Platón y el buen vivir

Por Ignacio González Orozco.

Plato_Pio-Clemetino_Inv305Platón –“el ancho”, seguramente por sus robustas espaldas– era el apodo de Aristocles, ciudadano ateniense (h. 427-347 a. C.). Hijo de padres aristócratas, disfrutó de una juventud cómoda y placentera, dedicada a la poesía y otras aficiones. Todo hacía pensar que iba a convertirse en un hombre mundano y frívolo, imbuido de la retórica vacía de los sofistas que disertaban sobre lo divino y lo humano con la sola intención de demostrar sus habilidades para la oratoria, pura palabrería que estaba de moda en la Atenas de la época. Pero como suele ocurrir en muchas películas (buenas y malas), un encuentro providencial iba a cambiar su vida: en el año 407 a. C. conoció a Sócrates, en cuyo círculo de discípulos se integró.

Sócrates era un hombre del pueblo, de esos que no solía frecuentar el joven Platón. Sin embargo, junto a él permaneció hasta 399 a.C., año en que el maestro fue obligado a suicidarse con cicuta, acusado de pervertir a la juventud. Predicaba la ignorancia básica de toda sabiduría (“Conforme más aprendo, más cosas soy consciente de que ignoro”) y la necesidad de profundizar en los mecanismos de la razón humana (“Conócete a ti mismo”). Para lo segundo se servía de la mayéutica (“el arte de dar a luz” que decía haber aprendido de su madre, partera de profesión), un método de continua interrogación que hacía de cada respuesta una nueva pregunta. Al poner en solfa todo principio o convención, la mayéutica pretendía alcanzar nuevos conocimientos mediante la destrucción de los dictados del sentido común, que Sócrates consideraba como hijo del prejuicio.

A través de las enseñanzas de su maestro, Platón vislumbró un nuevo modo de razonar, pero también un modelo ético: el del sabio que busca la verdad por encima de cualquier otro fin, sin dejarse engañar por la belleza retórica del discurso o la aparente solidez de la costumbre. Ni claudicar nunca en su empeño, aun bajo amenaza de muerte.

No fue esta, empero, la única influencia crucial en el pensamiento platónico. De Parménides de Elea (h. 530-470 a. C.) adoptó la distinción entre doxa (la opinión: un conocimiento falso, esclavo de las impresiones de los sentidos) y alétheia (la Vía de la Verdad: el conocimiento cierto, que se alcanza a través de la abstracción racional). En tal sentido, Platón parte de un planteamiento de perogrullo, como suele decirse popularmente: las percepciones de los sentidos resultan engañosas por su carácter múltiple, y los cambios emocionales, tan caprichosos, incapacitan a nuestros sentimientos para guiar por sí solos un recto comportamiento. Según el filósofo ateniense, quien da por buenos tales referentes, vive como un hombre que solo ve las sombras proyectadas por una hoguera contra el fondo de una caverna, sin tener acceso jamás a la realidad que genera tales imágenes (así lo expuso tiempo después en el libro séptimo de su obra cumbre, La República).

Por su parte, Arquitas de Tarento, destacado miembro de la escuela pitagórica, convenció al ateniense de que todos los seres –incluida el alma humana– se regían por una regla aritmética; en otras palabras, que todos los entes respondían a un orden lógico y bien estructurado, comprensible si se desarrollaba la alétheia de Parménides.

Con todo este bagaje doctrinal, Platón sostuvo que la virtud es sabiduría: el conocimiento de esa ley natural mencionada por Arquitas, a la cual se accede mediante la reflexión racional. De lo cual se deduce que los principios éticos no son fruto del acuerdo entre los hombres ni producto de una experiencia regularizada en tradición; por el contrario, responden a leyes universales –con existencia independiente de este mundo material– que toda inteligencia despierta debe esforzarse en reconocer, no solo para aumentar su conocimiento del mundo sino también para la dignificación de su carácter.

La práctica de este ejercicio cognitivo establece categorías morales entre los humanos. Ningún texto platónico juzga a nuestra especie como buena o mala en sí misma. Para el ateniense, la ignorancia es la causa del mal. Si el hombre se guía por las preguntas y respuestas simplonas de su sentido común, esclavo de la fugacidad engañosa de los sentidos, por fuerza se moverá en las arenas movedizas de la imprudencia y la injusticia; por el contrario, si su raciocinio le permite alcanzar el conocimiento de la ley universal, siempre obrará rectamente. El pensamiento es un medio de purificación.

Se dice que Sócrates, y también el fornido Aristocles, gustaban de la compañía de jóvenes agraciados, tanto como de los placeres de la mesa. Por ello, habría que diferenciar entre la vida de Platón y una vida platónica, si el adjetivo se entiende como sinónimo de idealista, que es una acepción habitual en nuestros días. Pero, ¿existió una contradicción real entre ambas? Tal vez no. Como hemos dicho, el filósofo ateniense enseñó a desconfiar de la información servida por los sentidos, pero nunca los rechazó expresamente. En uno de sus pasajes más sugerentes, incluido en El banquete, expuso de qué modo el amor a un cuerpo bello se convertía en amor a los demás cuerpos bellos, y de ahí en atracción por la belleza sublime que está más allá de todos los cuerpos. ¿La moraleja?: goza de los placeres pero no te quedes atado a ellos, porque los objetos que los producen tan sólo son imágenes imperfectas, reminiscencias de una realidad muy superior. Una forma serena de disfrutar de la vida, para no sufrir después el vacío que la edad impone al cuerpo, ni la angustia que ataca tras la desaparición de esos gozos materiales.

Para referirse de un modo coloquial a la complejidad de la conducta humana, a menudo se dice en nuestros días que todos llevamos dentro un ángel y un demonio. Platón reconocía esta metafórica obviedad, al afirmar que todos los humanos experimentan tres pulsiones básicas, a saber: la irascibilidad (thymós), la apetencia (epithymía) y la razón (logos). A cada una de estas tendencias corresponde una virtud: respectivamente son el valor (andreia), la templanza (siphrosyne) y la prudencia (phrónesis). Ahora bien, tales impulsos se experimentan con distinta intensidad, según cuál sea el individuo. De ello se colige que una faceta del buen vivir consistiría en la ubicación de cada uno de los miembros de la sociedad en el cargo u oficio que más se adecuase a sus dotes naturales. La pedagogía moderna aconseja a los niños que cuando sean adultos trabajen en la ocupación que más les guste; “haz de tu afición tu profesión”, se les dice, como receta que garantice un ingrediente importante de la felicidad personal. Platón fue un precursor de esta recomendación.

Como no podía ser de otro modo, para el fundador de la Academia no había mejor profesión que la de filósofo, ejercitante del logos, a quien confiaba el gobierno de la cosa pública en el Estado ideal descrito en La República. Nueva moraleja: con este ejemplo se nos invita a obrar con mesura y prudencia. A pensar las cosas dos veces. A ser más sensatos que impetuosos. A huir de la irracionalidad visceral en todos los ámbitos y momentos de la vida.

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