Yo soy escritor

Categoría: + Comunicación |

 

Por Anna Maria Iglesia

@AnnaMIglesia

Allí estábamos, en un bar de Malasaña, esperando que llegasen las nueve de la noche para ir a escuchar a Juan Gómez Bárcena en Los diablos azules. Lo habían invitado a leer fragmentos de sus prosas, de sus relatos y de su novela El cielo de Lima, con la que acababa de ganar el Ojo Crítico. Juan es el escritor del grupo, a pesar de que no es el único que escribe; “yo no soy escritor”, me decía hace apenas una semana en Barcelona un amigo, “yo sólo soy alguien que ha publicado unos relatos y que ahora está intentando escribir su primera novela”. ¿Y esto no significa acaso ser escritor? “Hay quienes no necesitan afirmar que son escritores, todo el mundo los reconoce como tales, otros en cambio aunque insistamos no se nos reconoce igual”, añadía mí amigo, para quien el ser reconocido como escritor tiene más que ver con el consenso social que con la verdadera dedicación a la escritura. “No se trata de escribir, sino de que seas reconocido por ello. Juan, merecidamente, ha conseguido este reconocimiento: el Premio Ojo Crítico, las favorables reseñas… son muchos los factores que han contribuido a que nadie dude de que es un escritor, de que su oficio es el de la escritura”.

escritorY efectivamente, Juan es el único que cuando se presenta se define como escritor, todos los demás, a pesar de contar con obras publicadas se presentan escondiéndose tras otra profesión, “la profesión que nos paga el alquiler”, matiza uno de los allí presentes, pero “¿no se puede tener dos profesiones?”. “Ingenua”, parecen decirme con sus miradas, “cuando te has consagrado se te perdona todo: escribir en periódicos, cobrar sueldos astronómicos por dar conferencias o charlas banales en festivales varios… de lo contrario, no eres más que alguien que se divierte con la escritura y a quien, con suerte, le han publicado un libro”. Entra en el bar Paco Bescós, lo conocí hace algunos meses, “soy publicista”, me dijo la primera vez que nos vimos, no me comentó nada de que por entonces estaba corrigiendo las galeradas de lo hoy es su novela, El baile de los penitentes. No fue hasta nuestro tercer encuentro que Paco me habló de su pasión por la escritura y me regaló su libro, “¡entonces eres novelista!”, pero mi exclamación sólo suscitó en él una sonrisa irónica, “si tú lo dices…”. Parecía no reconocerse en esta definición, “no es que no me reconozca”, matizó, “es que nadie diría que soy escritor, sólo tengo una novela en el mercado”. Junto a Paco está Eduardo Laporte, hace unos años publicó Luz de noviembre por la tarde y desde hace un tiempo, y con enorme discreción, trabaja en una próxima obra; siempre habla de sí mismo como periodista, nunca le he oído describirse como escritor, rehúye utilizar para sí mismo ese adjetivo públicamente y, sin embargo, en la intimidad de las conversaciones su ser escritor aflora sin prejuicios, de forma natural habla de su novela y de sus proyectos. “¿Para qué decir que soy escritor si nadie me considera tal?”, me decía tiempo atrás ese mismo amigo de Barcelona que hoy está atrapado en la escritura de su primera novela, “¿a qué sirve decirlo si la única respuesta que tendré es una mirada irónica, falsamente complaciente?”. Dos días antes, había conversado por mensajes de móvil con otro amigo acerca de su próxima novela; “yo soy escritor”, me dijo como si yo lo pusiera en duda. “Lo sé”, le respondí, pero él insistía, a pesar de que no lo necesitara: cuatro novelas le avalan literariamente, “sí, pero para muchos sigo siendo sólo un periodista”, comenta con frecuencia con melancolía. El día siguiente de esa conversación me encuentro con él; estamos en un bar de Madrid, cerca del Instituto Cervantes: juega a mostrarse seguro, pero la impostura se hace visible a pesar de él, la inseguridad se percibe en la insistencia. “Puedes estar orgulloso”, le dije aferrándole la pierna, “no le des más vuelta”; no confío demasiado en el efecto que puedan causar mis palabras, él me da las gracias, pero ¿acaso he conseguido yo algo? Las invitaciones de algunas universidades para dar conferencias tampoco son suficientes para disuadirle de la necesidad de reafirmarse como escritor; “no necesitas decir que eres escritor, es evidente que lo eres”, me gustaría poder decirle, pero sé que mis palabras son banales, no servirían de nada puesto que, como decía aquel amigo en Barcelona, “mientras los demás cuestionen tu oficio como escritor, mientras los demás discutan tu ser escritor, todo resulta absurdo”.

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Hace un par de años, Almudena Grandes, una escritora que no sólo no merece presentación sino a quien nadie discute su oficio como narradora, describía a sus semejantes, a sus hermanos escritores como personas “exigentes, perfeccionistas, obsesivos, capaces de dejarse arrebatar por una ficción originada en ellos mismos, de vivir dentro y fuera de su propia vida durante años, persiguiendo una imagen, una idea, el exacto significado de una palabra”; los diferenciaba de los denominados autores mediáticos, puesto que ellos, sus “hermanos”, “no salen en la televisión, no son famosos, no tienen más presencia pública que las fotos de las solapas de sus libros”. Paco Bescós y Eduardo Laporte tampoco salen en televisión, mi amigo de Barcelona no tiene presencia pública y, sin embargo, ellos tampoco parecen ser merecedores de aquellos elogios, pues a ellos nadie parece incluirlos entre los autores “exigentes, perfeccionistas, obsesivos, capaces de dejarse arrebatar por una ficción originada en ellos mismos”. Releo el artículo de Grandes, Elogio a la literatura llevaba por título, pero ¿elogio de qué literatura? ¿De aquella que algunos han decidido a través de plataformas oficialmente autorizadas que debe ser considerada merecedora de elogio? Elogiar la literatura debería ser elogiar los textos, ¿qué importa quiénes sean sus autores? ¿Por qué los jóvenes y todavía socialmente no reconocidos autores no merecen ese mismo elogio que constantemente se dirige a aquellos cuya presencia en conferencias, simposios o suplementos nunca es puesta en discusión?

academiaEl problema no es el artículo que en el 2013 publicó la autora de Las edades de Lulú, el problema reside más bien en el significado –y sus implicaciones de poder- que socialmente se da hoy al escritor: es escritor principalmente quien puede vivir de la escritura o cuyas actividades profesionales paralelas tengan directamente que ver con la escritura –columnista, conferenciante, consejero editorial…- Sólo este tipo de escritores parecen ser merecedores de las palabras que Grandes dirigía a sus semejantes, pero ¿cómo saber cuál es el grado de exigencia y de honesto compromiso de todo aquel que se enfrenta ante el poder, que diría Salinas, de la palabra escrita? ¿Cómo poder juzgar desde fuera la verdadera preocupación de alguien “por el fabuloso, y en cierto modo misterioso contenido en esas leves celdillas sonoras de la palabra”? Grandes niega esta preocupación y esta exigencia a todos aquellos escritores que salen en televisión, aquellos que son famosos, olvidando, sin embargo, que muchos de aquellos que hoy considera hermanos –algunos incluso han dado el salto a la academia- proceden precisamente de esa realidad que ella rechaza; si la literatura debe huir de las respuestas planteando preguntas, el literato debe huir de las generalizaciones, pues tan pronto se generaliza tan pronto desaparecen los matices, aquellos matices que convierten la literatura en punto de inflexión, en un interrogante crítico hacia lo generalmente asumido. Releo el artículo de Grandes y en mi cabeza recuerdo la conversación que hace algunos días mantuve con Marta Fernández; a pesar de que su novela Te regalaré el mundo lleva en las librerías desde septiembre, parece no terminar de creérselo, “me cuesta creer que haya gente que lee mi libro”, me decía. No conseguía y no consigo entender su incredulidad, “deberías estar orgullosa, creértelo, pues tu novela merece ser leída”, le dije o quise decirle, ya no lo recuerdo, pero tuve ese mismo sentimiento que había tenido tan sólo un día antes tomando una copa en ese bar de Madrid: ¿servirán de algo mis palabras? ¿Acaso mis palabras servirán para disuadir las injustificables dudas e injustas inseguridades?

Son las nueve pasadas, nos dirigimos hacia Los diablos Azules para escuchar la lectura de Juan Gómez Bárcena; antes de entrar miro a Eduardo y le confieso que me encanta tener amigos escritores, “escritores como Juan, como Paco o como tú”. Se ríe, pero quiero que lo sepa, pues no hay sólo una manera de ser escritor y no está sólo en manos de unos cuantos decidir quién y quién no es merecedor de tan elogiosa consideración. Dentro del bar hay poca cobertura, pienso en salir y enviar un mensaje a mi amigo, a ese mismo amigo a quien había tratado de asegurar mientras tomábamos unas copas en el centro de Madrid. “Max, eres escritor y lo sabes. Nunca dudes de ello”. Ya no recuerdo si le envié el mensaje, sino fuera así, aquí queda constancia.

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2 respuestas a Yo soy escritor

  1. Leo a esta señora en varias publicaciones, como el asombrario y culturamas, y no sé qué problema tiene. Parece que intenta hablar más de sí misma que de los autores. Que está encantada de conocerse y de aparecer junto a nombres que tampoco es que digan gran cosa. Igual soy yo, que no comprendo esta aspiración de hacer ecos de sociedad, y que no le veo la gracia. Lo que sí es objetivo es que, como mínimo, algún editor debería revisarle la ortografía antes de publicar estas cosas.

    Grimaldi
    27 enero 2015 at 13:50 pm

  2. Me ha gustado mucho tu artículo, me ha dado muchos ánimos. Yo escribo relatos y poesía, pero nunca me he considerado realmente escritora más bien aficionada a escribir.

    Gracias y gran saludo.

    María
    1 febrero 2015 at 22:21 pm

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