Ficción perpetua, de Jose María Merino

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Por Ricardo Martínez.

José María Merino: Ficción Perpetua

Menoscuarto, Palencia, 2014.

Un escritor que, en verdad, lo es, ha de tener conocimiento serio, crítico y razonado no solo de la materia teórica que le es propia, la literatura, sino también de la obra de otros autores.

Nadie viene regalado, menos aún el conocimiento de la materia literaria (exige dedicación, trabajo, estudio), de ahí que resulte lógico que el obrero, el autor, conozca el material con el que trabaja. Un escritor, al fin, no difiere de la labor de un artesano. El escritor trabaja, sencillamente, con palabras, y el canon implícito que justifica la razón del discurso.

También, creo, debe conocer la labor de otros autores. Si bien es cierto, una vez más, que no es tan importante lo que se dice sino cómo se dice, la obra de los otros ilustra y alumbra en la tarea propia. De ahí la importancia del leer, resaltada por tanto ilustres escritores. Cabría decir, incluso, que todo gran escritor ha conocido la obra, de sus antecesores cuando menos. En tal sentido hay escritores que podrían servir de ejemplo: Thomas Mann, Eliot, Ciorán, Auden, Coetzee, Magris, Jorge Guillén…

El libro que nos ocupa (prolongación, si acaso, de aquella ‘Ficción continua’) es buena muestra de un trabajo fecundo en este sentido. José María Merino no solo ha reparado, para ello, en la ‘naturaleza y las reglas del canon’, sino también en aquellos precedentes suyos que habrán guiado, en una u otra medida, su labor.

Resulta oportuno señalar, así, cómo, al reparar en la obra teórica del profesor García Gual, destaca hasta qué punto “la novela fue un género de aparición tardía -tal como éste resalta-, una especie de ‘epopeya de la decadencia’, y sin embargo –estima nuestro autor- resulta decisivo para entender lo que pudiéramos considerar una inicial conciencia individualista y hasta civil”, algo trascendental en la significación del texto narrativo.

Pero novela implica ficción –toda narración, de hecho, lo implica- circunstancia que nos lleva a reparar, ahora, en el origen, buscando apoyatura (según su atinada interpretación) en “el simple desarrollo oral, uno de los instrumentos originarios de la humanidad para intentar entender el mundo, acaso el primer método que los seres humanos hemos utilizado en procura de dar explicación a lo que somos y a la naturaleza de la extraña, impenetrable y hasta caótica realidad que nos rodea”

Si a ello unimos las consideraciones acerca de la obra tan ricamente imaginativa de Cunqueiro, las precisiones de Lagmanovich acerca del género, tan actual y recurrido, del microrrelato o la aparición del “primer personaje literario llamado Brown” -lo que le lleva a valorar la obra de Chesterton  señalando que, “al margen de las obsesiones religiosas y sus contradicciones entre Razón y Fé –o precisamente por ellas-, crea -en los relatos que tienen como protagonista a ese personaje-  un mundo literario verdaderamente particular y misterioso”, comprobaremos hasta qué punto su recorrido como lector y estudioso resulta fecundo para el lector actual

En fin, un libro rico en formación e información; todo lo que el lector pretende encontrar, no tanto para desvelar lo intrincado de los argumentos de la trama en algunos textos, sino, lo que es mejor, para mejor entender los argumentos-secretos de una trama más cercana, su propia vida.

 

 

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