Leer, un aleatorio juego de cartas

Categoría: + Comunicación |

Por Anna Maria Iglesia

@AnnaMIglesia

bellezaComo un juego de cartas, así Josep Forment Forment nos propone leer los poemas, las cartas y las prosas poéticas que dejó como legado un joven Arthur Rimbaud, tras fallecer en Marsella en 1891. Leer los escritos de forma aleatoria, nos dice Forment a través de la peculiar y muy cuidada edición de Alrevés, leerlos como fueron escritos, sin un meditado orden, sin la conciencia clara de estar escribiendo una obra orgánica. De hecho, Rimbaud publicó un único libro, Una temporada en el infierno, sus otros escritos se componen de poemas sin fechar y sin títulos, muchos de ellos añadidos a las cartas que enviaba a sus amigos, y de breves prosas, unos tableaux parisinos en los que con una atenta y, sin duda, melancólica mirada relata la cotidianidad menos visible de la París –no siempre mencionada explícitamente- de su época. Paul Verlaine fue el particular Max Brod del joven poeta, fue él quien se encargó de reunir los textos que Rimbaud había dejado sin publicar a su muerte; no sólo los recopiló, sino que los ordenó y los sistematizó: junto a Verlaine, otros allegados y, sobre todo, el mundo editorial, convirtieron todo aquel conjunto de poemas y prosas poéticas en libros orgánica y coherentemente editados. Fue a consecuencia de esto que, y hasta hoy, llegaron a los lectores Iluminaciones, Poesías y Últimos versos y canciones, tres libros que han marcado rítmicamente nuestra lectura de Rimbaud: nos han impuesto un tiempo y un orden, borrando aquella aleatoriedad propia del juego de cartas que ahora re-propone Forment, anulando aquel azar que, como diría Mallarmé, nunca un tiro de dados podrá abolir.
rimbaud

“Soy testigo de la cantidad de cuartillas”, escribía Arthur Rimbaud a su amigo Demeny el 15 de mayo de 1871, “las miro, las barajo: suelto de golpe y las tiro: las combinaciones ejecutan su movimiento en la mesa, o de un brinco aparece una lectura”. La tradición olvidó estas breves líneas en las que el poeta –qué difícil, sino imposible, afirmar cuán consciente era de ello- nos ofrecía la clave de lectura; Rimbaud confesaba a Demeny que la lectura aparece de un brinco, de forma aleatoria, a partir de la inesperada y voluntariamente desorganizada combinación de textos. Rimbaud baraja las cuartillas, juega con ellas, desistematiza la lectura, pues parece saber que no hay un orden determinado y fijo para aproximarse a los libros; no hay libros que deben leerse antes y otros después, los libros llegan y se leen –eso sí, en su totalidad, sin recortes ni manipulaciones- de forma inesperada, tras la recomendación de un amigo, tras el enamoramiento visual en un estante de una librería o tras el entusiasmo despertado por un artículo de periódico. Llegando incluso a desaconsejar toda posible recomendación, Virginia Woolf en uno de sus ensayos reunidos en El lector común (Lumen), reconocía que el único consejo válido acerca de la lectura era el de seguir el propio instinto; la autora de Orlando reflexiona en más de uno de los ensayos acerca de la libertad lectora, acerca de la inconveniencia de estipular qué debe leerse y cómo debe leerse. Sin duda, el instinto es aquello que mueve al lector, sin embargo, el lector contemporáneo –y más en concreto el lector moderno, entendiendo la modernidad lectora a partir del siglo XVIII con la divulgación de la prensa escrita en la que se publicaban periódicamente relatos en fascículos- no se aproxima a los textos con instinto ciego, su recorrido lector está trazado desde los primeros años de enseñanza, cuando aparecen las lecturas obligatorias, cuando los programas ministeriales imponen obras que muy pocas veces despiertan el entusiasmo de quienes deberían conformar el espectro lector de la sociedad del mañana. Algunos, como Alejandro Zambra, sobreviven “a esos profesores que hicieron todo lo posible para demostrarnos que leer era la cosa más aburrida”, otros tienen la suerte de tener profesores que, a pesar de los pocos márgenes de libertad que les confiere el sistema, consiguen acercar a la lectura a sus estudiantes desde el entusiasmo, desde la falta de prejuicios, desde esa ceguera propia de las ansias de conocimiento que quiere ser satisfecha. El mapa de lecturas prescriptivo continúa más allá de los muros de los institutos, y continúa no sólo para los estudiantes de humanidades, pues las prescripciones no se realizan únicamente desde las cátedras, la prensa escrita a través de sus reseñas, los paneles de anuncios que forran las librerías o, incluso, los ya cada vez más frecuentes anuncios televisivos dibujan el mapa de las aparentemente imprescindibles lecturas.

No hay un solo mapa como no hay un solo modo de prescribir; cada mapa dibuja un determinado lector, cada mapa te impone una definición, te dice qué tipo de lector eres: sin duda, no es el mismo lector quien busca inspiración en minoritarias publicaciones literarias de quien con ciega honestidad y confianza de fía de las recomendaciones, nunca del todo ingenuas, de los periódicos generalistas o de quien cree que el valor literario se haya en el número de ventas y, por tanto, reduce su campo de interés a los denominados best-seller. Tres tipos de lectores distintos, tres tipos tan perfectamente identificables como poco frecuentes, pues el lector, aquel que disfruta de la fruición de la lectura sin conocimiento teórico ni formación específica en crítica literaria o estética, normalmente suele ser un lector que aspira a la promiscuidad lectora pero que el sistema editorial, en cuanto marketing, y las marcadas distinciones de campo que se hacen desde los medios, coarta, cohíbe y encierra en unos parámetros exageradamente dogmáticos.

cartas“Quizás tengas razón de pasear mucho y leer”, le escribía en 1972 Rimbaud a Ernest Delahaye, se lo escribía en una larga carta que concluía: “No olvides, si lo encuentras, de enviar a la mierda La Renaissance, ese periódico literario y artístico”; el poeta desdeñaba aquel periódico, reconvertido en plataforma de prescripción, aconsejaba a su amigo de “enviar a la mierda” aquel periódico con la misma contundencia con la que Rilke, en su Carta a un joven poeta, aconsejaba a éste alejarse de la crítica, de toda teorización y de abandonarse a la fruición, al instinto creativo. No es nuevo el desdén de los poetas, de los creadores, a la prescripción, todavía menos nuevo es el desdén hacia la crítica, una crítica que, en oposición a un marketing que convierte a los lectores en meros consumadores de novedades, dialoga entre sí, en una peligrosa endogamia que no sólo reúne en su canon a los mismos, sino que selecciona como interlocutores a unos pocos elegidos, ignorando, no siempre con elegancia, a todo un amplio espectro de público lector al que –y este es el gran pecado de nuestro sistema cultura- se le niega o se le impide con amplios obstáculos el acceso. Decía Todorov que la crítica debía ser un diálogo, una conversación entre el crítico y el autor al que se hacía partícipe el lector; hace ya tiempo que la crítica dejo de ser un diálogo, siendo en muchas ocasiones prescripción de amigos y olvido de muchos, a la vez que tras el disfraz de industria, el mundo de la cultura juega perversamente a convertir el libro en un mero bien de consumo, en un objeto que debe ser consumido en base a la moda, a la novedad o a su popularidad.

Distintos modos de prescripción, fórmulas diversas y recomendaciones opuestas pero con un mismo resultado: la construcción de un lector monolítico y la parcelación de un campo cultural, atravesado por la alta frontera que separa la denominada alta cultura y baja cultura. El lector tiene trazado el mapa, resulta difícil perderse en él, jugar a la baraja como Rimbaud y, sobre todo, cruzar con libertad en un constante ir y venir la frontera marcada. Puede que haya llegado el momento de dejar de decir qué y cómo leer, puede que haya llegado el momento de invitar a la lectura, a la fruición estética que despiertan las páginas escritas, a invitar al lector, sin dogmas ni prejuicios, a ir de un lado a otro, a jugar con las cartillas, en definitiva, a viajar y perder países literarios.

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