El Liceu, Ferrer Lerín y el periodísta melómano

Categoría: + Comunicación |

Por Anna Maria Iglesia

@AnnaMIglesia

Presentación de Mansa Chatarra en La Calders

Presentación de Mansa Chatarra en La Calders

Llegué con algo de retraso, ya no quedaban asientos libres y los asistentes, seguramente retardatarios como yo, permanecían de pie, rodeando el pequeño escenario de la librería La Calders de Barcelona. Nada más llegar me encuentro con Martí Sales, “Francisco Ferrer Lerín es sin duda el mejor poeta de su generación”, me comenta Martí, autor de Dies feliços a la presó y gran traductor, mientras sostiene en sus manos uno de los libros del poeta que lucen en uno de los anaqueles de la librería. Martí, insiste, “Ferrer Lerín es excepcional”; su mirada apasionada se dirige ahora hacia el escenario, allí está el precisamente el poeta dialogando con el periodista Ignacio Echevarria entorno a Mansa Chatarra, la última obra de Ferrer Lerín publicada por los amigos de Jekyll&Jill; se trata de una serie de prosas breves escritas a lo largo de distintos años y que tienen como eje central el sueño, lo onírico y el desdoblamiento del yo. Una prosa intimista, sin excesos retóricos, y con la profundidad que sólo puede estallar en la sencillez y pulcritud de la palabra, una prosa en la que la experiencia del yo rompe los márgenes de la realidad empírica para encontrar en la ensoñación, como ya vislumbró el teórico francés Gaston Bachelard, el filtro y, a la vez, la clave de lectura de la realidad más cotidiana y de nuestro ser más inconscientemente desconocido. Las nueves llegaron pronto, más de una hora de interesante conversación no falto de ironía y anecdotarios, una conversación en la que la creación literaria se despojó de toda institucionalización y de todo academicismo –“la crítica siempre lo complica todo”, comentó el poeta- recordando a la audiencia que allí estábamos que, al fin de cuentas, lo realmente importante es la literatura y la fruición estética que esta despierta. Como suele pasar en todas las presentaciones verdaderamente literarias, terminado el acto oficial las conversaciones continuaron después, entre cervezas y algún que otro cigarrillo a las puertas de la librería, disfrutando, aunque cada vez con más tedio, de un estío que no quiere dejar paso a las temperaturas otoñales. Allí estaba a Rubén Martín Giráldez, con quien había coincidido pocos días antes en la presentación de Lo que a nadie le importa de Sergio del Molino; autor del breve ensayo Thomas Pynchon. Un escritor sin orificios, me hablaba con entusiasmo de los editores de Jeky&Jill, con quien había publicado su primera novela Menos joven. Estuvimos merodeando por los anaqueles, interesándonos junto a Isabel Sucunza, la librera, de las novedades: Kundera, la nueva colección de ficción de Turner, Max Besora… Le comenté a Rubén que, apenas unos días antes, una gran lectora de Pynchon me había confesado que tenía su ensayo en el altar que tiene dedicado en su biblioteca al escritor norteamericano, “¡Qué bien saberlo!”, exclamó, “ya no sé si se encuentra en las librerías, pero siempre es satisfactorio saber que alguien lo tiene, que lo ha leído y disfrutado”.

calders

Faltaban unos diez minutos para que el reloj marcara las diez y media, cuando salimos de la librería; mientras nos dirigíamos hacia Ronda Sant Antoni, nos encontramos con Gonzalo Torné que ya se estaba despidiendo de Ignacio Echevarría y que se sumó a nuestro recorrido de regreso a casa. En nuestro caminar, estuvimos discutiendo acerca de la comicidad de José y sus hermanos, una de las grandes novelas de Thomas Mann que ni tan siquiera el auge de la novela histórica ha podido revitalizar. Rubén le confesó a Gonzalo que acababa de comprarse su primera novela Lo inhóspito: “no”, exclamo de inmediato Gonzalo, “no es una buena novela”, pero no nos convenció, “es difícil pensar que alguien que ha escrito la extraordinaria Hilos de sangre pueda haber escrito una mala novela”, le respondí cuando ya llegábamos a Plaça Universitat. Allí nos separamos, yo tenía la intención de ir directamente a Plaça Catalunya a buscar el ferrocarril, pero el encuentro inesperado de unos amigos me distrajo. Iban a tomar algo por el Raval, decidí acompañarlos, pero cuando ya habíamos caminado lo suficiente y ellos habían encontrado el lugar idóneo para las últimas copas, el cansancio me pudo. Llevaba ya tres cervezas y el estómago vacío, era mejor retirarse, así que decidí volver, subiendo por las Ramblas, reconvertidas en parque temático para un turismo en constante degeneración estética y cultural. En pocos minutos alcancé el Liceu; majestuoso, testigo resistente de un tiempo que parece haber llegado a su fin. Me paré a contemplarlo, las luces iluminaban el cartel que anunciaba La Traviata de Verdi; recordé todas aquellas tardes en que mi madre, sentada en el salón, escuchaba con absoluto deleite la opera de su compatriota. Recordé las notas que durante toda mi infancia sonaban en el pasillo de casa, provenientes del despacho de mi padre, quien trabajaba, entre viejos manuscritos, al son de Bach o de Mozart. Regresan todos estos recuerdos que nunca dejaron ningún poso en mí; frente al Liceu me reconozco una auténtica ignorante en música clásica y en opera. Cuando ya decido retomar mi camino de regreso, veo que del Liceu sale el periodista Rubén Amón, lo reconozco de inmediato; tengo la tentación de acercarme, de decirle que sus artículos sobre música son de lectura cotidiana; quisiera decirle que con sus artículos, mi madre vive desde la distancia aquellas óperas y aquellos conciertos a los que no es posible acudir, decirle que leí con devoción su artículo El misterio de Glenn Gould y que me fascinó Wittgenstein, decíamos, casi tanto como a mi madre su artículo en homenaje a Karajan. Tengo la tentación de acercarme y decirle que sus artículos han ocupado afortunadamente el vacío que dejaron las crónicas de Agustí Fancelli, el gran cronista de Barcelona, melómano apasionado, que con sus textos nos introducía en la magia del Liceu, nos hacía viajar hasta Bayreuth o Peralada.

Todo queda en intenciones; vuelvo a caminar Ramblas arriba; mientras recuerdo todas esas tardes transcurridas en casa de Agustí Fancelli, junto a su hija, compañera de clase y de viaje desde que teníamos seis años. Recuerdo esa casa con jardín en Escoles Pies, el gran piano de cola que se imponía en el salón del piso de abajo, rodeado por infinitas estanterías llenas de discos y de ensayos sobre música clásica. Recuerdo que en esa casa llena de discos y libros me enamoré del periodismo cultural, me enamoré de la posibilidad de escribir acerca de las obras y del arte de los demás; entusiasmada escuchaba las anécdotas del Liceu, escuchaba a mi amiga hablar de Manuel Vázquez Montalbán, amigo de familia, cuyos libros poco después devoré con avidez y admiración. Recuerdo que fue en esa casa en la que se me dio la oportunidad de ir al Liceu: la primera vez fue en el Concurso Vinyas, fui con Anna y con su padre; recuerdo esa sensación de estar inmersa en una realidad novelística de la que no quieres salir, la sensación de ser un personaje de una novela de Edith Wharton, un personaje perdido en una trama que no le pertenece. Volví a Liceu junto a Anna dos veces más, hace ya algunos años; ignorante en música, sin oído –viene de familia- en mi memoria permanece la dulce impresión de la transposición musical, del goce ignorante, pero goce, que despertaba en mí aquella melodía entre las nobles paredes de ese teatro no abierto a todos. Sentada ya en el ferrocarril, repasé las horas previas, unas horas marcadas por la prosa poética de Francisco Ferrer Lerrín, por las conversaciones literarias con Rubén Martín Giraldez, por su entusiasmo por Pynchon –“un día quiero hablar de los chistes malos de Pynchon”, me comentó-, por la inteligente agudeza de Gonzalo Torné –“el problema es que la gente lee José y sus hermanos en forma demasiado recta”-, por los encuentros inesperados en la confluencia de calles que te llevan a perderte por callejuelass rabalescas y por los recuerdos, creídos olvidados, que regresaron frente al Liceu. En los próximos días, leeré la crónica de Rubén Amón sobre La Traviata, la leeré yo y la leerá mi madre, quien se dejará transportar hasta una butaca del Liceu en la inexplicable inercia de la lectura. Leeré el artículo, me recriminaré por mi ignorancia a la vez que me reconfortaré al recordar los artículos de Agustí Fancelli, al recordar las tardes de infancia transcurridos junto a su hija en su casa, al saber que el gran cronista y excepcional melómano tiene un digno sucesor.

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