Pablo Barrera a propósito de “Mi nombre es Penumbra”, su debut narrativo

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«Vivo enjaulada en una levita negra y en la piel de un hombre. Antes lo estaba en una celda de piedra. Y mucho antes en una estancia de estrellas, papel y tinta. Sin embargo, mis entrañas se niegan a ser quien represento y me impiden mentir ante el espejo. Daos por engañados los demás, ese es mi triunfo y mi tormento. He perdido mi nombre, mi sexo, mis ideas; pero no soy un hombre, ni olvido lo que pienso, y ahora más que nunca vivo presa en este traje como hembra. No soy luz y no soy sombra. Mi nombre es Penumbra. Y apenas acierto a verme».

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Mi nombre es Penumbra, de Pablo Barrera.

Pablo Barrera es todo un convencido contador de historias. Escritor, pero también guionista, director y productor en televisión, comenzó escribiendo y dirigiendo en series de gran apoyo popular como Compañeros y Mis adorables vecinos, asumiendo después proyectos más personales como Punta Escarlata, Cuenta atrás o la adaptación televisiva de El corazón del Océano, siempre junto a Manuel Valdivia. Durante estos años simultanea su trabajo creativo con la labor docente en la Universidad Carlos III y en masters de creatividad y guión. Mi nombre es Penumbra es su primera novela.

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Mi nombre es Penumbra. Pablo Barrera. Editorial Espasa, 2015. 456 páginas. 19,90 €

A comienzos del siglo XVII, la marquesa Juana de Alcántara, astrónoma y física, es perseguida por la Inquisición. Por azar, gracias a su aspecto andrógino, consigue ocultar su identidad bajo el disfraz de un religioso para sobrevivir en la ciudad más podrida, llena de criminales y pasiones ocultas de todo el Caribe. Allí, además de esconder su secreto, se verá obligada a resolver unos misteriosos crímenes, mientras que, de fondo, el misterio de la selva y sus indios Invisibles acechan a ese lugar mágico llamado La Ciénaga y a todos sus habitantes.

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P.- ¿Cuándo decide Pablo Barrera pasarse del guion (y la dirección) de series televisivas a la novela y por qué?

Tengo desde hace unos años una bonita relación con el grupo Planeta, precisamente desde que adapté El corazón del océano para Atresmedia. Periódicamente nos reuníamos para que nos contaran libros de próxima publicación que podrían ser interesantes para adaptar. A la vez yo les contaba los proyectos en los que andaba. Raquel Gisbert, un día de aquéllos, dijo: “Con la pasión que hablas de tus proyectos, ¿por qué no nos los presentas, no te interesaría escribirlos?”. Y esa idea se me quedó clavada, germinó y creció. He ido ahondando en estos últimos años en un deseo de libertad e independencia que es muy difícil de conseguir en el audiovisual, donde se depende de tantos factores externos y hay que contentar (justamente) a tanta gente que interviene en el proceso, que mi parte de autoría se acaba diluyendo poco a poco. Con Mi nombre es Penumbra me siento dueño de mi obra.

P.- ¿Cómo surgió y se gestó la idea para Mi nombre es Penumbra? ¿Quizás algún caso real o histórico que llegó a tus oídos?

La idea inicial surge de una conversación con un productor. Me dijo: “Te has especializado en esa época y te gusta el misterio; ¿por qué no haces una de misterio en esa época?”. De una manera relativamente rápida llegué a la premisa inicial de la suplantación (que es un motivo que me gusta mucho, y me extiendo: es más sencillo hablar de quién es uno verdaderamente cuando se está en el traje de otro. Este es un motivo clásico en la literatura, y yo he continuado una larga tradición en ese marco, tan afín a la novela de aventuras y al folletín decimonónico. Pero después, oculta bajo la capa del Pater Penumbra, Juana me ha crecido sola, comenzó a sufrir y yo solo dejé que creciera y creciera… y no he podido sujetarla) y en cuanto a la trama, sí me he basado en las lecturas de la época para levantar el vuelo de mi imaginación. Fue la lectura de un dramático episodio narrado por Bartolomé de las Casas lo que me dio la clave para el hecho crucial que desencadena todo lo que sucede en La Ciénaga. Que a su vez es un lugar que no existió, pero que se basa en uno que sí… Pero de eso podemos hablar mucho en otra ocasión.

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Pablo Barrera.

P.- En un marco histórico has elaborado una muy interesante y entretenida novela de aventuras que se hace difícil de olvidar. ¿Nace quizás con vocación de continuidad?

Para empezar, me cuesta catalogarla dentro de la novela histórica, pues no he pretendido contar ni un solo hecho real, o ficcionar ningún acontecimiento histórico reseñable. Todo lo que sucede en esas páginas es estrictamente inventado… aunque basado en muchas pequeñas cosas que sí sucedieron en esa época. Pero el lector de novela histórica es muy exigente y no he querido ser frívolo a la hora de dar datos, y al mismo tiempo, no he pretendido ponerme a la altura de los grandes títulos del género. De hecho, comencé queriendo hacer una novela policiaca, pero tampoco se me quedó ahí. Finalmente salió una historia-río que me desbordó y si algún mérito tuve fue el de abrir las compuertas y dejar salir el caudal.

Y por supuesto que en San Sebastián de la Ciénaga habría todavía mucho más que contar. No sólo acerca del incierto destino de Juana, sino del de todas esas almas perdidas en la bahía: Inés de la Vega y el pequeño Gorrión, el Cangrejo, el atribulado corregidor Aguilar, la asalvajada Marina, el capitán Trujillo, y algunos otros que han aparecido levemente como ese enigmático Talabartero que espera un barco todas las noches… Y todos con el acecho de los indios Invisibles ahí fuera.

P.- Has adaptado los diálogos, el tempo y el ritmo cinematográficos que tan bien conoces, a la novela. Y has acertado. Entiendo que la influencia de tu trabajo ha sido decisiva.

En realidad las limitaciones del audiovisual son más exigentes, al menos con la longitud, de lo que yo me he permitido en el libro. He disfrutado dándole a las escenas de diálogo todo el espacio que me pedían per se. Es verdad que en la “carpintería”, en la estructura profunda del relato, sí he tirado de mi experiencia, pero en cambio he tratado de ser profundamente literario en la redacción y composición de las frases. Pero de todo esto me da pudor hablar, deben ser cosas que el lector descubra por sí mismo (o no, que simplemente las disfrute sin preguntarse por qué).

En realidad me he sentido autorizado para utilizar ese tempo no por mi propia experiencia, sino por la lectura de otros autores que utilizan la elipsis y la acumulación frenética de acontecimientos como una base para sus relatos: me refiero a autores como Don Winslow y Dennis Lehane, que han sido una gran influencia, muy directa, en decisiones que he tomado al escribir. Incluso añadiría otros autores clásicos que han conformado mi fondo de armario: Graham Greene, Patricia Highsmith y Georges Simenon. La extremada concreción de sus relatos, la velocidad a la que hacen avanzar la trama, son admirables. Sé que de una manera no consciente todas las ocasiones que he acudido a esta gente me han acabado por amueblar la cabeza… Aplicar su formulación a este ámbito tropical ha sido una experiencia muy excitante. Sobre ese armazón he organizado un tejido en el que confluyen otras influencias completamente distintas… pero nuevamente me detengo, no debería hablar de todas estas cosas. Acabo de salir del Teatro Real y he tenido que leer en el programa de mano dos largas páginas redactadas por el autor tratando de explicar cómo realizó y qué sentido tenía su incomprensible música. No querría yo acompañar mi relato de un manual de instrucciones…

P.- El personaje de Juana de Alcántara en su doble rol asumiendo la identidad del Pater Penumbra es clave en la novela. ¿Cómo se llega a perfilar un personaje así, tan atractivo e inteligente? ¿En qué o quien te inspiraste para dibujarlo?

Uno pone la base, después los personajes caminan solos, y hay que dejarlos hacerse mayores. Obcecarse en llevarles por donde solo tú deseas es como exigirles a tus hijos que estudien la carrera que tú hiciste: una invitación al fracaso. Los hijos y los personajes deben hacer lo que deseen y uno debe permitírselo. Juana y su conflicto interior surgieron solos, ella fue la que se miró en el espejo y en vez de sentirse libre se echó a llorar… yo solo fui testigo, y pudoroso, transcribí sus pensamientos.

Es verdad que uno de sus grandes atractivos es el de estar despojada de esa pesada losa que cae sobre los personajes femeninos: su aspecto físico. Pero ser fea y andrógina, su pasaporte a la libertad, se convierten paradójicamente en su castigo.

Sí soy más responsable de otros aspectos del personaje, digamos, más técnicos: elegí ese periodo histórico (comienzos del XVII) porque comenzaba a imponerse en la intelectualidad europea una visión que es la base del conocimiento contemporáneo: el método científico. Como en todos los grandes momentos de cambio, aquella fue una época en la que convivieron maneras muy avanzadas de pensar con otras arraigadas en la más oscura Edad Media. Mi mayor esfuerzo ha sido no solo articular el pensamiento de Juana desde una perspectiva científica, sino elaborar el de los demás personajes desde la visión más anticuada, supersticiosa e inculta posible, que era básicamente lo que dominaba al común de los mortales en aquellos años.

penumbraP.- Un viaje al siglo XVII y al Santo Oficio, las limitaciones de la ciencia o de la mujer, ultramar, las ciudades coloniales americanas y sus peligros… Imagino un arduo y apasionado trabajo de documentación.

Arduo sin duda, y a veces no tan apasionado, pero siempre necesario… A veces es agreste documentarse, pero lo considero fundamental para la digestión creativa. Uno pone en su cabeza un montón de ingredientes y ellos solos se ordenan. Cuando se está listo para crear, todos esos elementos aparecen solos. Para asuntos concretos utilicé la ayuda de catedráticos universitarios y profesores de latín, que amablemente me atendieron. Internet no basta… Disfruté mucho estudiando la cultura de los indios Koghi (con quienes me había relacionado ya personalmente unos años antes), también con la increíble y frustrada ambición de la Armada Invencible, o con las apasionadas vidas de las mujeres de ciencia de la época…

Y hubo otros estudios que fueron obligados pero mucho menos apasionantes. Me ahorro especificar.

P.- Los crímenes que se producen en La Ciénaga se convierten en eje central de la trama. Magia, thriller y novela negra se funden en un misterio que atrapa hasta el final. ¿El miedo a lo desconocido siempre resulta tan impactante?

Agradezco tus palabras.

Con respecto al miedo a lo desconocido opino que es la esencia del misterio, y más en un lugar y una época como la que relata esta novela, donde la superstición es la salida natural para lo que se escapa al conocimiento. Esa era la lucha mayor de los científicos de aquel tiempo, alejarse de la superchería, y ese es el mayor empeño de Juana al enfrentarse a estos crímenes. Pero como me gusta jugar con las paradojas, mientras dentro de las murallas de La Ciénaga se produce este debate intelectual propio del mundo civilizado, allá afuera somos testigos de la existencia de la magia real e inexplicable, que simplemente existe. Pongo en evidencia algo que aún hoy sucede como un choque cultural en lugares donde se mezclan civilizaciones, en África, Asia o América Latina: el debate entre lo científico y lo espiritual se da solo entre los representantes del primer mundo; hay otras culturas que (a duras penas) mantienen una esencia de vida en la que lo espiritual y mágico sigue formando parte de manera natural de su existencia. Yo no pongo en discusión si esa gente vive en una falsa ilusión de trascendencia. Simplemente existe. Y como tal lo reflejo en la novela.

P.- En tu historia destaca sobremanera el enfrentamiento intelectual de dos mentes brillantes: Juana/Penumbra y el Loco Ventura. Sus charlas son alucinantes. ¿El bien y el mal, la locura y la razón siempre en lucha?

No sé cuál es el motivo pero siempre he tenido interés por la esquizofrenia. Como enfermedad es una de las mayores torturas a las que se puede someter a un ser humano. Pero como elemento de ficción es algo tan lleno de misterio, tan temible por imprevisible, que acentúa lo que antes decías: el miedo a lo desconocido. Nunca sabe uno por dónde va a salir un tipo como el Loco Ventura; lo mismo se enrolla con batallitas de romanos y citas culturetas que se dedica a recitar trabalenguas. Yo hubiera dedicado todo el libro a conversaciones infinitas entre estos dos personajes, retándose con problemas de lógica o jugando a contarse secretos. Las disfruté mucho.

El libro funciona mucho como un mosaico de espejos. Casi todos los personajes encuentran un paralelismo en otro con el que se enfrentan. En el caso de estos dos hay grandes similitudes, no solo culturales sino vitales: en el fondo Juana no es menos presa que el Loco, aunque no esté encadenada en el calabozo. También se podría hablar mucho de la locura (real o aparente) como espejo de nosotros mismos y nuestros comportamientos, pero nuevamente prefiero que quien lea la novela lo reflexione por sí mismo.

P.- La búsqueda del asesino hace que Juana se olvide de su idea de escapar a la autoridad inquisitorial que la reclama. En el fondo la búsqueda de justicia la sigue alimentando. ¿O es algo más?

Juana aprende cosas de sí misma que no hubiese imaginado que fueran a ser la guía de su vida. A todos nos sucede en algún momento de nuestras vidas. Pasamos la mayoría del tiempo adormilados, haciendo lo que se supone que se espera de nosotros, conducidos por los elementos. Pero a veces sucede que somos nosotros los que podemos tomar nuestro destino con las manos y decidir qué queremos que sea de él. Juana se enfrenta a ese momento, (de nuevo de forma paradójica) en el momento en que menos “es ella”, por decirlo de alguna manera. Y se sorprende de las decisiones que toma. Pero es ella misma quien se explica en algún pasaje del libro, por lo que debo callar de nuevo.

P.- ¿Existieron de verdad los Invisibles o es una invención tuya?

Son invención mía, por supuesto, pero al tiempo son una derivada lógica del tipo de tribus que existían (y existen hoy día) en la selva del Caribe colombiano y del punto de vista que hacia ellos mostraban los españoles: una mezcla entre incomprensión ante su cultura y desprecio destructivo. Todos los rituales que se describen están basados en tradiciones existentes. Hasta existe una Ciudad Perdida. Pero como siempre, ni pasó nada similar a lo que narro allí, ni ninguno de los personajes tiene que ver con referentes históricos. Creo que enfrentarse con lo mágico y lo desconocido de forma natural se debe aceptar en un relato tanto como en la vida real. Hablo mucho de este choque en la historia. He disfrutado mucho describiendo al viejo borracho Arua Biku o a la dulce Gunnale.

P.- El desconocimiento y fe de la época alimentan esa justicia divina que parece rodear a los crímenes. ¿El ser humano siempre manipulado más por lo que ignora que por lo que sabe?

Me resulta difícil contestar a esta pregunta sin desvelar contenidos sensibles del desenlace de la trama. De forma genérica, diré que siempre me he preguntado cómo se observarían problemas normales para nosotros en otras épocas mucho menos cómodas. Por ejemplo, hace años que tengo en la cabeza la historia de un miope en la Hispania de los romanos. ¡Qué mala vida llevaría! De forma similar me pregunté cómo se asumiría un serial killer en el XVII, cuál sería la mirada de la gente común ante una cadena de muertes rituales. Sin embargo, como de costumbre, la documentación te hace re-reflexionar. A poco que uno estudie, se da cuenta de que la crueldad más desatada no es solo asunto de locos asesinos. Y ahora ya estoy corriendo el riesgo de desvelar contenidos sensibles…

P.- ¿Tienes ya algún nuevo proyecto narrativo entre manos?

Sí. De hecho, dos. Pero creo que sería presuntuoso por mi parte hablar de ello en este momento. Puede que nadie quiera leer esta novela, así pues ¡cómo voy a hablar pomposamente de las próximas!

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Por Benito Garrido (@benitogarridog).

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