Los no leídos

Categoría: + Comunicación |

Por Anna Maria Iglesia

@AnnaMIglesia

Para Max, Marta y el clan de grandes amigos escritores de Madrid.

modelosTodos se detenían en el relato: escrito en dos columnas aparentemente idénticas, pero que progresivamente van separándose en una narración que se bifurca para luego reencontrarse, El doble, el tercer relato de Aixa de la Cruz reunido en Modelos animales, no sólo sitúa al potencial lector ante la duda de cómo leer el texto -¿simultáneamente las dos versiones, antes una y después la otra?-, sino que rompe todas las expectativas de quien termina por leerlo en su totalidad, negando aquella aleatoriedad e imprevisión con la que en más de una ocasión, queremos ver nuestra existencia. “Quería contradecir aquella idea de que basta un aleteo de una mariposa para cambiar el mundo”, me dice Aixa en el Café Comercial de Madrid, mientras acompañamos la entrevista con la primera de una serie de cervezas, “quería plantear la idea de que, al final, nuestra vida y nosotros mismos estamos en cierta manera pre-destinados” añade “es decir, que hay cosas que tienen que pasar y pasan por mucho que intentemos cambiar las circunstancias que las preceden”.

Aixa de la Cruz

Aixa de la Cruz

Recuerdo las palabras de Aixa y no sé si darle la razón, ¿existe predestinación, las cosas pasan porque deben pasar o, de repente, suceden cosas que lo cambian todo? Nunca habría leído su libro, pienso mientras observo la portada; la novela yace encima de la cama, ojeo sus páginas y releo la dedicatoria que me escribió hace un par de días. “Nunca habría leído su libro si no fuera porque me dieron la oportunidad de entrevistarlo” tecleo con la misma rapidez con la que quisiera borrar lo acabado de escribir, como si suprimiendo las palabras suprimiese también aquel pasado del que ahora no puedo sino avergonzarme. Yo era de aquellas que enfundada en el manto de una supuesta intelectualidad apocalíptica me vanagloriaba –ay, cuánta vacuidad en esa vanidad de vanidades- de no haber tenido nunca entre mis manos determinadas novelas, de no haber perdido el tiempo leyendo “esos autores”, cuyos nombres, qué bien conocía, ni tan siquiera quería pronunciar. No leía para juzgar, sino que juzgaba para luego leer; los juicios ya estaban hechos, las condenas y las alabanzas ya estaban estipuladas de ante mano: los suplementos literarios, la institucionalización universitaria y ese sustrato de opinión generalizada al que parecía –y parece- imposible oponerse me dictaban, como siguen dictando todavía hoy, el listado de autores y obras que configuran el parnaso de los elegidos de la denominada alta cultura. “Yo escribo para todos”, me decía el otro día José C. Vales, ganador del Premio Nadal con Cabaret Biarritz, “yo escribo para los lectores, no para demostrar mis habilidades y enaltecer mi ego intelectual”; sus palabras, le comenté, resultan extrañas en un país en el que la ausencia de lectores es solamente comparable al paradójico prestigio que todavía tiene el saberse escritor de minorías. Le recordé a Vales el comentario de Juan Marsé hace algunos años en el paraninfo de la Universidad de Barcelona: “Yo prefiero a Dickens antes que a Joyce”. Muchos se removieron en sus asientos, aunque hoy, reconsiderado Dickens por la crítica, nieguen haberse rasgado las vestiduras ante aquella “blasfemia” –dijo entre dientes un joven estudiante que fardaba de estar leyendo el Finnegan’s wake, una lectura espectacular, en sus viajes de metro.

critica 3“Su última novela no vale absolutamente nada”, me dijo hace algún tiempo un reputado crítico literario, “pero no se puede decir, al contrario”, añadió, pidiéndome una discreción que no pienso violar porque no importa el nombre del autor y del crítico, sino la anécdota, la consciencia de que esta anécdota no es excepcional, sino que forma parte de la cotidianidad del mundo cultural en el que hay opiniones válidas y otras que es mejor silenciar. Vuelvo a mirar la portada de libro que está a mi lado y recuerdo las palabras de un periodista que, desde la generosidad de quien tiene mayor experiencia, me advertía ante el peligro que supone expresar determinadas opiniones: “hay autores que nunca saldrán en determinados suplementos y que nunca recibirán los elogios que merecen”, y tras un silencio, con algo de resentido conformismo, añadió: “la crítica no está para actos heroicos”. Nadie está para actos heroicos, quise contestarle, pero tampoco debería estar para la incoherencia, una incoherencia a la que –tire el coherente la primera piedra- todos más o menos estamos abocados, pues siempre es más cómoda la uniformidad de opiniones que la discrepancia. Sin embargo, ¿qué sentido tiene una crítica literaria que en nombre de la uniformidad de criterios olvida leer los textos? Ya no se trata de heroísmo, sino de dar sentido al propio concepto de crítica literaria: lectura atenta de los textos olvidando –matando que diría Barthes- el autor así como los padrinos disfrazados en sellos editoriales o estatus social.

No sé si las cosas, como diría Aixa de la Cruz, suceden aunque tratemos de evitarlas o si, por lo contrario, por muchos dados que tiremos el azar nunca puede ser abolido; el hecho es que aquel libro que ahora yace sobre mi cama cayó en mis manos y, un año más tarde, volví a tener una nueva novela del mismo autor, una novela que no sólo me confirmó la valía literaria del autor – una valía que, hasta entonces, todavía reconocía injustamente con la boca pequeña- sino que me descubrió a su autor, a la persona y al escritor, en su férreo, honesto e invulnerable compromiso con la escritura. “No hay literatura sin voluntad literaria”, me decía hace un par de días José C. Vales, y aquel autor, al que nunca habría leído, posee no sólo esa voluntad que, sin embargo, se le niega por no leerlo – “siempre será así, no me perdonan de dónde vengo”, me decía hace algún tiempo-, sino que sus textos poseen aquel valor literario que se reconocía a aquella novela a pesar de que el crítico, en la confianza de mi discreción, confesaba no tener. Él no es el único caso, son muchos los autores que por jóvenes, por tener “otras” profesiones o por ser excéntricos dentro de un canon tan arbitrario como de interés extra-literario no aparecerán en determinados suplementos literarios, son serán leídos y serán condenados, desde la ignorancia y el prejuicio, a la ignominia del super-ventas o del joven “undeground”. Y, sin embargo, si hay un grave perjudicado de todo ello, no son los autores que, antes o después, encuentran sus lectores, sino la crítica literaria, mercenaria del mejor postor.

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Una respuesta a Los no leídos

  1. Querida Anna, no te das cuenta que la frase de Marsé sobre Joyce y Dickens es tan absurda como criticar al lector que lee Finnegans Wake en el metro? Cuando uno es joven comete temeridades desde la inocente ignorancia, no a mal sino dada su falta todavía de poso literario.

    Marsé podría haber dicho: me gusta más Joyce que Malraux o me gusta más Joyce que Sánchez Dragó, cosa imagino que cierta, pero hete aquí que al ser obvia, carece de “postureo” literario.

    Tú sabes (y sino lo sabes te voy advirtiendo el camino) que de los cien escritores que hayas podido leer últimamente, españoles, incluidos Aixa y Vales, Maxim, Carrión, Milena Busquets, Luna Miguel, etc de un total de cien nombres, a noventa de ellos una vez muertos nadie se acordará de ellos, ni de sus textos ni de los halagos vanidosos del presente en el que fueron fatalmente puestos por los críticos.

    Alguien lee a Juan García Hortelano (premio Formentor allá años atras)? Pedro Zarraluqui? Daniel Múgica? Castellet? Alguien lee a Terenci Moix , fallecido tan hace poco y ya sumido en el devastador tiempo? Podría seguir hasta llenar un libro de mil páginas.

    Esto es un juego de vanidades. Tu juegas a prolongar la vanidad de unos chavales que escriben, todo es un juego, ya lo dijo Toole en su libro.

    Héctor Galdos
    15 marzo 2015 at 18:41 pm

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