Tolstoi y el sentido de la vida

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Wittgenstein tenía fama de leer poco, pero con profundidad. A diferencia de otros filósofos y pensadores en general, sus obras no están salpicadas de referencias y alusiones a las obras de otros, y quizá por eso mismo, cuando de pronto aparece un nombre, el lector tiene también la sospecha de que se trata de una mención importante y con cierta frecuencia Wittgenstein mismo lo confirma: por ejemplo, cuando toma libros como La rama dorada de James George Frazer o la Teoría de los Colores de Goethe y morosa, paciente, exhaustivamente, anota las ideas que desde su lectura se relacionan con su propia filosofía.

Esta cualidad de Wittgenstein como lector nos sirve ahora para recalar en un escritor que aparece poco en su obra y que sin embargo fue decisivo: León Tolstoi. Según la anécdota, Wittgenstein se encontraba en Tarnów, una ciudad al suroeste de Polonia, junto con el ejército austriaco, con el que se había enlistado para pelear en la Primera Guerra Mundial. Ahí dio con una pequeña librería en donde según parece vendían únicamente un título o este fue el único que el filósofo encontró de su interés: El Evangelio abreviado de Tolstoi. Wittgenstein lo adquirió y a partir de septiembre de 1914 comenzó a leerlo, con tanto fervor, que memorizó más de un pasaje y, más importante aún, el libro fue como la llave que le permitió entrar al mundo del misticismo para intentar comprenderlo, algo que había querido desde sus lecturas de William James, Kierkegaard, Angelus Silesius y San Agustín.

¿Por qué Tolstoi provocó lo que ninguno de estos autores? Quizá porque al menos en este asunto, el ruso escribía desde la experiencia y la lucidez, una combinación poderosa que a veces hace la diferencia entre el escrito que se lee y se olvida y aquel que conmueve. En las últimas décadas de su larga vida, Tolstoi transitó hacia una zona intelectual colmada de preguntas y pocos ámbitos de respuesta. Las recompensas de este mundo —la celebridad, el dinero, la reputación— le satisfacían tan poco como las elaboraciones intelectuales de la ciencia y la filosofía, en especial cuando intenta explicar la razón de escribir o, más profundo aún, el sentido de la vida.

De esta profunda crisis existencial se deriva el libro Confesión, cuya factura acusa el dilema escribir o matarse. Afortunadamente el vigor literario de Tolstoi era más fuerte y al final elaboró una compleja indagación sobre las razones por las cuales la vida vale la pena de ser vivida.

Mi pregunta —escribe Tolstoi— era la más simple de todas, una que se encuentra en el alma de todo ser humano, desde el niño más ingenuo hasta el viejo más sabio. Una pregunta sin cuya respuesta no se puede vivir, y que yo encontré en la experiencia. “¿Qué será de lo que estoy haciendo hoy o de lo que haré mañana? ¿Qué será de mi vida entera?” Dicho de otro modo, la pregunta es: “¿Por qué tengo que vivir? ¿Por qué tengo que desear o hacer?” También puede expresarse así: “¿Hay algún sentido en mi vida indestructible para la muerte inevitable que me aguarda?”

Como se ve, la búsqueda que Tolstoi se impuso no era sencilla, pero paradójicamente era (sigue siendo) urgente. ¿Pero dónde encontrar la respuesta? ¿No se trata, como en el tópico existencialista de Camus, de una labor absurda como la de Sísifo? ¿No es una pared con la que se han enfrentado, en cierto momento, todos los hombres y mujeres que alguna vez han existido? Posiblemente, pero, como demostró Tolstoi, eso no nos exime de elaborar nuestra propia respuesta.

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Tolstoi buscó entre la filosofía y la ciencia, también en la seducción del hedonismo, pero finalmente se decantó por la vía del ascetismo, de la vida pura y sencilla, esa simpleza propia de la vida en sí, tal y como se observa en los ciclos naturales, en el equilibrio perfecto entre las plantas y el suelo del que se nutren.

Mi conocimiento, confirmado por los sabios, me ha mostrado que todo en la Tierra —orgánico e inorgánico— está dispuesto con inteligencia —solo mi propia posición es estúpida. Y esos tontos —las enormes multitudes— no saben nada de cómo se arreglan lo orgánico y lo inorgánico, pero viven, ¡y les parece que su vida está inteligentemente dispuesta!

A partir de ahí el argumento del ruso se complejiza aún más, tal y como lo pide la naturaleza de las preguntas, y luego de optar por la solución ascética (aunque desde su propia visión de mundo) dedica una buena parte de su exposición a los ofrecimientos de la fe religiosa, en especial del cristianismo, de donde toma algunos elementos para construir la respuesta que buscaba. La cual, después de todo, podría parecernos sencilla, quizá obvia y redundante, pero no debemos perder de vista que como la vida en sí, como en “la historia de los dos que soñaron”, su trascendencia radica en el movimiento, en el ir de un punto a otro para arribar y percatarse que en ese tránsito se consiguió algo, muchas veces algo que se sabe y que sin embargo no es posible decir, como si ese tipo de conocimiento traspasara las fronteras del lenguaje y aun así fuera para nosotros claro y evidente:

Entendí que si quería entender la vida y su significado, no podía llevar la vida de un parásito, sino vivir una vida real y —tomando el sentido dado a una vida de humanidad real y fundiéndome a mí mismo en esa vida —entonces verificarlo.

Wittgenstein cerró su Tractatus Logico-Philosophicus con la célebre sentencia: “De lo que no se puede hablar, mejor es callarse”. Pero poco antes también escribió:

Para una respuesta que no se puede expresar, la pregunta tampoco puede expresarse.

No hay enigma.

Si se puede plantear una cuestión, también se puede responder.

Quizá, después de todo, el caso de Tolstoi no sea tan extraordinario, y cualquiera de nosotros, si se plantea la pregunta, también pueda responder cuál es el sentido de su propia existencia.

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