La novela histórica: Invernalia podría ser Castilla

Por Elena Muñoz

Es curioso ver  como fenómenos que son televisivos o cinematográficos ponen el foco sobre la literatura, cuando antes era el libro y luego la película. No cabe duda que series como Juego de tronos o películas como El señor de los anillos han ayudado en gran manera a que el género de fantasía con ecos medievales esté en auge, aunque en el caso de Tolkien es un clásico que ya vendía por si mismo entre sus fans.  También en nuestro país serie nacionales como Isabel ha alcanzado grandes cotas de aceptación por el público y  ha despertado en muchos la curiosidad por conocer la Historia con mayúsculas.4

No obstante, si nos paramos a observar el fenómeno de la novela de George R. R. Martin vemos que hay muchas semejanzas con lo que conocemos como narrativa histórica y que muchas de sus variables ya existen en narraciones anteriores.  Al fin y al cabo la ambición del poder ha sido el motor para contar el devenir de los pueblos.

Sin lugar a dudas la novela histórica vive un periodo de éxito entre los lectores desde hace tiempo, aunque no es oro todo lo que reluce ni es novela histórica todo lo que se escribe teniendo la Historia como protagonista.

La novela histórica, como todo género o subgénero,  necesita de unos elementos que la determinen.  Para que mis datos sean mas ciertos- como tengo la suerte de contar con excelentes escritores entre mis amigos-, me he dirigido para que me asesorara a uno de los mejores en este campo, José Guadalajara, que acaba de publicar El alquimista del tiempo (Editorial Stella Maris), una novela ambientada en el siglo XIII y que habla de relojes, bulas papales falsas y de amor de oídas, un tema este último que me fascina y del que podría escribir un artículo entero.
Esta ventaja en el juego me permite acercaros esta reflexión que diferencia entre novela histórica e historia novelada.

A la Historia, aparte de los propios textos y la arqueología, así como los estudios de los historiadores, uno puede acercarse, como era típico del siglo XIX, mediante lo que podríamos denominar Historia novelada, es decir, la Historia narrada con un estilo literario, en donde la búsqueda de la amenidad expositiva se convierte en un objetivo fundamental para el autor. Cabe incluso la subjetividad narrativa, con comentarios e inclusión de diálogos y anécdotas.

Diferente es lo que llamamos novela histórica, que puede presentar a su vez distintos enfoques: “Historia verídica”: el argumento trata de reproducir una secuencia de acontecimientos reales sobre los que se da una recreación verosímil. “Historia ficticia”: los hechos históricos y sus personajes se ven envueltos en un argumento ficticio sacado de la inventiva del autor. “Historia recreada”: se introducen una intriga y unos personajes en un espacio y tiempo históricos determinados que actúan como marco ambiental que está detrás del argumento.

En los todos los casos hace falta una importante labor de  documentación que convierte al escritor también en investigador. Al contrario que el narrador contemporáneo el novelista histórico tiene que cuidar el vestuario, los paisajes y el lenguaje, es decir, el contexto,  para que su historia sea lo más fiel posible, como sé de buena tinta que ha hecho, sin ir más lejos, el autor de El alquimista del tiempo. De esta manera la coexistencia de personajes reales como Sancho IV, hijo del rey Alfonso X,  y otros ficticios como Jorge Rudelas o el maestro Cerebruno resulta de lo más verosímil.

Siempre es de agradecer que nuestros escritores pongan toda su habilidad en acercarnos de una manera amena episodios de la  Historia de nuestro país que en nada tienen que envidiar a los que se desarrollan en  Invernalia; ni por intriga, ni por ambición ni por pasión amorosa, aunque el protagonista se llame Sancho o Jorge y no Eddard Stark.

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