los personajes históricos y en el que grandes genios como Baudelaire, Rimbaud, Lord Byron o Poe se ocuparon muy bien de definir y dejar bien atadas para los siglos venideros las características que debía poseer obligatoriamente toda mente creadora: a partir del Romanticismo, el artista sería sólo aquel individuo torturado, excéntrico, melancólico, de vida apasionada y tendencias depresivas o incluso suicidas, el loco, el solitario. El poeta maldito. El genio tocado por el don envenenado de las musas. Cualidades como el equilibro, la mesura, la razón o la felicidad quedarían desdeñosamente relegadas a las personas vulgares y corrientes, los mediocres, los aburridos, los no visionarios.

Este ideal del artista atormentado y desquiciado ha llegado hasta nuestros días y aún nos influye en nuestra imaginería y concepción del mismo, pero, ¿existe una verdadera relación entre los trastornos de ánimo y la genialidad? ¿Tratar de curarse o de contrarrestar estos accesos enfermizos supone rechazar una creatividad que parece venir de la mano de la locura y dejar de ser especial y brillante para convertirse en una persona normal, aburrida, sosa?

majaretaPese a todo, formar parte del club al que pertenecieron Van Gogh, Virginia Woolf o Sylvia Plath supone pagar un alto precio, a veces incluso con la propia vida. Ellen Forney, la autora de Majareta, comienza a intuirlo desde que poco antes de cumplir treinta años la diagnostican enfermedad bipolar, es decir, periodos de agitada sobreexcitación mental e hiperactividad vital alternados con episodios depresivos. Ella también es artista, dibujante en su caso, y se siente tocada por ese don que compartieron tantos genios pero a la vez sopesa sus inevitables consecuencias en su día a día, se enfrenta a una realidad que poco tiene que ver con sus románticas ideas preconcebidas sobre la enfermedad mental y baja los síntomas (reconocibles por todos los que han sufrido o conocido de cerca un trastorno semejante) al terreno de la prosaica cotidianidad: el sentimiento de soledad, la tristeza paralizante, la falta de motivaciones y ganas de vivir, la confesión a familiares y amigos, el autorreconocimiento, las interminables sesiones de terapia en las que nada parece avanzar, la preocupación por medicarse y los incómodos efectos secundarios de las medicinas, el coste económico que se añade a todo lo demás… Pero también, junto a todo ello, atravesándolo, surge lejano pero reconocible el tímido destello de la recuperación.

Solapado con el dilema de medicarse o no, de alcance más práctico, surge la cuestión puramente filosófica de raíces románticas: ¿el sufrimiento es una maldición o una fuente de inspiración para profundos trabajos artísticos? ¿Es necesario el sufrimiento para producir arte, o en todo caso un arte mejor? Sin el dolor y los traumas de muchos artistas el mundo se habría perdido sus obras y creaciones. ¿Sería lícito pues no querer desprenderse de un sufrimiento que es tan productivo?

La depresión, concluye Ellen tras muchas tribulaciones, no es divertida, y el trastorno bipolar parece asemejarse más a un castigo que a un don divino. La locura deja de ser excitante cuando aporta tantos factores negativos a la rutina cotidiana. Querer tener paz y equilibrio, rendirse al deseo del descanso mental y espiritual, no supone necesariamente sucumbir a una vida aburrida. Llegar a esta conclusión puede ser un camino arduo que requiere también de cierta iluminación para desprendernos de visiones románticas e injustas. Alcanzar el equilibrio y la tranquilidad sin despreciarlos, conservar pese a todo la creatividad y la pasión sin teñirla de sufrimiento, es quizá la aspiración de toda alma sensible, torturada o tocada por ese don maldito de la creación artística. Y es el camino emprendido por Ellen Forney a lo largo de estas páginas, que aportan, siempre con mucho humor y un dibujo amplio y claro, semejante al trazo de Alison Bechdel, una eficaz terapia tanto para la propia autora como para los lectores, aquellos que se acercan vírgenes a un tema tal vez algo idealizado debido precisamente a su desconocimiento o aquellos que alguna vez se han sentido pertenecientes al Club Van Gogh y han buscado la compañía de sus miembros y la empatía y comprensión del resto.

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