Jodidos trenes…

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Por Juan Luis Marín. El sueño se repite una y otra vez.

Estoy en la estación.

En el andén.

Como siempre, he llegado antes de tiempo.

Así que una vez localizado el vagón y número de asiento, después de dejar la maleta en el portaequipajes y comprobar que faltan veinte minutos para que salga el tren, bajo de él y enciendo un cigarro.

Poco a poco van llegando los otros pasajeros.

Con más o menos bártulos.

Con más o menos prisa.

Más o menos guapos.

Nunca me ha importado quién tendré sentado junto a mí. Y esta vez no es diferente. Creo en los encuentros casuales. Incluso en los milagros. Tanto que me incomoda la sola idea de ser víctima de uno. Sobre todo si tienen lugar cuando no hay tiempo para acostumbrarte a ellos. Porque sea imposible regresar al día siguiente. Y así, al manifestarse, exigen de ti que tomes una decisión. En mitad del VIAJE. Cuando ya habías elegido un destino.

¿Qué sentido tiene cambiar de opinión si el tren ya está en marcha?

Lo único que puedes hacer es esperar a llegar allí y entonces, si acaso, coger otro.

Perdiendo tu billete de vuelta.

O regresando con el que ya tenías, pero cargando equipaje extra a tus espaldas.

Del que tendrás que dar explicaciones.

Y aunque hubo un tiempo en que lo hice como un bellaco, he de admitir que ya no sé mentir.

O que no me da la gana hacerlo.

Así evito meterme en líos.

Y un problema menos.

Puede que piense en esto mientras fumo.

O no.

Eso no es lo importante.

Porque lo que me distrae es la llegada de un tren en el andén contiguo.

Unos van…

Del que empieza a salir gente.

Otros vienen…

Como un tsuami…

La madre que los parió…

Atrapado entre ellos, con el humo que entra en mis pulmones ejerciendo de lastre para no ser arrastrado ni perder el equilibrio, sobrevivo a la estampida y a la mala hostia. Porque ALGO que flota entre ellos, que pasa junto a mí con la sutileza de un parpadeo pero la contundencia de una patada en los huevos, me congela la sangre y los músculos.

Un perfume.

Un latigazo.

Que se pierde entre la multitud tan rápido como llegó.

Pero ha dejado ALGO impregnado en mi ropa.

Mi pelo…

Mi ALMA.

Cuando reacciono ya es tarde.

Porque la multitud ha desaparecido tras las puertas y los únicos que quedan en el andén son cuatro empleados del servicio de limpieza de la estación…

Y un imbécil.

Unos van.

Yo.

Otros vienen…

Mi tren también se ha marchado.

Y algunos se quedan donde estaban.

Por gilipollas.

 

(Fragmento de LO QUE NO SE OLVIDA, una novela en construcción del menda lenrenda)

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