Gran teatro en el cine con “La señorita Julia”, según Liv Ullman

Por Horacio Otheguy Riveira

Una versión cinematográfica espléndida del primer gran drama social de la historia del teatro. Un drama entre ama y criado, atravesado por una pasión sexual que aprovecha la licenciosa Noche de San Juan para jugar a un juego de placeres encendidos que en realidad no desean.

Es afuera, en el mundo de los campesinos y los criados donde estalla la alegría del amor y su libertinaje preferido. Pero en la película no se les ve, sólo se les escucha. En la película solamente deambulan los cuerpos y las palabras heridos de muerte de dos personajes de enorme interés, interpretados maravillosamente por Jessica Chastain y Colin Farrell, bajo la dolorosa mirada de Samantha Morton.

 

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 La señorita Julia, del sueco August Strindberg (1849-1912), se estrena por primera vez en 1890: escándalo en la corte y en los burgueses que llenan los teatros.

Por primera vez la lucha de clases estalla en sus narices en forma de una pasión sexual oscura y terrible, nada liberadora, nada placentera, entre una aristócrata desolada en un caserón regido por su padre y el único hombre que tiene a su alcance, un criado excelente, apuesto, viril, que la adora desde que eran niños, que la desea desde que tiene uso de razón, pero que una vez que consigue cubrirle el cuello de besos y abrir sus blancos muslos, corre a lavarse el pene manchado de sangre y a pedirle perdón…

Todo ha sucedido sin desnudos completos, con la parcialidad justa de la urgencia que les ha derrotado a los dos, seres abandonados a una suerte sórdida que deambula entre un dormitorio austero, largos pasillos, y sobre todo en una cocina impoluta, perfectamente organizada por la novia del criado, una cocinera religiosa que clama al cielo por la indecencia de los amantes que han roto todo lazo con el orden establecido, ese orden que ella y el criado necesitan para mantenerse en pie, “si los amos pierden su decencia, qué será de nosotros, qué guías tendremos para seguir con nuestra vida”.

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Liv Ullman fue pareja muchos años de Ingmar Bergman (1918-2007), ambos gente de teatro y de cine, y éste tenía pasión por esta obra, que dirigió varias veces y que en 1985 inauguró el VI Festival de Teatro de Madrid. En aquella versión el maestro presentaba a Julia con una decidida voluntad de hacer valer su condición de ama dominante bien embutida en un provocador vestido rojo, bajo el cual palpitaba un corazón vaginal que en realidad no tenía: sólo la dominaba la avidez de destruir cuanto tenía…

En esta película escrita y dirigida por Liv Ullman, no hay tal vestido rojo, sino uno azul que atrae al criado precisamente por su ingenuidad, por su virginidad absoluta. Una seducción desde la torpeza, desde la melancolía de una niña que no acaba de crecer, que nunca crecerá porque está paralizada en un trauma de infancia que se ve en el prólogo. Prólogo y epílogo creados por Ullman para trazar un mapa de La Señorita Julia que no se parece a ningún otro (hay más de diez versiones para el cine), y que se desliza por la pantalla con una gran fuerza emotiva y distante a la vez, hasta estallar en el tramo final:

 

La soledad y la melancolía de la señorita Julia se deben al hecho de que no le apetece vivir y no sabe cómo poner fin a sus días. Se encuentra con dos personajes, y construye mental e inconscientemente un plan que podría ayudarle a alcanzar la muerte. El hombre no es el verdadero seductor, ella le empuja a hacerlo. También es una obra sobre la necesidad de ser escuchados: las escenas en las que cada uno intenta que el otro le escuche son cruciales. Por mucho que se hable, el interlocutor solo escucha lo que le apetece oír.

 

Ullman ha escrito un guión modélico respetando esencias de la obra original y aportando un material de gran valor.

Entre las novedades que no están en el texto, tiene especial importancia  el carácter protagónico de la cocinera (Samantha Morton: miradas y posturas corporales que conmueven, explican y difunden el drama social de la obra). Mientras en el texto es un personaje secundario de mero apoyo para algunas resoluciones dramáticas, aquí es el eje sobre el que giran los temores y las decisiones de los personajes, la mujer fiel a su condición social respetuosa de la autoridad también religiosa.

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MISSJULIE_HELENSLOAN_DSC8050.nefLa puesta en escena maneja un contraste que enriquece la historia: un paisaje tan hermoso como desolado rodea la encerrona de los personajes y es acompañado por la música celestial de Schubert y otros románticos que, de manera muy medida, con apariciones muy puntuales, aporta también en las secuencias de interiores un sentimiento de ternura amorosa que nunca se brindarán los personajes.

La elegancia de todos los elementos externos sirven a La Señorita Julia el contexto precioso y preciso para que sus protagonistas trabajen con gran libertad creativa sus impresionantes personajes. Así, Jessica Chastain ha de vérselas con un estado agónico desde la primera aparición, desarrollando con extrema sutileza el quiero y no quiero de todos sus pasos hasta que alza en alto un cuchillo y se vuelve amenazante.

Por su parte, Colin Farrell logra el mejor trabajo de su carrera, aprovechando al máximo los matices y las contradicciones de su bravío criado, siempre actuando como si en realidad fuera su amo: con una educación y una compostura que sólo se rompe atrapado en la vorágine impuesta por su querida señorita…

[Entre las últimas representaciones teatrales en España destacan ampliamente, una nacional y otra brasilera. La versión española contó con la escenografía y producción de Andrea d´Odorico, y la dirección de Miguel Narros, maestros recientemente fallecidos. Los protagonistas fueron María Adánez y Raúl Prieto, logrando una atmósfera de creciente tensión sexual hasta la escalofriante aparición del amo haciendo sonar la campanilla que suena en la cocina. 

La versión brasilera fue un modelo excelente de adaptación a nuestra época combinando teatro y cine de un modo muy original. Una producciónque pasó por Madrid unos pocos días, aprovechando una gira internacional: Julia].

 

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