Islandia como espejo que nos avergüenza

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Por Eloy V. Palazón

¿Qué nos lleva esta vez a Islandia? Una comparación nefasta, que nos avergüenza, que nos hace sonrojar. ¿Qué es la Islandia de La Veronal? Un espejo que nos hace reír, pero que cuando nos paramos a pensar un instante es entonces cuando nos percatamos que lo que nos da risa es este país de pantomima en el que vivimos. La narración de un fracaso. Las comparaciones son odiosas, y mucho más si lo hacemos poniendo frente a frente la gestión de la crisis económica por parte de los gobiernos de España e Islandia, y, algo que nos atañe mucho más a nosotros como ciudadanía, la actuación de la población ante esas medidas económicas. Nosotros asentimos y ellos son capaces de llevarles la contraria a sus dirigentes, incluso llevarlos a juicio y condenarlos. Nosotros fuimos serviles, ellos valientes.

Por delante de nosotros pasan numerosos personajes y eventos que nos mantienen preocupados, antes que lo verdaderamente perentorio: la duquesa de Alba, el Pequeño Nicolás, la votación del 9N, Artur Mas… Todo está ahí, con una cara escabrosa, como aquellas que ponen los miembros destacados de la familia Pujol, otro orgullo patrio.

Danza

Al principio de la coreografía, antes de desembarcar en Islandia, los países desfilan por el escenario, representados mediante gestos, en algunas ocasiones de forma cómica y accesible para todo el público y en otras tan específicas del mundo de la danza como que Bélgica estaba representada por un fragmento corto pero reconocible de Piano Phase de Steve Reich coreografiada por la belga Anne Teresa de Keersmaeker. Un juego de disociación entre el significado y significante que en ocasiones nos deja a la espera, pero que el tiempo de la obra nos arrolla. Un cuestionamiento de la imagen y el concepto subyacente que nos desborda.

A los países les sigue una serie de personajes, como los ya nombrados, en presencia de un jurado islandés, como aquel que juzgó a sus políticos. Parece sacado de un programa de talentos donde no dejamos de asombrarnos por el esperpento. Todo entreverado con una de esas historias del Conde de Torrefiel que siempre nos deja pensativos y descolocados.

En realidad, Islandia no deja de ser un manifiesto metadancístico, un texto (bailado) programático sobre la danza. La danza es como un paisaje nórdico o como una alfombra persa. Una simplificación de lo complicado que es la vida. Pero no una simplificación hacia lo sencillo sino hacia el cuestionamiento.

No sabemos, como dice en una ocasión el propio jurado, cuánto de esta Islandia que se pudo ver este fin de semana en Barcelona forma parte de la Islandia de 2012, pero eso carece hoy de importancia. En su concepto es potente pero no es la obra más “visual” de La Veronal.

Evidentemente, no dejan de estar presentes Björk y Sigur Ros, de quienes Manuel Rodríguez bailó, casi como una última concesión para aquellos que pensaran que a lo largo de la obra no había suficiente danza, un contundente final.

De esta manera, finaliza el Festival Salmon en El Mercat de les Flors.

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