La llave dorada de Carlos Almira

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La llave dorada de Carlos Almira

Carlos Almira Picazo, La llave dorada. Talentura, Madrid, 2014, 175 págs. 14€

Por Carlos de la Fé (@carlosdelafe)

Carlos Almira Picazo no es un recién llegado al cuento, ni al microrrelato. Es un honor para el llamado cuarto género narrativo contar —nunca mejor dicho— con un autor como Almira entre sus filas. Mucha falta le hace al benjamín —en todos los sentidos— de la literatura en breve artistas que con su labor “desliteraturizan” la literatura, esto es, la desnudan de ropajes teóricos que solo sirven (no es poco pero) para disquisiciones académicas.

En su primer libro de relatos, Almira también optó por la minificción. En aquel volumen, Fuego Enemigo, ya se atisbaba que, como dice Manuel Moyano en el prólogo a La llave dorada, «Caben pocas dudas de que Carlos Almira figurará entre ellos», entre esa «legión de acólitos» que segrega el microrrelato y que «solo el tiempo dirá quiénes fueron dignos de él».

En La llave dorada disfrutaremos de 121 microrrelatos en la más amplia y exacta acepción de ambas palabras, disfrutar y microrrelatos. Con los textos de Almira viajaremos a épocas, mundos, culturas y lugares para los que necesitaríamos más de 121 vidas. Son, en definitiva, regalos, trozos de eternidad envueltos en palabras.

Desde el primer cuento Carlos Almira empieza a dejarnos miguitas de pan con los títulos. “Ana Karenina” abre la serie que termina con “Fragmento de una vida”. Solo con esos dos cuentos ya tenemos Historia e historias para rato. Los personajes que deambulan en esas páginas van desde el propio Tolstoi pasando por Nabokov hasta el duque de Alba, el Papa León o un tal Menochio del que dudamos de que sea una invención de Almira o si fue el mismo que terminó en una hoguera, en otro país, reconociendo que se había «burlado de la Fe» (muy mal hecho, señor Menochio).

Pero de eso se trata la literatura, de dar visos de realidad a la ficción, o viceversa. La verosimilitud tan necesaria solo se logra con una técnica refinada, con oficio, con dedicación, para conseguir que lo difícil parezca fácil. De esto sabe mucho (mejor que nadie) el maestro Ángel Olgoso, cuando dice que «la brevedad es el molde más apropiado para mi estilo de cincel y escoplo; para mi método de trabajo, deudor de la artesanal taracea granadina, tesela a tesela, palabra a palabra». Almira es también, como cualquiera que se dedique a la escritura, deudor de genios del arte de las letras como Olgoso, y con él coincide en el uso de la fantasía como punto de partida para muchos de sus textos, como en “La gente pequeña”, “El testigo” o “Carmen en la tarde”, estos dos últimos con esas presencias siempre extrañas para ojos humanos como son los gatos, con sus costumbres y lentitudes, con sus posturas y sus estiramientos que parecen estar un poco del lado de allá.

Envolver en palabras la vida y amasarla hasta que toman la forma de un microrrelato no es fácil. Lo saben bien quienes los escriben, no tanto quienes los leen y confunden brevedad con simplicidad. El problema, entonces, es que en la propia pregunta está la respuesta, y eso es poesía, o sea, microrrelato, o sea, literatura. No es cuestión de matemáticas ni de que un relato tenga tantas o cuántas palabras. No es tan simple como juntar monemas, morfemas, sílabas, palabras, frases, computarlas, contarlas y contar.

En un mundo donde las prisas y el consumismo son marca de la época, dejarse llevar por un relato de no más de una página y sumergirse en las vidas posibles de otras personas es, repito, un regalo. En La llave dorada hay más de 121 vidas, más de 121 historias porque en ocasiones en un solo cuento habitan decenas de personajes y, por tanto, de posibilidades.

Pero, un consejo: no los lean todos de golpe, no quieran vivir esas vidas todas a la vez. Ya supondrán que es imposible, que se saturarán. Es como leer 121 novelas en un día. Que no les engañe su brevedad. En uno de los cuentos más cortos de este volumen, “Matriuskas”, «El ángel guarda algo en una caja», y 48 palabras después, alguien abrirá esa caja desandando el camino, descabezando a las matriuskas, y entonces, quizá, ese ángel que guarda no sea —o sí— el ángel de la guarda.

El consejo lo trasmite mejor una de las maestras del género, Ana María Shua, cuando compara un libro de microrrelatos con una caja de bombones de la que debemos tomar unos pocos cada vez si no queremos empacharnos. En el caso de La llave dorada es más que recomendable seguir este consejo a rajatabla, pues, como se ha dicho, las vidas que pululan por sus páginas son tantas y tan ricas que querremos saber más de ellas, porque Carlos Almira, con la maestría propia de los orfebres, nos deja siempre con un regusto en el paladar, con una curiosidad en la mirada, con unas ganas de conocimiento que solo es posible transmitir cuando se es un maestro, en la literatura y en la vida “real”.

Ejemplos hay más de 121 en este libro. En “La flecha y la semilla”, estamos en el Sáhara, en Madrid, de manos de Camus, y en el siguiente cuento, “El porvenir”, estamos buceando por los pasillos de la Biblioteca de Alejandría. Unas páginas más adelante asistimos como voyeurs a los que quizás sean los últimos momentos de vida del papa Alejandro VI en San Ángelo. Y así uno tras otro.

Cuando empiecen a leer La llave dorada no querrán parar. Si, desatendiendo el consejo, se los tragan todos cual bombones, habrán dado la vuelta al día en 121 mundos. Si deciden leer uno por mes, les convido a vernos de nuevo el 26 de noviembre de 2024, exactamente dentro de 121 meses, y ya me cuentan.

 

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