Lecciones sobre creatividad deArvo Pärt

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La creatividad es una fuerza extraña. Como la fuerza física, la fuerza de nuestros músculos, todos la tenemos, pero cada cual a su manera. Una extrañeza que en cierta forma se explica porque, a fin de cuentas, se trata de un medio, de un vehículo. Hoy es destino de veneración cultural, se nos dice cómo fomentarla y ejercitarla, cómo dejar que surja y se manifieste, cómo mantenerla viva, pero con cierta frecuencia en esos elogios se olvida mencionar una acotación importante: que la creatividad es la vía de expresión, no un fin en sí mismo. Ser creativos para, en cierta forma, ser quienes somos.

En 1978, el compositor estonio Arvo Pärt ofreció una entrevista con motivo del estreno inminente de su Dreiklangskonzert (conocido también como “Concierto italiano”), una pieza para violín, chelo y orquesta de cámara que después de su primera interpretación para el público, Pärt comenzó a reescribir sin que hasta ahora se conozca si existe ya una versión final.

Ivalo Randalu fue quien guió la conversación, la cual discurrió en torno al proceso creativo de Pärt. Como muchos de nosotros, Randalu también expresa su asombro por las obras del compositor y a partir de este lugar rodea el enigma, quizá menos con el intento de descifrarlo que de situarlo frente a sí para mejor observarlo.

Ivalo Randalu: Recuerdo que cuando llegaste [al conservatorio], en 1954, traías contigo muchas partituras en blanco y comenzaste a escribir un concierto para violín. Después tuviste un bello preludio a la Rachmaninov cis-moll, del cual te deshiciste un año después. Cambiabas siempre, emergían nuevas cualidades. Eso te llevo a tu primera sinfonía en tu segundo año de conservatorio. Y todos los collages de esa época. Y después tuviste que volver de nuevo. ¿Qué era eso que te hacía cambiar y moverte tanto?

Arvo Pärt: Pienso que quizá los ideales que escoltan y acompañan a un ser humano durante su vida. O, digamos, los maestros, si es posible llamarlos así. Uno tiene muchos maestros. Un maestro puede ser el presente y las personas que lo rodean —digamos que ciertos maestros de escuela pertenecen a eso. En cierto momento, un ser humano está dentro de esas condiciones y se sintoniza con ellas. Y de pronto descubres a otro maestro para ti mismo —digamos, el pasado. Los grandes hombres del pasado, todos los tesoros culturales de pasado. Puede suceder que alguien se vuelva ciego para todo lo demás y adapte su vista únicamente para el pasado. Y este, ciertamente, influye a un hombre, le da un nuevo matiz a sus acciones. Además, quizá exista el mayor maestro de todos, es decir, el futuro —o, digamos, la consciencia. Verte a ti mismo: lo que realmente quieres ser. Lo que no eres, pero cómo quieres ser visto. Podemos decir que es como un futuro al que queremos llegar. ¿Es lo suficientemente claro? De la manera en que un animal o, digamos, un niño, elige su comida.

Como vemos, ya desde el inicio Pärt despliega la potencia de su visión de mundo. La creatividad exige maestros, no cabe duda, pero llama la atención que uno de los más importantes sea el moi-même. Eso que realmente somos. Eso que queremos. Eso a lo que nunca renunciaríamos. Eso que a veces desplazamos, soterramos, posponemos pero que, al final, sería lo que único que haríamos con pasión auténtica. “Conócete a ti mismo” como un motto de la creatividad.

Más adelante, Randalu pregunta a Pärt sobre sus primeras composiciones a propósito de la “vergüenza” que al parecer siente por sus propias obras.

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R.: Dime, honestamente, ¿no te gustan? ¿Te son desconocidas?

P.: No, no desconocidas. No tengo una opinión formada sobre mis propias composiciones, en especial esas que escribí hace tanto. No tengo ningún contacto con ellas. He perdido intimidad, el calor del cuerpo. Son como aves que volaron lejos después de ser empolladas. A veces algunas parecen volver, porque a veces pasa que escuchas una interpretación o que miras la partitura. En general intento olvidarlas. Ha pasado que quiero mejorar cierta composición y no funciona. No puedo regenerar el espíritu, el modelo que me dominó mientras componía el original. Es muy importante limpiarte a ti mismo, olvidar todo antes de empezar una nueva composición. Y no artificialmente. Solo cuando estás vacío puede surgir algo.

La entrevista continúa sobre el trabajo de Pärt desde un punto de vista histórico: la música compuesta para determinadas circunstancias, tal o cual pieza en relación con su corpus general e incluso ciertas elecciones técnicas de su estilo.

Sin embargo, es posible que el mejor momento sea ese en el que ante la reticencia del compositor (“En general no hablo mucho. Ahora mismo no estoy inspirado. Hablemos de algo más”), Eleonora, la esposa de Pärt, inicia un ejercicio que oscila entre la asociación libre y el flujo narrativo del diván, un inesperado ritual propiciatorio para una obra nonata:

P.: (Hace con su algunos oscuros movimientos en el aire) Bueno, si es eso…

P.: ¿Qué es “eso”? Pero quizá no has comenzado a escribir, sino a bailar. Dime, ¿”eso” es…? ¿Qué sonido es?

P.: ¿Qué sonido?

P.: ¿Qué color tiene ese sonido?

P.: Azul.

E.P.: ¿Qué tipo de azul?

P.: Azul brillante.

P.: ¿Casi blanco?

P.: Sí.

P.: Bien, por fin hemos conseguido algo. ¿Eso vuelva, salta o camina?

P.: El sol brilla ahí, pero no lo vemos.

P.: ¿Estamos ciegos?

P.: No, no estamos ciegos. Nuestro espíritu se alarga por este color y esta luz y quiere volar hacia él. Quisiera ir de inmediato…

P.: ¿Qué lo ata? ¿Qué colores lo agobian?

P.: Está encadenado.

P.: ¿Pero se libera?

P.: ¿Cuál es el sentido de vivir si no crees en liberarte?

R.: Y aún así, de hecho…

P.: ¿De hecho qué?

P.: Claro que se libera.

Esta ceremonia de preguntas directas y respuestas cortas continúa un poco más hasta alcanzar una pausa conclusiva, con la cual también nosotros podríamos detenernos. Una frase muy en el estilo de Pärt: concisa y al mismo tiempo emotiva, elocuente en su parquedad, mínima y aun así inabarcable:

P.: Entonces, ¿qué es la felicidad en música?

P.: La felicidad es la misma en todos lados. En música y en donde sea.

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